Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.
Estábamos presentando las lecciones del Papa sobre el tema del sufrimiento, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. El sufrimiento se da también en el reino animal, pero el humano tiene una profundidad especial. El sufrimiento humano es el que plantea las preguntas al hombre sobre esa realidad misteriosa en él, que infunde compasión, respeto y temor y a la cual tratábamos de acercarnos.
La primera aproximación introductoria era la realidad de la presencia del sufrimiento, un sufrimiento pluriforme, un sufrimiento a niveles diversos que no se reduce a la enfermedad controlada por la medicina, sino que tiene dimensiones también espirituales y morales: sufrimiento físico y moral. Es el mundo del sufrimiento en medio del cual nos encontramos: que se adensa en determinados momentos, que se realiza en las personas concretas y que constituye lo que luego llamábamos el sufrimiento del mundo. El mundo del sufrimiento produce esa comunión entre los que sufren y el sufrimiento del mundo.
Puesta esta realidad y esta base, se plantea inmediata-mente una pregunta angustiosa: ¿por qué el sufrimiento? Al preguntar por qué, generalmente, por desgracia, el planteamiento se hace del sufrimiento físico; no se hace del mal del pecado, no se da importancia a ese elemento. Sino que se habla de ¿por qué el dolor en el mundo? por qué tantas personas padecen tanto?, y esa pregunta que surge: por qué, pregunta por la causa y pregunta también por la finalidad: para qué tanto sufrir en el mundo? Lo que se pregunta es el sentido del sufrimiento, el sentido del dolor en la vida. ¿Qué significación tiene?
- Se interroga sobre el sufrimiento puro humano
La gran tristeza que produce el dolor es el no verle sentido, y realmente se pregunta esto sobre todo del sufrimiento puro. El sufrimiento, que es la fatiga, el que acompaña al esfuerzo humano, ése no nos plantea problemas especiales, sino que para obtener ciertos éxitos comprendemos la necesidad de trabajar, de fatigarse; requiere un esfuerzo y un dolor. Pero eso lo entendemos. Lo que no cuestiona es el sufrimiento que podemos llamar puro, a que no se le ve ninguna utilidad práctica. El sufrimiento de la enfermedad, del dolor, de la herida; el sufrimiento de la marginación, de la vejez, de la ancianidad. ¿Por qué? ¿Para qué? Una persona está ya arrinconada, ¿para qué? ¿No sería ya mejor quitarse la vida?
La pregunta se hace, pues, acerca del contenido humano del sufrimiento puro. Podemos hablar de que el dolor físico es un despertador de atención. Gracias al dolor se puede detectar y curar una enfermedad; si no, se dañaría sin que la persona se hubiese percatado de ello. Pero nosotros hablamos de ese nivel humano, eso por lo que el sufrimiento es humano. El sufrimiento físico se da también en el animal, pero sólo el hombre sabe que sufre refleja mente, y pregunta por qué sufre. Se plantea la cuestión y sufre más si no encuentra respuesta. La falta del sencido del sufrimiento aumenta el sufrimiento, lo hace más profundo. Y el hecho de llegar a encontrarle sentido puede superar el sufrimiento si realmente encuentra un sentido verdadero. Problema difícil, ciertamente. Esta pregunta de por qué el sufrimiento, por qué el mal del mundo, es pregunta difícil, que muchas veces el hombre se hace a sí mismo, que el hombre dirige al hombre, unos preguntan a otros, y que el hombre dirige a Dios, sobre todo: «Señor, ¿por qué este sufrimiento?». La dirige al Dios que es Creador y que es Señor. Porque la presencia del sufrimiento en el mundo parece ofuscar la imagen de Dios. Y se llega en esto a frustraciones, a conflictos y hasta la negación de Dios. Ya en otro momento lo recordábamos. ¿Por qué? ¿Cómo puede existir un Dios cuando existe tanto dolor y sufrimiento en el mundo? ¿Cómo podemos decir que Dios es bueno cuando se sufre tanto en el mundo? Esta es la gran pregunta.
