Simbología del «Corazón» en la Biblia y en la tradición Cristiana (II)

P.Cándido Pozo. S.J.

    El símbolo

 La necesidad de un símbolo

Una teología correcta de la Encarnación puede plantearse desde ángulos muy diversos. Uno de ellos sería, sin duda, el ontológico. Desde él la conexión entre Encarnación y obra redentora resulta siempre patente sea que la redención se explique bajo el concepto de comunión físico-mística o bajo el concepto de satisfacción. En la primera perspectiva se comprende la frase lapidaria de San Ireneo: «Si la carne no tuviera que ser salvada, en modo alguno se hubiera hecho carne el Verbo de Dios». Es una frase que resume la quinta–esencia de su pensamiento sobre «toda la economía de Dios, es decir, el plan de Dios y su unidad. Los elementos esenciales de este plan son la creación, la encarnación y la parusía (y todos los acontecimientos que la acompañan). Se podría decir que la unidad de este plan reposa sobre el hecho de que el mismo Dios es el Creador del mundo y del hombre de carne, y el Padre de Cristo venido en la carne. Este proyecto teológico de Ireneo liga entre ellas la protología, la cristología y la escatología; y el lazo de unión de estas fases de la teología, la palabra-clave, es el término sarx». Ya en toda esta concepción subyace la persuasión — tan viva en Calcedonia — de que no se salvaría lo que no hubiera sido asumido por el Verbo; y la fe en la resurrección de la carne señala la carne como término que ha de ser salvado.

En la perspectiva de la satisfacción (y, por cierto, condigna) se movía San Anselmo, cuando escribía: «la cual no puede hacerla sino Dios, no la debe sino el hombre: [por ello], es necesario que la haga el Dios-hombre». Esta teología presupone no sólo la fe de Calcedonia sobre las dos naturalezas en la unidad de persona divina en Cristo, sino la fe del Concilio III de Constantinopla sobre las dos voluntades; sólo si Cristo tiene una voluntad humana capaz de ofrecerse libremente, puede satisfacer meritoriamente; sólo si esa voluntad es la de la persona divina del Verbo, su satisfacción tiene un valor meritorio infinito. «Nuestra salvación fue querida humana-mente por una persona divina».

Pero la teología de la Encarnación puede también estudiarse en sus repercusiones psicológicas para el hombre. El tema está ampliamente desarrollado por San León Magno en el Tomus ad Flavianum: el Hijo de Dios «siendo invisible en su naturaleza, se ha hecho visible en la nuestra; siendo incomprensible, ha querido ser abarcado; existiendo antes del tiempo, ha comenzado a existir en el tiempo; el Señor de todas las cosas ha adoptado la apariencia de un esclavo ocultando la inmensidad de su majestad; el Dios impasible no ha desdeñado ser un hombre sujeto al dolor, ni someterse, el inmortal, a la ley de la muerte». La Encarnación hace al Verbo audible, visible y tangible por los hombres: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que vimos detenidamente y nuestras manos palparon; acerca del Logos de la Vida — pues la Vida se manifestó, y hemos visto, y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna que existía con el Padre y se nos manifestó —, lo que hemos visto y hemos oído os lo anunciamos también a vosotros, para que compartáis todo con nosotros» (ljnl, lss.).

Ya en el comienzo de la creación, el hombre, en su misma realidad corpórea, había sido hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26). Este sentido de imagen hace comprensibles y fundamenta los frecuentes antropomorfismos con que se habla de Dios o con que Dios habla de sí mismo en la Biblia. Lo corporal humano se hace en ellos símbolo e imagen de las realidades divinas. Lo corporal humano es así, de hecho, el modo de acceso ineludible para entender el mensaje divino que ha sido expresado en términos humano-corporales. De este modo, «en la Encarnación del Logos se consuma lo que ya desde el principio está en marcha en la historia bíblica». Desde entonces nuestro acceso decisivo — también cognoscitivo y afectivo — al Padre se hace por la humanidad de Jesús. Es la conocida tesis de K. Rahner en su bello estudio sobre «La importancia eterna de la humanidad de Jesús para nuestra relación con Dios».

En la línea de revelación de Dios en Cristo hay un punto de suma importancia para un recto planteamiento de la devoción al Corazón de Jesús. La Encarnación nos obliga a superar determinadas concepciones sobre la impasibilidad de Dios que corresponden más al ideal estoico de «apatheia» que a la revelación bíblica de Dios. La consideración de la «apatheia» como una perfección «simpliciter simplex» que, en cuanto tal, haya de darse formalmente en Dios, se hace discutible por el mero hecho de traducir la palabra al Castellano: nadie considerará la «apatia» como una perfección «simpliciter simplex» ni pensará que es un ideal concebir a un Dios «apático». La teología moderna ha planteado, con agudeza, el tema del «dolor» de Dios en el sentido de que no permanece indiferente (apático) a los acontecimientos humanos; «Dios, que nos ama con amor de amistad, quiere que se le responda con amor. Cuando su amor es ofendido, la Sagrada Escritura habla del dolor de Dios, y, por el contrario, si el pecador se convierte a Él, habla de su alegría (cf. Lc 15, 7)». Pero, en el conjunto de esta problemática, creo que hay un punto de vista privilegiado para enfocar el problema y que ese punto se sitúa en el misterio de la Encarnación. No parece que se puedan interpretar determinadas fórmulas dogmáticas, como la famosa «unus de Trinitate passus est», por mera «comunicación de idiomas» sin dar la impresión de reducir el misterio a mero juego nominalista. Sin duda, hay que introducir las matizaciones necesarias para no someter a Dios a una mutabilidad que pasara de la potencia al acto. Pero con la misma claridad debe afirmarse que el Verbo no es indiferente a lo que sucede a una naturaleza humana que es hipostáticamente suya, a lo que sucede a su naturaleza humana. Ello abre perspectivas insondables: por la Encarnación, Dios se ha hecho partícipe de nuestras pasiones (de nuestros sufrimientos). Pero, como apostillaba Orígenes, «cuando oyes hablar de las pasiones de Dios, refiérelo siempre al amor».

En todo caso, quiero señalar la función reveladora que compete a la naturaleza humana de Cristo con respecto a la divinidad, y, de modo especial, con respecto al amor de Dios que ha querido hacerse realmente partícipe de nuestra condición en todo, menos en el pecado (cf. Heb 4,15).