REDENCIÓN Y REPARACIÓN

Por Cándido Pozo, sJ

En un planteamiento completo de la devoción al Corazón de Cristo no puede, en modo alguno, soslayarse la reparación como uno de sus elementos esenciales. Ello es claro tanto en santa Margarita María como en los documentos del Magisterio eclesiástico que se ocupan del Corazón de Cristo, es decir, tanto a nivel de los orígenes históricos de la difusión de esta devoción como a nivel de su aceptación oficial por parte de la Iglesia. En la línea de documentos oficiales baste citar el pasaje clásico de Pío XI que describe la esencia, dela devoción al Corazón de Cristo uniendo, como sus dos aspectos sustanciales, la consagración y la reparación: «Conviene que a todos estos deberes, principalmente a tan fructífera consagración, como confirmada por la sagrada solemnidad de Cristo Rey, se añada otro, acerca del cual, venerables hermanos, nos place detener-nos ahora con vosotros un poco más extensamente: el deber, decimos ,de virtuosa satisfacción o reparación, como llaman, que hay que tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús».

Ahora bien, la reparación al Corazón de Cristo en Pío XI-como también en una revelación a santa Margarita María de 1674-tiene la referencia más concreta a su Corazón, angustiado en Getsemaní por la previsión de la ingratitud futura de los hombres, y que también entonces sintió consuelo por la previsión de las futuras obras buenas de satisfacción. La reparación mira entonces a Cristo en su obra redentora, y más concretamente en los dolores de su Pasión. Insisto en esta ulterior concreción, ya que la obra redentora de Cristo en cuanto tal es más amplia que la Pasión sola.

Si, como es posible, en lugar de reparar al Corazón de Cristo, se prefiere reparar con Él al Padre, entonces es inevitable la referencia a Col 1,24: «completo en mi carne lo que le falta a las fatigas de Cristo». Ello implica un asociarse a los padecimientos de Cristo, y ello podrá tener, como espacio privilegiado donde realizarse, la Santa Misa, en la que «se hace presente de nuevo» («re-praesentatur») el sacrificio de la Cruz4.

Quiero subrayar con estas consideraciones previas que la reparación, tanto al Corazón de Jesús como con el Corazón de Jesús, dice relación necesaria a la Pasión de Cristo. O se repara a Cristo paciente, al traspasado, mirando al que nosotros traspasamos (cf. Jn 19,37)5,haciendo lamentación por Él como se hace por un hijo único y llorándolo amargamente como se llora amargamente a un primogénito (cf. Zac 12,10), incluso aliviando hoy -como consuelo previsto mientras padecía- sus dolores de entonces6; o el hombre se asocia al Corazón de Cristo que padeciendo ofrecía sus dolo-res al Padre, uniéndose así a su obra de satisfacción; aunque los dolores sean pretéritos, el acto oblativo de Jesús, que existió desde el primer momento de su existencia terrena (cf.Heb 10,5), continúa a lo largo de la historia en un ofrecimiento celeste (cf. Heb 7,24s)’ y se hace presente sobre el altar en el momento en que Cristo se hace presente en él con ese mismo acto de ofrecimiento que mantiene en el cielo 8. Es a este acto oblativo de Cristo-que dio sentido y valor a su Pasión y que es hoy una realidad presente-al que nos asociamos cuando con Él reparamos al Padre.

 

  1. Sin Redención, la reparación no es posible

Ya estas consideraciones introductorias desvelan la conexión existente entre nuestra reparación y la santificación de Cristo en la Pasión. Pero es necesario subrayar que no se trata de una mera relación existente de hecho, sino que esta relación es absolutamente requerida, ya que sin la Redención de Cristo y sin una relación a ella, cualquier reparación nuestra es impensable.