Respecto a este punto dábamos como primera respuesta: la mayor parte de los males brotan de la voluntad del hombre, brotan de que el hombre no quiere someterse a la Ley de Dios, brotan de que falta caridad y amor. Esto es un hecho. Esto vale del hambre en el mundo: es evidente que, si las naciones se pusieran sinceramente, con desinterés, sin afán de estar siempre progresando más que los demás, a remediar ese mal del mundo que es el hambre, lo remediarían. Pero recordemos cuántas cosas increíbles. Cuántas veces se han lanzado productos, vagones, barcos llenos de frutos de la tierra, tomates, patatas, al mar para encarecer el producto, por utilidad egoísta. ¿Eso no se podía dar a tantos necesitados? ¿Hacérselo llegar de alguna manera? Una distribución que estuviera fundada más en la caridad que en el egoísmo evitaría la mayor parte de los males de este mundo, pero habría que seguir la Ley de Dios.
Por eso Dios es quien nos pedirá cuentas de la mayor parte de los males de este mundo, y Dios es quien nos va a decir: ¿por qué cuando yo os ordené que rigierais el mundo con los principios del amor os habéis empeñado en hacerlo con los principios del egoísmo? Lo mismo vale de la familia: ¿por qué os empeñáis en decir que la familia es más feliz cuando existe el divorcio que cuando existe el dominio sobre las pasiones? Y aquí está nuestro gran fallo y tenemos culpa en las consecuencias.
Y esto vale hasta de ciertas cosas que parece que son de la naturaleza. Yo pienso muchas veces: ¿por qué, si ya se sabe que cada tantos años hay un terremoto que destruye tal ciudad, vuelven a reedificarla en el mismo sitio y de nuevo hay otro terremoto? ¿Por qué se construye en el mismo sitio? ¿Qué razones humanas hay para ello? ¿No hay intereses creados? ¿No sería mejor buscar otra solución? Eso depende en gran parte de la voluntad de los hombres y lo podrían prever. Esto es una primera res-puesta posible. ¿Cómo Dios permite tantos asesinatos, matanzas en las guerras? Eso lo hace la voluntad del hombre. Eso Dios no lo quiere; es que el hombre no quiere obedecer a la voluntad de Dios.
De todas maneras, la presencia del mal parece ofuscar la imagen de Dios, sobre todo cuando se trata del drama diario de tantos sufrimientos sin culpa. Ahí suele estar el grave problema. ¿Por qué este niño recién nacido sufre? Quizá lo han mutilado porque ha caído una bomba cerca; el pobre niño, ¿qué culpa tiene y cómo Dios lo permite? Pero es que Dios, no lo olvidemos, ha entregado el mundo al hombre; Él no está haciendo milagros continuos, sino que en la situación en que estamos como consecuencia del pecado original, está sometido a los efectos de lo que es la acción del hombre. Hay un principio que me parece muy importante. Nos llama la atención y nos cuestiona mucho la suerte del niño inocente. Ahora bien: así como el Bautismo de los niños sin haber llegado al uso de la razón es quizá el signo más claro de la gratuidad de la gracia-la gracia se nos da gratuitamente; y al niño, sin haber habido un acto suyo deliberado humano previo, se le da la gracia-; de una manera parecida, creo que el sufrimiento del niño inocente es el signo mayor de la unidad del género humano en su condición de pecado original. Yo recalqué, hablando de la Redención, que el elemento fundamental es la unidad del género humano; que somos uno, y que porque somos uno y el pecado original se comunica por generación, somos una raza, somos un pueblo; el Verbo se ha hecho uno de nosotros y ha tomado sobre sí el pecado de todos nosotros, porque era «uno de nosotros», sobre el que carga el pecado de todos. Pues bien: esto creo que es sumamente importante.
Es una deformación el imaginar la vida de cada hombre totalmente aislada, como si comenzara de cero. Ninguno de nosotros es un ser aislado. La historia de cada uno de nosotros no empieza conmigo, sino con la humanidad, y eso es lo que aparece en ese sufrimiento. Es decir, todos los hombres, por ser miembros de la humanidad, participamos de la condición corruptible, de la condición derivada del pecado original, sea justo, sea pecador; somos participantes de esa condición de la naturaleza. En el niño que nace su historia no empieza en él, no es un ser creado de la nada, que tiene su relación con Dios desde ahora; sino que éste es miembro de esa humanidad que está en pecado original, y en él, como miembro de esa humanidad, también caen los efectos de esa condición pecadora de la humanidad. Esto puede dar luz para entenderlo. Nunca, pues, pensemos cada hombre como aislado. Es verdad en lo que significa responsabilidad personal ante Dios. Nadie es culpable ante Dios de lo que él no ha cometido de manera libre y deliberada; pero la condición humana no la tiene como historia suya que empieza en él; por eso es posible que este niño tenga una naturaleza alcoholizada o predispuesta a la alcoholización, porque su historia no em-pieza en él. El cuerpo de este hombre es el resultado del entretejido de generaciones y lleva dentro esos gérmenes. Viene de más arriba. Es un miembro de la humanidad.
