Reino universal

Extraído  de : LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

De Florentino Alcañiz, S. J

Después de afirmar el Papa que con la fiesta de Cristo Rey completaba la consagración del género humano, continúa:

«Y al hacer esto – al instituir dicha solemnidad – no solamente pusimos en plena luz el supremo imperio de Cristo sobre todas las cosas: sobre la sociedad civil y doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también ya entonces saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso en que todo el orbe, de voluntad y con gusto, se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey . Por lo cual ordenamos juntamente que todos los años, al celebrarse la fiesta que establecíamos, se renovase la misma consagración, a fin de lograr más cierta y copiosamente su fruto, y en caridad cristiana y conciliación de paz aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores».

En el párrafo citado el Vicario de Jesucristo rotundamente asegura que ha de llegar un día: saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso, un día en que todo el orbe, de voluntad y con gusto se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey, un día, pues, en que se halle realizado el reinado universal de Jesucristo en la tierra. Si, pues, el reino de que habla el Papa fuese el del Corazón de Jesús, tendríamos afirmado por el R. Pontífice el reinado universal del Sagrado Corazón.

Ahora añadimos que ese reino es, en efecto, el del Corazón Divino. En primer lugar, al final del párrafo, tornando otra vez el Pontífice a hablar del reino universal futuro, lo describe con estas palabras: aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores; por donde se ve bien claro que ese reino universal no es otro que el del Corazón Divino. Además hemos venido observando en toda la Encíclica cómo para el R. Pontífice el reino de Cristo que pedimos, que deseamos, que esperamos, es idéntico al del Corazón de Jesús, o que Cristo ha de reinar por su Corazón; luego de éste mismo se ha de entender igualmente lo que dice en el último pasaje.

También es preciso reparar en que manda el Papa que cada año se renueve en la fiesta de Cristo Rey la consagración del mundo al Sagrado Corazón, a fin de lograr más copiosamente su fruto, y aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes; de donde parece que ese reino universal es un efecto a que tiende la consagración; pero la consagración, como es claro, apunta al reino precisamente del Corazón de Jesús; luego éste y no otro es el reino de que trata Pío XI.

Por último, todas las notas con que describe la Encíclica ese reino universalcuadran admirablemente a un reinado del Divino Corazón. Veámoslas:

Por lo pronto es un reino: universal, así étnica, como territorialmente: «todo el orbe», «todos los pueblos»; un reino verdadero, en que se cumplan las leyes de Jesucristo: «todo el orbe obedecerá a su imperio»; no como ahora, que a veces se dice reina aquí o reina allá el Corazón de Jesús, y nadie cumple sus divinos mandamientos; un reino de amor a Cristo, puesto que todo el orbe obedecerá a su imperio gustosa y voluntariamente», lo que prueba que hay amor y cariño al Rey que manda; un reino de suavidad: «obedecerá… al suavísimo imperio de Cristo Rey»; un reino de caridad: «en caridad cristiana; de paz: «en conciliación de paz»; de unión: «aunar todos los pueblos en conciliación… » etc.

No se necesitan muchos conocimientos acerca de la materia, para notar en seguida la coincidencia entre los caracteres del reino descrito por el Pontífice y las virtudes que engendra la devoción al Corazón de Jesús cuando de veras se abraza, y por consiguiente las notas que a su reinado atribuyen Santa Margarita y los otros confidentes del Sagrado Corazón.