En todo caso, antes de seguir adelante, deseo evitar cualquier equívoco que pudiera surgir por el hecho de que mi lenguaje pase, con cierta oscilación, de la palabra Redención a la consideración, mucho más con-creta, de la Pasión de Cristo. Quiero expresar mi convencimiento de que una teología completa de la Redención debe incluir otros muchos aspectos más, además de la Pasión del Señor: aparte de que el acto oblativo de su propia muerte existió ya al entrar en el mundo, como hemos dicho anteriormente, y, por cierto, como acto de la naturaleza humana (sólo un acto de la naturaleza humana podía tener valor soteriológico), y de que ese acto de entrega dio unidad de sentido a toda la vida del Señor, es un claro progreso de la teología moderna haber puesto de nuevo en honor las ideas de los Santos Padres de la escuela alejandrina sobre el valor salvador de la Encarnación en sí misma ; en efecto, en ella no se ha constituido meramente la víctima que más tarde va a morir por la salvación del mundo, sino que en la Encarnación ha comenzado a construirse el organismo de salvación por incorporación al cual los hombres nos salvamos. Por otra parte, el misterio salvador de Pascua no puede reducirse a la Pasión redentora de Jesús, sino que Pasión y Resurrección deben considerarse como una unidad salvadora 14, según la frase de san Pablo: «fue entrega-do por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Rom 4,25)15. Sin embargo, estas ampliaciones enriquecedoras del misterio de la Redención no deben hacernos olvidar la centralidad de «la cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consustancial al Padre, hace plena justicia a Dios», es decir, la cruz sobre la que Cristo satisfizo por nuestros pecados, los «compensó»17. Precisamente el concepto de satisfacción, magníficamente reafirmado por Juan Pablo II en la encíclica Redemptor hominis  en conexión con la cruz 1°, debe ser primariamente retenido por nuestra atención al considerar la posibilidad de nuestra reparación. Para expresarme con más claridad: la primera afirmación fundamental que quiero mantener con toda nitidez es que no es posible una reparación nuestra sin la satisfacción que Cristo ofreció por nosotros sobre la cruz (aunque la Redención de Cristo sea un concepto más amplio que esa satisfacción realizada en la Pasión de Cristo).

En efecto, la existencia de reparaciones sin la existencia previa de la satisfacción dolorosa de Cristo carecería de objeto en cuanto reparaciones dirigidas al Jesús histórico de Nazaret (el cual, por hipótesis, no habría padecido, asumiéndolos en su libertad, los dolores que se tienen ante los ojos al reparar). En cuanto dirigidas al Padre, si fueran independientes de la satisfacción de Cristo, implicarían la posibilidad de que el hombre se salvara a sí mismo. Reparar el pecado que hicimos, es imposible si no se realiza en conexión con la satisfacción ofrecida por Cristo. Más grave aún es suponer que existen hombres que no son pecadores y que, por tanto, no tendrían que volverse con ánimo reparador al que traspasaron, ya que ellos no lo traspasaron. Comencemos por este último punto.

Está hoy de moda negar la base bíblica sobre la que san Agustín apoyó la afirmación de la existencia del pecado original; se le acusa, a veces, de haber visto por todas partes en la Escritura textos que afirmarían esa existencia, utilizando para ello una exégesis que no resistiría la crítica más elemental. Y, sin embargo, hay que reconocer que en su método exegético está subyacente, especialmente por lo que se refiere al Nuevo Testamento, una profundísima intuición; en el Nuevo Testamento, la idea de Cristo salvador lo trasciende todo; en la idea de Cristo salvador ve san Agustín la doctrina del pecado original. Jesús es Salvador de todos. No hay nadie que no necesite su salvación, ni siquiera el niño de un día: «Llamarán su nombre Jesús. ¿Por qué? Porque él salvará a su pueblo. ;De qué? De sus pecados. Ahora pregunto de un niño; es llevado a la iglesia para hacerlo cristiano, para bautizarlo, supongo que para que esté en el pueblo de Jesús. De qué Jesús? El que salva a su pueblo de sus pecados. Si no tiene algo que sea salvado en él, que lo quiten de aquí. : Por qué no decimos a las madres: Quitad de aquí a esos niños? Pues Jesús es salvador: si estos no tienen algo que en ellos sea salvado, quitadlos de aquí». Quizás no falten hoy algunos, incluso sacerdotes, que no rechacen la idea de invitar a las madres a que se lleven a sus niños sin hacerlos bautizar. Convendrá en tal caso hacer conscientes, a quienes hacen esa invitación, que están afirmando con ello que existen personas que no necesitan ser salvadas por Cristo.