Esto nos dará también luz para entender algo de ese misterio, precisamente de lo que se refiere al sufrimiento de los seres inocentes. En el ser inocente-en seguida lo veremos-, el sufrimiento no es efecto de una relación de él con Dios simplemente, sino que es también participante de la condición de la unidad de la naturaleza humana, de la cual es miembro; le toca por ser miembro de ella.
- La respuesta del Antiguo Testamento
Volvemos a la Exhortación. El Papa, en ese punto de su Carta Apostólica, indica que la presencia del sufrimiento humano parece ofuscar la imagen de Dios, sobre todo en ese drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin adecuadas penas. Cuando nosotros sabemos que una persona es culpable, parece que entendemos mejor que Dios le castigue; en cambio, parece que ofusca la imagen de Dios el que algunos que viven en pecado y ofendiendo a Dios no tengan ningún sufrimiento mientras otros inocentes sufren. Es un interrogante que en la Sa-grada Escritura, en los Salmos, se plantea con frecuencia. Los Salmos 36 y 72 hablan de eso: cómo el pecador parece que tiene una vida feliz, que no le falta nada, que disfruta de todo y, en cambio, el justo lo pasa mal, y se pregunta el salmista sobre la aparente injusticia de este fenómeno.
Nosotros podemos dirigirnos a Dios con corazón con-movido y con mente asombrada por esta realidad. Dios no es un déspota. Esto hemos de tenerlo muy claro. A Dios no le molesta que el hombre se acerque ante Él y Ie plantee sus interrogantes, siempre que lo haga con sentido de humildad y docilidad; no con la altanería de quien pide cuentas, sino simplemente de quien humildemente desea conocer algo, pretende una iniciación a ese misterio que le supera. Por eso, cuando nosotros sentimos esa conmoción, ese asombro, podemos dirigirnos a Dios con corazón humilde, contrito y humillado: «Señor, ¿por qué tanto sufrimiento?». «¿Por qué tantos niños que mueren antes de nacer?». Eso no le ofende a Dios. Dios espera la pregunta y la escucha.
- El dolor, prueba por la que brilla la virtud: el Libro de Job
El gran libro del Antiguo Testamento sobre el sentido del dolor es el Libro de Job. Es un libro que merece la pena leer. A veces nos puede resultar un poco largo y pesado, pero es realmente fundamental. Es un libro de enseñanza para nosotros. Se dedican nada menos que 42capítulos al tema del sufrimiento. A algunos les parece demasiado largo, pero con razón decía un comentador que eso es no caer en la cuenta de lo duro que es para el
hombre el problema del dolor, del sufrimiento. El Libro de Job es el libro del interrogante formal del problema del sufrimiento. En otros libros se habla del sufrimiento; aquí se plantea su problema, dando nuevas luces sobre la realidad y sentido del sufrimiento.
La mentalidad humana en general, pero muy particular-mente la mentalidad hebrea, considera que el sufrimiento es castigo del pecado del que sufre. Esta era la idea predominante. Por tanto, el bienestar es bendición de Dios; el sufrimiento, el estado de miseria, la esclavitud, etc., es castigo personal de Dios al que lo padece. Por lo que se presupone en pecado al que lo padece. Esta es la idea. Una idea que puede extenderse mucho, que puede existir también entre nosotros, que tenemos que purificar, porque algo de fundamento tiene. El Papa dice a los Cardenales: El sufrimiento tiene su raíz teológica y antropológica en el pecado». Por consiguiente, hay una relación pecado-sufrimiento. Eso me parece claro. Pero lo característico de la mentalidad hebrea es que la relación se establece entre el sufrimiento y el pecado del que sufre, de él mismo. Tú tienes una enfermedad: es que has pecado. Tú has tenido una desgracia en casa: es porque eras pecador. Es un castigo de Dios. Muchas veces se usa ese término entre nosotros: «Castigo de Dios»; «Dios le ha castigado».
