Del libro "EL MISTERIO DEL CORAZÓN TRASPASADO", Ignace de La Potterie
Jesús es el reino de Dios
En general, uno de los puntos más admitidos por la crítica es que Jesús proclamó la llegada del reino de Dios. Recordemos la famosa frase de Loisy: «Jesús había anunciado d reino y llego la Iglesia». Pero para continuar en nuestra perspectiva, nos concentraremos en un solo punto: la identificación que se perfila, desde la vida pública, entre el reino de Dios y la persona del mismo Jesús.
Aquí nos encontramos con tres textos de suma importancia.
1. En su primer kerigma, al comienzo de la vida pública, Jesús proclama solemnemente: «Convertios: se acerca el reino de los cielos* ÍMi 4,17; cf. Me 1,15). El reino de Dios que Jesús anuncia no tiene nada que ver con un reino político: se trata de una acción completamente nueva y más poderosa de Dios en el mundo, la intrusión del eón futuro en el mundo presente, el comienzo del cumplimiento del tiempo de h salvación. Pero esta soberanía divina parece operar en la autoridad del mismo Jesús, hecho digno de ser tenido en cuenta: su llegada (Me 1,14} coincide con k llegada del reino de Dios (Me 1,15):
Jesús sabe que esta presencia del reino se lleva a cabo en su persona*’. Marcos lo pone de manifiesto cuando insiste en el «poder» ejercido enseguida por Jesús, en la «autoridad» con Ja que hablaba: frente a la costumbre judía, no dirige a los primeros discípulos una simple invitación a seguirlo, sino una orden formal («Venid en pos de mí», 1,17; «Sígueme», 2,14). En la sinagoga de Cafarnaún, todos se maravillaban ante la novedad de su enseñanza (1,27): «Enseñaba con autoridad y no como ¡os escribas» (1,22); este poder de Jesús actúa de manera muy particular sobre aquellos que estaban poseídos por un espíritu inmundo: «Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen» (1,27b; cf. 1,39c); él perdona además los pecados del paralítico, y por ello fue atusado de blasfemia («¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?» 2,7). Pero si cura al paralítico es precisamente para mostrar «que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados» (2,10); un poco después, de forma análoga, él reivindica su autoridad sobre la creación divina del sábado: «El Hijo del hombre es señor también del sábado» (2,28).
Todos estos datos son perfectamente coherentes con el kerigma inicial sobra la llegada del mino de Dios. Aquí ya empieza a cumplirse lo que se manifestará más claramente a continuación, que el reino de Dios llega «en toda su potencia divina» (9,1). Pero la novedad, la paradoja de estos textos, es que la potencia de Dios la ejerce un hombre: Jesús. Antes tic arrojar una conclusión sobre cuál es la conciencia de este hombre, veamos brevemente los otros dos textos.
2. En la controversia sobre Belcebú provocada por el exorcismo do uno que estaba poseído por un espíritu mudo, Jesús declara; «Si yo echo los demonios por el Espíritu de Dios, entonces es que d reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mt J 2,28; cf, IJC 1 ] ,20; «el dedo de Dios»), La llegada del reino de Dios se realiza en el mismo acto en el que Jesús pone fin al dominio de Satanás (cf. v,29-30; Le 10,18); y Jesús lleva a buen fin este dominio con el Espíritu de Dios que reside en él.
3, Leemos un texto muy parecido en el célebre logion de [x 17,20-21, que por muchos motivos puede ser considerado verdadera palabra de Jesús. A la pregunta de los fariseos; «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?», Jesús responde; «El reino de Dios no viene aparatosamente […] el reino de Dios está en medio de vosotros». La interpretación de esta palabra ha variado en el transcurso de los siglos Por lo general, hoy se está de acuerdo en que aquí no se habla de una presencia interior del reino, sino del hecho de que el reino de Dios ya está operando en Israel en la acción y en el ministerio de Jesús.
Existen otros pasajes de los evangelios en los que de algún modo se da una identificación entre Jesús y el reino de Dios. Pero podrían ser reflejo de la explicación teológica posterior. Los veremos a su debido tiempo. Por ahora, nos preguntaremos qué significa, para la conciencia de Jesús, el hecho histórico y real que él sitúa en el centro de su predicación; la proclamación de la llegada del reino de Dios.
Según Káscmann, la única condición que puede explicar que Jesús se pusiera por encima de la ley de Moisés y que pudiera pensar que, según sus propias palabras, el reino de Dios se acercaba a sus oyentes, es su condición de Mesías. Pero es una incongruencia —como ocurre entre los demás discípulos de Bultmann— no querer acabar en la conciencia mesiánica de Jesús; si su acción era realmente mesiánica, Jesús debía ser profundamente consciente de que él mismo era el Mesías, Aquí hay que recordar que en la tradición judía la palabra mesías tenía sobre todo un sentido de realeza. De ahí, ciertamente, el posible error de un mesianismo político, Pero Jesús lo disipó enérgicamente. Sin embargo, como hemos visto, él se atribuye un verdadero poder, una soberanía regia: antes que nada, sobre los hombres a los que llama a su seguimiento y sobre los espíritus impuros a los que arrebata el poder sobre los endemoniados; pero, sobre todo, sobre la conciencia de los hombres a los que libera de sus pecados, también soberanía sobre el sábado instituido por Dios mismo. El mecanismo que Jesús reivindica adquiere cada vez más claramente aspectos espirituales y trascendentes.