El contraste de Pelagio frente a san Agustín es fuertemente llamativo. Su insistencia en que el hombre, con solas sus fuerzas, puede llegar a cualquier meta de perfección y a la total evitación del pecado24, conduce a la pretensión, blasfema en el fondo, de que el hombre no necesita la salvación de Cristo. Pocas cosas impresionan tan hondamente en orden a conocer el espíritu anticristiano de Pelagio como una lectura de su Comentario al capítulo 5 de la carta a los Romanos, con la supresión de la idea de una necesidad universal de Cristo salvador. Cuando, en la lógica de su pensamiento teológico, Pelagio reduce la muerte de Cristo en la cruz a un ejemplo para nosotros , destruye, en realidad, el pensamiento de que Cristo nos salva. Si se mantiene claramente la idea de una satisfacción redentora-que es dogmática en su núcleo, si prescindimos de explicaciones teológicas posteriores-, se confiesa que Cristo nos salva por su muerte. Si se reduce la Pasión a un ejemplo, el papel de Jesús se limita a enseñarme cómo puedo yo salvarme a mí mismo. En ese caso, soy yo quien realizo mi propia salvación. Ello es tanto como decir que Cristo no es realmente mi Salvador.

En resumen. La convicción de que no todo hombre es pecador, de que ciertos hombres podrían evitar siempre todo pecado-tales hombres no tendrían que reparar por pecados propios, pues no los habrían cometido-,conduce a la supresión de la necesidad del Salvador. Curiosamente este convencimiento es históricamente paralelo de la supresión de la idea de satisfacción en la Pasión de Cristo, la cual consecuentemente se reduce a mero ejemplo. En la base está siempre la negación del pecado original. Es notable que san Pablo en Ef. 2,3 haya colocado el pecado original como raíz del comportamiento pecaminoso de los hombres: «éramos por naturaleza hijos de ira». «Por naturaleza», como ha demostrado J.Mehlmann, no tiene en san Pablo un sentido metafísico, sino que significa simplemente lo que se es desde el nacimiento. En todo caso, aun después de perdonado el pecado original, el pecado continúa, al menos a nivel de pecado venial semideliberado, presente en nuestras vidas, Por ello, siempre tenemos que presentarnos ante Dios como pecadores. Esto explica que, cuando Jesús nos enseñó a orar, incluyera en el texto del «Padrenuestro» una petición muy concreta: «perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (cf. Mt 6,12; Lc 11,4). Es de suma importancia la enseñanza del Concilio de Trento al recordarnos que la oración dominical fue pensada y compuesta por Jesús para que la dijeran también -y primariamente-los hombres en estado de gracia, los cuales, a pesar de encontrarse en ese estado de justicia, al decir diariamente el «Padrenuestro», tienen que incluir en su fórmula con humildad y verdad las palabras de petición de perdón que en él se contienen; en otros términos: si Jesús nos enseñó a rezar cada día el «Padrenuestro» y a pedir perdón en él, es porque cada día tenemos motivos objetivos para decirlo con humildad y verdad.

En la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), Jesús plantea dos actitudes oracionales, la de aquel que ora como justo y la del que ora como pecador. Y es decisivo que Jesús dice taxativamente al final de la parábola que quien ora como justo, es rechazado, mientras que sólo quien ora como pecador, es aceptado: «Os digo que este bajó a su casa justificado, y el otro no» (v.14). Todo ello quiere decir que el hombre necesariamente tiene que presentarse siempre delante de Dios como pecador. Los enunciados de Jesús son tan estrictos y universales que no es posible excluir de ellos absolutamente a nadie.