Hoy ha surgido una tendencia contraria. Voy a decir humildemente una impresión mía. En una ciudad española hubo unas inundaciones tremendas el año pasado. A mí me sorprendió mucho que la primera voz que sonó eclesial-mente fuese: «No hay que decir que es castigo de Dios; esto no es castigo de Dios», Mire, usted podrá decir que no sabe si es castigo; usted no debe decir: «Es castigo»; pero creo que mucho menos debe decir «no es castigo»; porque no se excluye que no sea castigo. Yo no tengo argumentos para decir «no es castigo». Tampoco tendría argumentos para decir «es castigo»; pero sí se puede decir a una persona: «Mire, puede usted examinarse».
De todas maneras, un hombre humilde y fiel a Dios, cuando sufre, fácilmente, con verdad, suele decir: lo merezco. Yo no puedo decir que no merezco este sufrimiento. Esta es una reacción humilde y fiel a Dios. Con lo cual no estoy afirmando que es castigo, pero soy consciente de que merezco esto y mucho más, de que yo he sido muy infiel a Dios. Hoy existe una tendencia a excluir que el sufrimiento sea castigo. Esto no es sano y no es conforme a la revelación. Atención, pues.
La mentalidad hebrea es que el sufrimiento es siempre castigo personal del que está sufriendo. Esto es lo que va a corregir el Libro de Job. El Libro de Job es el libro del sufrimiento de un hombre justo, de un hombre inocente, y así es introducido desde el principio. Cuando el demonio recorre la tierra y se presenta ante el trono de Dios, y Dios le dice: «Has visto en la tierra si hay alguno comparable a mi siervo Job?». ¿Hay un hombre tan bueno, tan honesto? Y el demonio contesta: «Es bueno porque no ha sufrido; pero hazle sufrir un poco y verás cómo blasfema de ti”. Entonces Dios le dice: «Pruébalo; tienes permiso, pero no toques a su persona». Empiezan las desgracias de Job en sus posesiones, en sus bienes, en sus hijos, y Job tiene paciencia. Pero luego le dice: «Ahora tócale en su persona, que aún no le has tocado». «Tienes permiso, tócale también en su persona». Y vienen las enfermedades y viene la situación desesperada del dolor y del sufrimiento de Job.
Pero, evidentemente, Job es un hombre justo, y ese hombre justo cae en el sufrimiento y se presenta la gran cuestión: «Job debe haber pecado». Esta es una primera concepción del sufrimiento. «El sufrimiento es justicia». Es una mentalidad que la revelación va a corregir lentamente hasta llegar a la iluminación plena del sufrimiento en la Cruz de Cristo.
Job, que ha caído en esta situación tremenda, en seguida experimenta que la gente le achaca que no era justo. Su misma mujer le dice: «¿Todavía perseveras en tu entereza? Maldice a Dios y muérete». Él le contestó: «Hablas como una estúpida cualquiera. ¿Si aceptamos de Dios el bien, no aceptaremos el mal? En todo esto no pecó Job».
Luego se presentan los tres amigos de Job, que, entera-dos de los males que le habían sobrevenido, llegaron cada uno de su país. Es posible que todo esto sea una construcción literaria. Probablemente el Libro de Job no es sino un relato de instrucción, de enseñanza; diríamos: como una parábola. Vienen, pues, esos amigos, que decidieron ir a condolerse con él y consolarle. «No le reconocieron, se echaron a llorar a gritos, rasgaron sus mantos, luego se sentaron en el suelo junto a él durante siete días y siete noches y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande». Es la primera actitud inicial ante el dolor: compasión, respeto, temor; no se atreven, están acompañándole en silencio. Luego rompen a hablar y viene el primer ciclo de discursos. Todos los discursos de estos amigos giran en torno a esta idea. Job debe haber pecado, puesto que Dios le ha mandado el sufrimiento. Sus amigos le quieren convencer por el camino de la explicación moral del mal y defienden el sentido moral del sufrimiento: «Si tú estás sufriendo, no eras justo». Job, por su parte, tiene conciencia de que era justo, de que servía a Dios. Ellos insisten en que se engaña, porque si le ha venido el sufrimiento, Job no era justo, era pecador.