Precisamente aquí surge la paradoja. O más bien, aquí se intuye el misterio. El hombre Jesús proclama la soberanía de Dios, pero es él mismo quien la ejerce. Con toda su acción, Jesús demuestra que es consciente de ser el rey-mesias, de ser el portador de la misma soberanía de Dios39. Este misterioso aspecto de la persona de Jesús, que tanto impresionaba a sus oyentes y que es uno de los rasgos constitutivos de la «cristología» prepascual, debía explicarse después de la resurrección.
El reino de Cristo en la tradición pospascual
Sin embargo, a partir del final de la vida pública, ya se habla del reino del mismo Cristo, pero en una perspectiva pospascual. Duran ce Ja última cena, Jesús dice a los doce: «Yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino,,,* (LJC 22,29-30; cf, 23,42). F.u efecto, con su entronización gloriosa a la derecha de Dios, Cristo se convierte en el Señor de su Iglesia (Hch 2,36). En los Hechos se da, por tanto, la equivalencia entre el evangelio del reino de Dios, la buena noticia del nombre de Jesucristo y la enseñanza que se refiere al Señor Jesucristo (8,12; 28,31), En las Cartas, es raro el empleo de este término. Se trata del reino de Cristo Jesús desde una perspectiva sobre todo escaro lógica (2 Pe 1,1 1; 2 Tim 4,1 J 8). FJ reino de Dios y el señorío de Cristo son ahora sinónimos*1. El reino de Jesucristo es ai mismo tiempo el reino de Dios: en Ef 5,5 Pablo habla de aquellos son excluidos en la «herencia del reino de Cristo y de Dios»; lo mismo leemos en Ap 1 E1 5: «¡El reino del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Mesías, y reinará por los siglos de los siglos!» (cf. también 12,10).
Lectura del evangelio a la luz de la tradición: el señorío y la majestad de Jesús
Muchos autores recientes se han conmovido ante una bella observación de Mandón; «ln evangelio est Dei regnum, Chris- tus ipse»*2. La misma idea se encuentra también en Orígenes: para él, el reino de Dios no es más que la soberanía de Cristo en eí corazón de los hombres; lo expresa con una frase lapidaria: el Hijo de Dios es la autoba$iieia> el reino de Dios en persona40. Orígenes resume así un tema centra] del Nuevo Testamento. El reino de Dios no es ante todo una realidad futura de la escatología final: se identifica con el reino de Cristo, y se lleva a cabo desde el momento presente en la vida cristiana; pero el reino había tenido su punto de partida en la vida de Jesús. Esto es lo que nos dicen los mismos evangelistas, sobre todo Lucas y Juan. Por ello, tras haber hecho un breve análisis de la primera teología cristiana del reino de Cristo, ahora debemos volver al evangelio para descubrir, a la luz de esta interpretación pascual, todo lo que implicaba la identificación entre el Jesús terreno y el reino de Dios, ya esbozada durante la vida pública.
Respecto a Lucas, detengámonos en una costumbre muy suya: la de atribuir a Jesús el mulo real de «Señor» desde el comienzo del evangelio». Cada vez que lo hace, Lucas ve en la escena que narra una anticipación de la vida de la Iglesia o de la escatología final. Pongamos un ejemplo. En 10.3H-42, él describe a María, la hermana de Marta, «sentada junto a los pies del Señor, escuchando su palabra» (v.39): para el evangelista, ella representa la actitud del discípulo perfecto, el que está siempre a la escucha de la palabra de Dios, de la palabra de Jesús; ella es también el modelo de la virgen cristiana que, como dice Pablo, «permanece unida al Señor sin distracciones» (1 Cor 7.35). Aquí está en el punto de partida de una larga tradición cristiana que descubrió en esta escena del evangelio el ejemplo y el modelo de la vida contemplativa’15. Para Lucas, el Jesús del evangelio es ya el Señor presente en su Iglesia, aquel que se da a conocer a los discípulos y a quien ellos escuchan con fe.