Ahora bien, supuesta la realidad del pecado, sólo una satisfacción ofrecida por Cristo puede salvarnos. «Precisamente Él, solamente Él ha dado satisfacción al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principio se manifestó en la creación del mundo, en la donación al hombre de toda la riqueza de la creación, en hacerlo “poco menor de Dios, en cuanto creado “a imagen y semejanza de Dios”; e igualmente ha dado satisfacción a la paternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con la ruptura de la primera Alianza y de las posteriores que Dios «ha ofrecido en diversas ocasiones a los hombres». Ya san Anselmo explicaba que la salvación sólo es posible porque una satisfacción condigna por los pecados ha sido ofrecida; «la cual no puede hacerla sino Dios, ni la debe sino el hombre: [por ello], es necesario que la haga el Dios-hombre». Recientemente afirma la Comisión Teológica Internacional en su «Declaración sobre algunas cuestiones referentes a la Cristología»: «Toda la Tradición de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura, enseña que para que la obra de la salvación sea realizada y explicada es necesario ponerla en conexión con dos misterios. Jesús es verdaderamente Dios. Y, por otra parte, es plenamente solidario con nosotros porque ha asumido la naturaleza humana en toda su integridad». Dicho de otro modo, los dolores de Cristo en la cruz fueron meritorios porque ofrecidos por una libre voluntad humana; ellos tuvieron valor satisfactorio infinito porque procedían de una persona divina. Sin esta satisfacción ofrecida por el Verbo encarnado, ninguna reparación tiene el menor valor; afirmar lo contrario sería dejar la puerta abierta a una reparación sin Cristo, a una satisfacción sin Cristo, a una salvación sin Cristo.

No puedo cerrar este grupo de reflexiones sin aludir a la situación actual de crisis de la teología de la reparación. A mi juicio, esta crisis debe relacionarse con la pérdida del sentido de pecado. Ulteriormente he mostrado en otra ocasión cómo toda una larga línea de la moderna teología de la redención (que va desde la teología nueva, pasando por el «Catecismo holandés», hasta la interpretación de la muerte de Cristo que hacen algunos teólogos latino-americanos de la liberación) ha abandonado la idea de satisfacción ofrecida por Cristo al Padre. La consecuencia lógica es que Cristo se convierte en paradigma y ejemplo de opción liberadora, lo cual-como he indicado- podrá ser enseñarme a que yo me salve a mí mismo, pero no estrictamente salvarme Él. Este dato, unido a otra serie de fenómenos teológicos circundantes (negación de la existencia del pecado original, oposición al bautismo de los niños en nombre de la importancia prevalente de un compromiso adulto -cuando en realidad, si hay algún caso en que aparece claramente que la iniciativa salvadora es de la gracia, es el bautismo de un niño y la justificación de un niño antecedentemente a cualquier obra suya-, la decadencia de la oración y especialmente de la oración de petición, el mito del hombre moderno), debe hacernos reflexionar muy seriamente sobre la verdadera naturaleza de la crisis teológica actual. Se habla, con cierta frecuencia, de que estamos asistiendo a una protestantización del pensamiento católico. No voy a negar que posiciones concretas de teólogos católicos procedan de determinados teólogos protestantes. Pero en lo que se refiere a las actitudes de fondo y al talante general, hago mío el diagnóstico de J. Daniélou, que pensaba que la crisis actual es mucho más de tendencia pelagiana que de tendencia protestante.

Valdría la pena no perder de vista esta perspectiva incluso para enjuiciar la tendencia subyacente a las recientes cristologías no calcedonenses. Un teólogo anglicano, E. L. Mascall, refiriéndose a esta tendencia, que él ve no sólo fuera, sino también dentro de la teología católica, la calificaba de neo-adopcionista y neo-nestoriana. Retengamos este segundo calificativo. Sin duda, la interpretación que Casiano hizo de las ideas de Nestorio es injusta y desorbitada. Casiano atribuye a Nestorio afirmaciones según las cuales Jesús habría nacido mero hombre, y por sus propios méritos habría merecido que Dios se uniera más tarde a él. El tipo de unión que Casiano atribuye a la concepción nestoriana sería adopcionismo puro. Pero no es este el punto que me interesa ahora, sino más bien la pretensión de tinte pelagiano de que el mero hombre Jesús con solas sus fuerzas puede conseguir que Dios se le una. Insisto en que se trata de una interpretación de Nestorio que puede calificarse de calumniosa. Pero, a pesar de ello, un parentesco de fondo entre nestorianismo y pelagianismo es difícilmente negable; sin él no se explicarían las conexiones de hecho que pueden demostrarse históricamente.  No recibió Pelagio, según el testimonio de Mario Mercator, de Rufino el Sirio, un antioqueno, el impulso para su herejía?45 Es curioso que el mismo Mario Mercator coloque la fuente de la negación del pecado original en Teodoro de Mopsuestia. Como tampoco pueden ser casuales las relaciones entre los obispos pelagianos refugiados en Constantinopla y Nestorio, y, más aún, entre Celestio y Nestorio. Tampoco hoy puede ser casual que, en una atmósfera teológica fuertemente cargada de pelagianismo, ciertas cristologías se orienten hacia un neonestorianismo. En efecto, «una naturaleza