El punto de referencia son pasajes del Antiguo Testamento que muestran el sufrimiento como pena del pecado. A lo largo de todo el Antiguo Testamento, Dios, que es el Creador de quien viene el bien esencial de la creación, aparece como legislador y juez. La violación libre del orden establecido por Dios es no sólo una transgresión de la ley, sino ofensa al Creador, es pecado en el sentido bíblico y teológico. Esto aparece a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Entonces, el mal moral del pecado corresponde al castigo, que garantiza el orden moral en ese sentido trascendente. Y aquí se formula la verdad fundamental: Dios es justo; el que ofende a Dios la paga. Esta es la concepción en este momento de la revelación. Dios es justo; y el sufrimiento es la expresión de la justicia de Dios. Has violado el orden moral, recibirás el sufrimiento, un castigo que restablece ese orden moral en su sentido trascendente. Los amigos de Job expresan esta convicción de la justificación moral del sufrimiento. Lo vemos muy concretamente en el capítulo 4, en el versículo 8, que dice: «Así lo he visto: los que labran maldad y siembran aflicción, de ellas cosechan». Y éste es el sufrimiento. Esta es una primera visión.
Esto es importante, porque a veces esa idea permanece en el fondo de muchos desalientos. Hay mucha gente que desde el momento en que han caído en la tribulación dicen: Dios ya no me ama, Dios ya no me bendice. Es demasiado frecuente la idea de que bendición de Dios quiere decir bienestar, riqueza, salud. «Vamos a pedir a Dios que nos bendiga». Y conviene recordarles que la bendición de Dios en el Nuevo Testamento se da trazando la Cruz: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y el que recibe la bendición se santigua, la toma encima de sí. Esa es la bendición de Dios. En cambio, a nosotros nos parece que la bendición es librarnos de la Cruz. Y así deseamos que el Señor nos bendiga.
Job rebate la identidad del sufrimiento y castigo en su caso. El no entra en generalizaciones. Pero dice que ése no es su caso. Es consciente de su inocencia y justicia.
Al final, Dios reprocha a los amigos de Job, los reprende, no tienen razón. Y hay un pasaje que es realmente misterioso. El Libro de Job merecería meditarse despacio. No sólo didácticamente introduce en la realidad misteriosa del sufrimiento del inocente, misterio que supera la inteligencia humana, sino que en la conclusión nos muestra una faceta, casi más misteriosa. Después que Dios, categóricamente, afirma que los argumentos de los amigos son falsos y que no tienen razón, sino que es Job el que la tiene, les hace entender que Job tiene que pedir por ellos. Es la cláusula final del epílogo: «Después de hablar a Job de esta manera, Yahveh dijo a Elifar de Temán: Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos porque no habéis hablado con verdad de mí, como mi siervo Job. Así que tomad siete novillos y siete carneros, id donde mi siervo Job y ofreced por vosotros un holocausto. Mi siervo Job intercederá por vosotros, y en atención a él no os castigaré por no haber hablado con verdad de mí, como mi siervo Job» (Job 42,7-8).
Esto es misterioso. Este Job sufriendo, este Job inocente en su dolor, intercede por los que se creían justos, y porque él intercede, a éstos no se les castiga. Aquí hay una prefiguración de Cristo -el Job verdadero, el inocente, crucificado, deshecho y desfigurado como un leproso-, que intercede por los que le acusan, por los que dicen que es castigado por Dios, por los que clamaban blasfemando en el Calvario: «Si él era inocente, si Dios le amaba, que baje de la Cruz». En el fondo del Calvario está este diálogo, entre los enemigos de Cristo y Cristo; y gracias a esa intercesión misteriosa-mi siervo Job intercederá por vosotros, y en atención a él no os castigaré-, en atención a ese inocente en el sufrimiento, se les perdona y son redimidos.
Esta es la gran lección del Libro de Job. Hemos de meditarlo. En la contemplación de Cristo crucificado se superará; todavía llegaremos más adelante. Estamos en los comienzos de la enseñanza de la revelación sobre el sentido del sufrimiento, pero aquí ya se da un paso muy importante. El Libro de Job no desvirtúa los principios de justicia, no los elimina, no dice que Dios no sea justo, que Dios no castigue al pecador. Pero muestra que no pueden aplicarse estos principios de manera exclusiva y superficial: que si yo veo un sufrimiento no puedo deducir que es castigo de esta persona por haber ella pecado; no puedo tomarlo como señal de que esta persona no es grata a Dios, de que ha ofendido a Dios. Lo podríamos expresar con palabras textuales del Papa, que saca esta conclusión: «No es verdad que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa del que lo padece y que tenga carácter formal de castigo.» Esto ya es una luz orientadora. Cuánta gente hay desalentada por creerse abandonados por Dios, dejados de Dios, olvidados por Dios, casi diríamos maldecidos por Dios, porque tienen esa enfermedad o no triunfan en la vida.