Algo parecido se observa en Juan. El reino de Dios del que Jesús habla a Nicodemo (jn 3,3.5) es aquel al que ante Pilaros llamará «mi reino* (18,36). Una larga tradición comprendía perfectamente que el reino de Dios del que habla Jesús es Jesús mismo»‘-. «¿’er el reino de Dios» (jn 3,3) es «ver* a Jesús en eí ejercicio de su reinado; y esto es posible’ solo para quien, naciendo del Espíritu, llega a convertirse en un hombre de fe, Pero la expresión «entrar tn el reino de Dios» (Jn 3,5) también se puede comprender en un sentido cristológico: porque Jesús es la puerta (10,9), es el nuevo templo (2,21). Juan 5coto Eriúgcna decía con razón: «La casa del Padre es el Unigénito, es el Cristo»; por eso «entrar en el reino de Dios» es entrar en Ja estancia del Padre, es entrar en la comunión del Padre y del Hijo (1 Jn 1,3), es penetrar en la intimidad del Corazón de Cristo1 . Jesús puede ser rey solo para aquellos que «son de la verdad» y que «escuchan su voz» (18,37). El reino de Cristo es el «regnum veritatis»4*; este comienza verdaderamente en la cruz. Por eso, en san Juan, la elevación en la cru2 es una exaltación (12,32): él reina sobre los suyos atrayéndolos hacia sí, reuniendo a los hijos de Dios dispersos (1 1,52). Es aquí, en la «ventas sanctae crucis»49n donde triunfa su Verdad; es aquí donde lleva a cumplimiento la revelación del amor hacía los suyos 09,28; cf. 13,1), la revelación del amor de Dios hacia el mundo (3,16).
Conclusión
Se dirá que este amplio vistazo de conjunto nos ha hecho perder de vista nuestro punto de partida: el tema del Corazón de Cristo, de la conciencia humana de Jesús. Pero no es así. En efecto, de estas observaciones surgen dos ideas primordiales.
La primera idea es la profundización progresiva del tema del reino de Cristo: desde el comienzo de su vida pública, Jesús nos hace comprender que en él se lleva a cabo el reino de Dios; ese reino de Dios, en definitiva, es él mismo, el hombre Jesús, que se revela en su misterio y que ejerce así su soberanía sobre los suyos. Él reina sobre ellos con su verdad, haciéndoles entender quien es él, descubriéndoles el misterio de su amor a los hombres.
La segunda idea es la de la respuesta del hombre: quien escucha la voz de Jesús se convierte en su discípulo, en discípulo de la Verdad, Esta actitud del discípulo, que consiste en una mirada de fe sobre Cristo, viene maravillosamente descrita en el versículo final del pasaje joáníco de la pasión: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37).
El costado abierto de Cristo elevado en la cruz se convierte así en un símbolo mucho más rico, porque está más vinculado a la historia de Jesús. Es el símbolo de todo lo que él reveló durante su vida terrena. En cuanto al agua del costado abierto, es el signo del Espíritu dado a sus discípulos para que creyeran. El Corazón de Cristo es su interioridad, es en el fondo el misterio de sí mismo que él nos revela; y esta revelación es la verdad por la que él reina sobre nosotros. Sin duda, este es el sentido profundo de una de las más bellas invocaciones de las letanías del Corazón de Jesús: «Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones»
El misterio de la obediencia de Jesús
El tema que ahora abordamos entra en flagrante contra-dicción con el anterior. Esto no debe causarnos asombro, porque los dos temas nos presentan relaciones diferentes en el comportamiento de Cristo: por un lado, la majestad de Cristo para con los hombres; por otro, su obediencia al Padre. Desde el punto de vista teológico, la segunda es más importante que la primera: la obediencia de Jesús tiene un gran alcance, no solo para la soteriología, lo cual es lógico, sino también para la cristología, porque es algo muy distinto de un ejemplo que se nos da a nivel puramente moral; la obediencia nos hace entrar propiamente en el misterio de Cristo, el Hijo de Dios; por eso hablamos del «misterio* de la obediencia de Jesús’’1.
En este aspecto, no hay que distinguir entre tradición y redacción en los evangelios. De hecho, es imposible que la idea de la obediencia de Jesús haya sido inventada por la Iglesia apostólica, porque esta veneraba a Cristo como a su Señor. Contamos para ello con un dato histórico sólido, atestiguado en casi todas partes en el Nuevo I estamento, aunque parece evidente que algunos textos están acompañados por una elaboración teológica posterior. Constatamos con K, Rahner: «En la mayor pane del Nuevo Testamento, la misión de Cristo redentor aparece representada de forma más habitual bajo la idea clave de la obediencia al Padre»51. Expondremos esto en dos etapas: en primer lugar, haremos una descripción de conjunto de la obediencia de Jesús; a continuación, tratare- naos de descubrir el fundamento secreto de la conciencia y el corazón de Cristo. Para hacerlo, nos inspiraremos sobre todo en Juan51 y en algunos textos esenciales de la tradición patrística.
a) La obediencia de Jesús a la voluntad de Dios
En Jos evangelios no encontramos las palabras «obediencia» ni «obedecer» aplicadas a Jesús. Pero esta idea se expresa a través de numerosas expresiones equivalentes, como «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), «es necesario que…» (passim), «hacer Ja voluntad» (Jn 4,84), «cumplir las escrituras» (cf. Le i 8,31) y otras parecidas.
b) La obediencia del Hijo
¿Cuál era el fundamento de la obediencia de Jesús? La res-puesta no puede dejar duda alguna: Juan y los Padres que le siguieron señalan que hay que buscar este fundamento en la filiación divina de Jesús.