humana autónoma en Cristo (nestorianismo) evoca una autonomía del hombre simplemente hablando (pelagianismo)»;y al revés.

 

  1. Sin reparación no hay Redención

La Redención no puede considerarse sin atender «como a dos aspectos inseparables de la obra de la salvación, tanto a la expiación objetiva del pecado como a la participación por la gracia a la vida divina. Esta, sin duda, debe ser aceptada por el hombre en su libertad auténticamente recobrada». Tocamos así un punto que es esencial para entender la Redención como obra que llega hasta mí, me afecta y me salva.

Sin duda, Cristo en la cruz ofrece con su voluntad humana una satis-facción que es en sí de valor infinito. Pero no puede olvidarse que se trata de una satisfacción vicaria en cuanto ofrecida por el infinitamente puro y no por los que habían pecado. En el caso de una satisfacción directa, decir, ofrecida por el mismo que ofendió, y supuesto que esta sea correspondiente a la gravedad de la ofensa, el ofendido tiene obligación de aceptarla. Este esquema que vale para ofensas y satisfacciones puramente humanas, o sea las que suceden en la vida ordinaria entre los hombres, es analógicamente aplicable al caso de la ofensa a Dios y su satisfacción, al pecado y a la Redención. Esa obligación de aceptar la satisfacción no se da cuando la satisfacción es una satisfacción vicaria: el ofendido no está obligado a aceptarla por más que sea sobreabundante; y si la acepta, precisamente porque lo hace libremente, puede poner condiciones a su aceptación. Más aún, es obvio que, al menos, ponga una: que el que realmente ofendió, haga algo con lo que muestre su conformidad con la satisfacción dada por otro en su nombre.

Se comprende así la importancia de la Resurrección. En la cruz Jesús se da por nosotros al Padre; pero la Resurrección de Jesús significa que el Padre lo ha aceptado como oblación y sacrificio por nosotros. «El hecho de que Cristo ha resucitado al tercer día constituye el signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal». En efecto, al modo humano de hablar cuando el Viernes Santo la losa cae sobre el sepulcro de Jesús, queda flotando en el aire una pregunta inquietante para los hombres. Jesús ha ofrecido su sacrificio. Pero ¿lo aceptará el Padre? La respuesta tiene lugar cuando «Dios lo resucitó de entre los muertos» (Hch 3,15).Por eso, el Mensaje pascual resuena con notas de indecible alegría. No es sólo el gozo de que a la Persona amada le ha sucedido algo extraordinariamente bueno, sino la alegría exultante de que podemos salvarnos, ya que el Padre ha aceptado el sacrificio de Jesús.

Se hace entonces también inteligible que el Padre pida de nosotros un movimiento de conversión y reparación, aunque la satisfacción ofrecida por Cristo tenga en sí misma un valor infinito. La actitud auténticamente cristiana no puede ser él «pasivismo» luterano, sino una conversión positiva que se suma a la obra de Cristo y hace así posible que los bienes que Él nos mereció pasen a nosotros. En este sentido, tanto Pío XI en la encíclica Miserentissimus Redemptor, como la liturgia en la oración de la Misa del Sagrado Corazón, hablarán de la «obligación de satisfacer».

