Simbología del «Corazón» en la Biblia y en la tradición Cristiana (III)

P.Cándido Pozo. S.J.

El lenguaje bíblico

En 26 ocasiones se habla en el Antiguo Testamento del «corazón» (leb) de Dios. Se trata, sin duda, de la aplicación a Dios de un término antropomórfico. Pero no creo que con decir esta observación trivial se resuelva nada. Más bien, lo decisivo consiste en que Dios asume para hablar de Sí y en que la Biblia asume para hablar de Dios la imagen humana del «corazón» para expresar con ella, por analogía, una gama de realidades divinas que nosotros entrevemos y entendemos analógicamente gracias a esa imagen.

Dios se aflige y se arrepiente en su corazón de haber creado al hombre (cf. Gén 6, 6). En su corazón decide Dios no enviar más el diluvio (cf. Gén 8, 21). Los proyectos para el futuro son propios del corazón del Señor (cf. Is 63, 4; Sal 33, 11). Dios «pone su corazón en el hombre» en el sentido de que está atento a las vicisitudes de su creatura predilecta (cf. Job 7, 17), y manifestará su benevolencia con el pueblo elegido prometiendo que «su corazón estará siempre» en el templo (cf. 1 Re 9, 3; 2 Cro 7, 16).

Una fórmula especialmente llamativa aparece en Os 11, 8 s., que además queda fuertemente realzada por el contexto34. En él efectivamente se recuerda el amor de Yahveh hacia Israel desde el comienzo de su historia como pueblo («Cuando Israel era joven, lo amé y llamé a mi hijo de Egipto»: v. 1) y la ingratitud con que Israel ha correspondido a su amor («Cuanto más los llamaba, más se apartaban de mi rostro, siguiendo sus caminos»). La reacción primera de Yahveh que se describe, es la respuesta lógica de castigar a su pueblo: «Assur será su rey» (v. 5); «la espada pasará sus ciudades, sus hijos serán exterminados, sus fortalezas arrasadas» (v. 6). Pero hay una repentina ruptura de esta línea: ¿Cómo te abandonaré yo, Efraim? £ Cómo te entregaré a ti, Israel? […] Un vuelco ha dado en mí mi corazón, mi compasión está en ascua viva. No desencadenaré mi ira enardecida, porque soy Dios y no un hombre, en médio de ti soy Santo y no me gusta destruir» (v. 8 s.). El corazón de Dios da un vuelco bajo el impulso de la misericordia.

Quizás los textos del Antiguo Testamento que mayor importancia han tenido en los comienzos de la devoción al Corazón de Jesús, ya que fueron objeto de meditación patrística y medieval, sean algunas frases del Cantar de los Cantares: «Me has robado el corazón, hermana mía, esposa», en labios del Esposo (Cant 4, 9); o la petición de la esposa al Esposo: «Ponme como sello sobre tu corazón…, pues fuerte como la muerte es el amor» (Cant 8, 6). El sumo interés de estos pasajes radica en que la exégesis Cristiana oscilaba en interpretar al Esposo como Dios o, más concretamente, como Cristo. Con ello se comenzaba lentamente a apuntar hacia el mismo Corazón de Jesús, es decir, hacia el corazón humano, el corazón de carne, del Logos hecho hombre.

 El Corazón del Señor en el Nuevo Testamento

El único texto que aplica a Jesús explícitamente la palabra «corazón» (kardía), es Mt 11, 29: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Curiosamente H. Rahner que tanto valoro otros dos textos evangélicos en los que no se habla explícitamente de kardía, restó importancia a este versículo en orden a fundamentar en él una espiritualidad en torno al Corazón del Señor, pensando que en él se habla de «corazón» en un sentido muy traslaticio36. También P. Gaechter pensaba que la añadidura de «corazón» a la palabra griega tapeinós («humilde de corazón») sería una manera de dar a esa palabra (en hebreo shafal) el sentido de humildad y no simplemente de impotencia. En otras ocasiones, se ha considerado a la fórmula «humilde de corazón» prácticamente paralela de expresiones como la que encontramos en la primera de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5, 3). Pneuma en un caso y kardia en el otro serían simples modos de indicar que las actitudes señaladas no son meramente externas, al modo de la piedad de los fariseos, sino realidades interiores. Queda en todo caso que el pasaje se sitúa en una larga tradición bíblica en la que se utiliza la palabra «corazón» para designar la interioridad, tradición bíblica que algo debe tener que decir, incluso a nuestros modos actuales de expresión, en nuestra espiritualidad frente a Jesús. En Mt 11, 29, es esa interioridad, expresada con la palabra «corazón», lo que se señala como punto de referencia para saber qué es lo que hemos de aprender e imitar de Jesús.