La Palabra de Dios en el Libro de Job pone el problema del sufrimiento del inocente Job. Él no ha sido castigado, aunque ha sido sometido a prueba durísima. Y ahí tenemos ya un matiz: el sufrimiento como prueba, camino de prueba. En el Libro de Job aparece Dios permitiendo la prueba por tentación de Satanás. Dios consiente en la prueba; pero consiente para demostrar y hacer resplandecer la justicia de Job. Es decir, el sufrimiento es prueba para que brille la justicia de Job. Es otro aspecto importante. Tenemos ya un sentido interior posible. El sufrimiento no es simple castigo; tiene otras significaciones.
Pero evidentemente el Libro de Job no es la última palabra de la revelación, aunque en cierto modo es ya anuncio de la Pasión de Cristo. Job siempre se ha considerado como tipo de Cristo. Es un anuncio, un preludio, ya contiene lecciones anticipadas de la Pasión del Señor. En este momento de la revelación se ha roto ya la exclusividad del sentido del sufrimiento en cuanto vinculado a la culpa personal. Esta vinculación tiene un cierto fundamento; no cabe duda. Tiene una cierta validez fundamental en cuanto que es real la vinculación entre pecado y sufrimiento en la humanidad. Por una parte, en muchos casos es insatisfactoria-en los casos del justo-; por otra, rebaja y empobrece el concepto de justicia de la revelación. La justicia de la revelación no es simplemente el «ojo por ojo”: “Tú has hecho esta ofensa, vas a sufrir este dolor». Eso sería rebajar el concepto de justicia. Pero todavía no ha brillado la solución plena.
- Valor educativo y constructivo del dolor
En el Antiguo Testamento-dice el Papa-se supera de nuevo la identificación entre dolor y culpa en cuanto comienza a subrayarse también el valor educativo en la pena-sufrimiento. Otro valor nuevo que vamos a ver, otro sentido del sufrimiento. En el Libro de Job se ha roto el esquema; pero, además, ya en el Antiguo Testamento se nos muestra que el sufrimiento tiene valor educativo. Se subraya ese valor, por ejemplo, en el Libro de los Macabeos: los sufrimientos que Dios permite llevan en sí mismos una invitación de misericordia (2 Mac 6,12). Es misericordia de Dios que quiere por esa aflicción madurar a su pueblo. Se afirma ciertamente la dimensión personal de la pena, tiene el sentido de pagar el mal de la transgresión; pero ante todo crea la posibilidad de reconstruir el bien. Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento, que aparece ya en el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo: tiene una dimensión educativa, una dimensión de creación del corazón bueno a través del sufrimiento. El sufrimiento modela, el sufrimiento curte; y el Señor permite el sufrimiento para curtir, para formar el corazón. Debe servir, pues, para la conversión, debe servir para reconstruir el bien en el hombre, que puede reconocer la misericordia divina en esa llamada a la penitencia. Porque estás alejado te envío esos sufrimientos para que vuelvas a mí y para que realices mis planes sobre ti. Una nueva razón de ser del sufrimiento, que tampoco es mero castigo. La penitencia pretende superar el mal y consolidar el bien en uno. Ese bien se consolida en relación consigo mismo, en relación con los demás y en relación con Dios. Es la finalidad de la Penitencia como castigo doloroso.
- La cumbre del Nuevo Testamento: el sufrimiento vencido por el Amor
Pasamos adelante. Ya en el Antiguo Testamento tenemos, pues, estos elementos: el sufrimiento es prueba, es
educación, es invitación de misericordia a reconstruir el bien. Entramos ahora en el valor del sufrimiento en el Nuevo Testamento. Este valor en el Nuevo Testamento lo encabeza el Santo Padre con esta expresión: «El sufrimiento vencido por el amor»; pasa de la justicia al amor. Este Papa -lo podemos constatar a lo largo de todos sus documentos: Redemptor Hominis, Dives in Misericordia, Bula del Año Santo, etc.-, en todas partes y por todos los medios, trata de llevar al hombre de hoy al encuentro con el Amor Misericordioso de Dios. Y aquí lo hace también. La luz para entender el sentido del sufrimiento va a venir del amor. El sufrimiento vencido por el amor, interpretado a la luz del amor.