 

  1. Lo específico de la devoción al Corazón de Cristo

Sin embargo, no se puede reducir la devoción al Corazón de Jesús a las actitudes fundamentales que tienen que darse en todo cristiano, incluso en el proceso de la propia justificación, como prerrequisito indispensable para que la salvación de Cristo llegue a él en concreto. No creo que pueda decirse que siempre que se está hablando de amor a Cristo, se está sin más hablando de devoción a su Corazón. La devoción al Corazón de Cristo aparece históricamente con rasgos nuevos y específicos. Dicho en concreto: la consideración del Corazón.

Como he explicado en otra ocasión, la controversia entre J.Rivière y P.Galtier sobre la relación existente en la satisfacción ofrecida por Cristo entre el dolor padecido y el amor que lo acepta, a pesar de las divergencias existentes entre ambos (Rivière defiende la primariedad de los actos inter-nos con que Cristo da honor al Padre, y reduce la existencia de dolor en la Pasión a un mero dato de hecho que pudo no haber existido, mientras que para Galtier el dolor era necesario, aunque sólo tiene valor moral por los actos de voluntad con que se ofrece), ha producido una amplía conver-gencia que ha llevado a la superación definitiva de la teoría del castigo que es, en realidad, de origen protestante. Ambos teólogos subrayan que el dolor de la Pasión sólo tiene valor en virtud de los actos internos de Jesús que los ofrece al Padre. Se trata de conclusiones irreversiblemente adquiridas en teología católica.

Un nuevo paso, ya en la línea de la devoción al Corazón de Jesús, vera estos actos internos que dan sentido salvador a la Pasión de Cristo, como actos de amor que brotan de su Corazón. Reconocerá que «la Redención del mundo-ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada-es en su raíz más profunda la plenitud de la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo Primogénito, para que pueda hacer-se justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor». Es esencial en el cristianismo saber que «de manera particular Dios revela también su misericordia, cuando invita al hombre a la «misericordia» hacia su Hijo, hacia el Crucificado». Pero «la Iglesia parece profesar de manera particular la misericordia de Dios y veneraría dirigiéndose al Corazón de Cristo. En efecto, precisamente el acercarnos a Cristo en el misterio de su Corazón nos permite detenernos en este punto -en un cierto sentido central y al mismo tiempo accesible en el plano humano- de la revelación del amor misericordioso del Padre, que ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del hombre».

En otras palabras, las actitudes de conversión y reparación que no puede omitir ningún cristiano, pueden prolongarse y profundizarse fijando la mirada en el Corazón humano del Verbo encarnado. Aunque ello vaya más allá de lo que es esencial e irrenunciable a un cristiano, indudablemente enriquece, como toda conciencia refleja de que el amor de Jesús procede de la bondad de su Corazón, las actitudes cristianas fundamentales. De ese Corazón procedió el amor que nos salva; el amor de ese Corazón no es correspondido y debe, por ello, ser reparado; al amor salvador de ese Corazón-amor que satisface al Padre-puedo unir el amor reparador de mi propio corazón.

El Corazón es una realidad de la naturaleza humana de Cristo y recuerda así la necesidad de actos, humanos y libres, de amor para nuestra salvación. Pero en el amor se expresa la Persona. El problema del amor personal de Cristo no puede resolverse apelando meramente a la definición del Concilio III de Constantinopla sobre la existencia de dos voluntades en Cristo, y cerrándose en que, por aludir el Corazón a la naturaleza humana, en el amor de su Corazón se trata de actos de la voluntad humana de Cristo. Todo esto es verdad, pero no es toda la verdad. «El amor personal, como amor, lleva consigo siempre la donación de la persona; si no, no hablamos de amor personal. En el amor personal, en el amor de amistad, la persona se entrega. Ahora bien, si ponemos el amor personal humano de Cristo, tiene que entregar la persona; y como no hay más persona que la divina, tenemos que, en lo que toca al amor personal humano de Cristo, en el mismo amor humano se implica la persona divina, por el concepto mismo de amor en su realidad de amor personal»64. Este análisis puede quizás ofrecer una nueva luz a la afirmación del valor infinito de los actos de amor personal del Verbo encarnado, de los actos del amor salvífico y personal del Corazón de Cristo, el Señor. Y, a la vez, puede explicarnos por qué la devoción al Corazón del Señor nos conduce a la intimidad personal de Jesús, es decir, de la persona misma del Hijo eterno del Padre.