Por el contrario, fue mérito de H. Rahner haber dado gran relieve a dos pasajes del Evangelio de San Juan39. El primero es Jn 7, 37 ss.40. En un estudio de la historia de la exégesis de esta perícopa, H. Rahner hizo prevalecer, frente a un modo de puntuar que él mismo llama tradicional (la exégesis hasta entonces más frecuente), otro representado por menos Santos Padres, pero más antiguos y más cercanos al círculo joánico, lo que el mismo H. Rahner llamó exégesis efesina. El problema es bien conocido. La puntuación corriente era: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su seno correrán torrentes de agua viva» (v. 37 s.). Por el contrario, la propuesta por H. Rahner como efesina es: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura, de su seno correrán torrentes de agua viva» (v. 37 s). En el primer caso, los torrentes de agua viva brotarán del seno del creyente; en el segundo, del seno de Jesús.

Además de la historia de la exégesis, a favor de la propuesta de H. Rahner militan la ley del paralelismo hebraico («venir a mí» es paralelo de «creer en mí», como son paralelos «tener sed» y «beber»), e incluso la explicación posterior del mismo Juan, mucho más coherente en la segunda hipótesis que en la primera: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues Jesús no había sido todavía glorificado» (v.39).

Ulteriormente H. Rahner hizo notar que no es posible encontrar una profecía de la Escritura en que se diga que del seno del creyente van a brotar torrentes de agua viva, mientras que el tema del Mesías como fuente de agua viva es conocido en el Antiguo Testamento42. Baste recordar aquí Ez 47, 1-12, donde se describe un gran torrente que brota del templo (del lugar donde se encuentra el Mesías). Por cierto, el torrente se dirige al desierto y a su paso lo árido se convierte en un jardín, en un paraíso: «Y habrá vida doquiera llegue el rio» (v. 9); <Junto al rio crecerá, a una y otra orilla, toda suerte de árboles frutales, cuyo follaje no se marchitará y cuyo fruto no se agotará. Todos los meses traerán frutos nuevos, pues sus aguas brotan del santuario. Y sus frutos servirán de alimento y sus hojas de medicina» (v. 12).

Es verdad que en el texto se dice que los torrentes brotarán del «seno» de Jesús; no se utiliza para designarlo la palabra kardía, sino koilía; pero una retraducción al hebreo nos llevaría a la palabra beten que significa el interior, como centro de vida espiritual, y, en este sentido, el corazón44. De este modo, se señala realmente al Corazón de Jesús, como fuente del Espíritu, el cual, como el torrente de Ez 47, 1-12, puede transformar nuestros corazones y convertirlos de áridos y secos en fructuosos.

Este sentido de la palabra koilía como «corazón» queda confirmado por el pasaje de la lanzada (Jn 19, 31-37). Es innegable que en él se testifica el cumplimiento de la profecía del c. 7, 37 ss. En efecto, llama la atención en la perícopa de la lanzada la insistencia de Juan en el tema del testimonio: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio de que lo ha visto, y su testimonio es verdadero, porque él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 34-37). La insistencia de Juan no es explicable si se tratara de algo fisiológicamente más o menos extraño: el hecho de que del costado abierto brotaran realmente sangre y agua. El testimonio es demasiado solemne para que tenga sentido a no ser que se refiera a una realidad interna de Jesús que comunica el Espíritu a través del sacrificio de su sangre. Ahora cuando en la cruz Jesús ha sido glorificado y gracias al sacrificio — su sangre —, brotan torrentes de agua viva. Pero en el relato no hay duda alguna sobre cuál es concretamente la fuente de la que brotan los torrentes de agua viva. La lanzada que abre el costado, nos lleva al pecho de Jesús, a un órgano en el que la sangre se concentra, al corazón.

La respuesta tendrá que ser, como lo sugiere el v. 37, mirar al traspasado. Ello implica ciertamente una actitud de amor. Pero un análisis del texto véterotestamentario allí aludido, Zac 12, 10, aporta ulteriores matices: «Mirarán al que traspasaron: harán lamentación por cl como se hace lamentación por un hijo único, y le llorarán amarga-mente como se llora amargamente a un primogénito». Aparece así una conciencia de responsabilidad por haberlo traspasado, que conduce al dolor y al deseo de una reparación amorosa.