Para la plena respuesta hay que mirar a la revelación del amor divino, dice el Papa. La plena respuesta del plan de Dios, del sentido del sufrimiento, no la podemos obtener sino fijando nuestra mirada en la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. Todo lo existente ha sido creado por el amor divino. Por tanto, todo lo existente tiene que encontrar su significación última en esa mirada al misterio del amor divino. Y entre eso existente está la realidad del sufrimiento. Por lo que el mismo sufrimiento nunca lo entenderemos sino a la luz de la revelación del misterio del amor divino. Hacia allá tenemos que tender. Y ahí nos va a iluminar. Conforme el Señor se nos revela a sí mismo, nos revela el sentido de todo lo que Él ha hecho. Y para nosotros, por su revelación, Dios no se reduce a ser el Dios justiciero, sino el Dios lleno de amor misericordioso. El sufrimiento va a entrar en este campo de visión, en esta luz, que nos transmitirá la comprensión plena, la respuesta plena al interrogante del sufrimiento.
El amor, dice el Papa, es la fuente más rica del sentido del sufrimiento, la fuente más rica para captar el sufrimiento, el cual es siempre un misterio. Esto lo repite y vuelve a repetir. No creamos que lo vamos a descifrar y que va a resultar para nosotros una cosa evidente. Es un misterio. Pero la fuente más importante para penetrar en ese misterio es el amor. Somos conscientes de la insuficiencia de nuestras explicaciones; no vamos a llegar a demostrarlo y hacerlo plenamente comprensible; pero sí, con la iluminación de la fe, se nos hace muy cercano, parece que intuimos cierto sentido íntimo del sufrimiento.
Cristo nos introduce en el misterio y en el porqué del sufrimiento en cuanto nos hace capaces de comprender la sublimidad del amor divino. En la medida en que nos revela y nos hace entender la sublimidad del amor divino, en esa medida nos introduce en el misterio y en el porqué del sufrimiento. Ahí es donde tiene su clave. En la clave del amor entenderemos el misterio del sufrimiento. Hay que entrar por la espesura del sufrimiento a la comprensión del amor; pero, por la comprensión del amor llegamos a la iluminación del sufrimiento. Nosotros no podemos esperar, para abrazar el sufrimiento, a tener su plena comprensión, sino que de ordinario el Señor no ilumina sobre el misterio del sufrimiento, sino a quien participa en él y en la medida en que participa en él. Hay una interacción mutua. Introducidos a través de la espesura del sufrimiento en la comprensión del amor, vamos siendo iluminados por la línea del amor en la comprensión del misterio de la Cruz.
Ahora bien: hay que abrirse al sujeto humano en sus múltiples potencialidades; hay que ver todo lo que es el hombre. El hombre no es sólo disfrute, es toda una riqueza que se nos ha revelado en Cristo. Sobre todo, hay que acoger la revelación no sólo en cuanto expresa el orden trascendente de la justicia, no sólo en cuanto me dice que el pecado es castigado, sino en cuanto ilumina este orden con el amor como fuente definitiva de lo que existe. Esta respuesta es la que da Dios al hombre en el misterio de Cristo. Cuando se contempla a Cristo, el Hijo de Dios, abrumado por el sufrimiento del hombre, que Él ha tomado libremente por amor al hombre y por su salvación, se descubren horizontes nuevos. El sufrimiento es camino del amor.
Pero, sobre todo, el foco más potente para iluminar todo ese misterio de Cristo paciente y saturado de oprobios es siempre la expresión sencilla y misteriosa de Jesús en el Evangelio de San Juan: «Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo.» El sufrimiento queda impregnado e iluminado por el misterio del amor. El amor que Dios tiene al hombre hundido en el pecado y en la muerte es tal que entrega a su propio Hijo, al Hijo de su infinito amor, al poder del pecado y de la muerte para liberar a través de sus sufrimientos a su hijo pródigo alejado de la casa paterna.
