Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXX)

Por vez primera se celebra la Fiesta del Sagrado Corazón

 

 

            Se trata de una celebración privada, íntima, sin ninguna resonancia exterior. El que la celebra es el P. Hoyos. Nadie lo advierte. Las cosas sucedieron así.

 

Se comprende, después de lo que llevamos relatado, que el corazón del H. Bernardo fuera convirtiéndose cada día más en un ardentísimo volcán de amor a su Divino Dueño. Era mucho lo que había sucedido para que su alma pudiera permanecer estancada un solo minuto. Imposible todo estancamiento. Fervor, fervor creciente, llamaradas continuas que le envuelven y le queman y le abrasan con su dulzura y le agitan y le hacen volar empujándole con su fuerza ascensional hacia la altura del Corazón Sagrado. En cuyo abismo quería vivir. “Ya en nada pensaba -nos dice su biógrafo-, en nada se detenía, en nada hallaba descanso, más que en aquel centro de su amor y su fatiga. Cuantas buenas obras hacía y plegarias elevaba al cielo, había de ser por medio de este Corazón Divino; cuando le favorecía el Señor con sus ordinarias mercedes, todo lo dirigía a procurar el culto del Corazón de su amado Jesús”. El H. Bernardo era por estas fechas un verdadero místico, perdida su nada en el Todo, sumergido con amor inefable en el océano infinito del amor divino. Había pasado el mes de mayo de aquel año de 1733 y ya los calores de junio empezaban a dejarse sentir sobre la vieja y polvorienta ciudad de Valladolid. La festividad del Corpus caía aquel año el día 4. El H. Bernardo celebró esta jornada eucarística hospedando en su pecho al Santísimo Sacramento con toda pureza y devoción y sintiendo en su alma efectos amorosos, violentos y extraordinarios que le arrebataban como por fuerza al Corazón de su amado y amante huésped. El Señor quiso regalarle con nuevas luces sobre la propagación del culto tan deseado y le manifestó que “la solemnidad del Corazón de Jesús llegaría a ser en la Iglesia la más célebre después de la del Corpus”.

 

Su alma se tranquilizaba ante promesas tan vivas en cuyo contenido encontraba la fuerza espiritual suficiente para sentirse seguro de poder vencer todas las dificultades que le salían al paso. Ahora, por lo pronto, a prepararse él en la silenciosa intimidad de su mundo interior para celebrar la dulcísimo fiesta al día siguiente de la Octava del Corpus. Fueron unos días los transcurridos desde el 4 al 12 de junio ambos inclusive en que, según escribe él mismo, “todo ha sido deseos de resarcir el honor de Jesús, todo súplicas al Eterno Padre y a las demás Personas Divinas, todo clamores al Cielo para que se decrete en el consistorio de la Santísima Trinidad la pronta extensión de este culto”.    

 

El 11, fiesta de la Octava, salió el H. Bernardo con sus compañeros de estudios a pasar el día en la casa de campo del Colegio de San Ambrosio, próxima al Convento de los Carmelitas Descalzos. Estaba situado este Convento en lo que hoy llamamos el Carmen extramuros y tenían allí los carmelitas, además del Monasterio, una espaciosa huerta que, andando el tiempo ha venido a ser el actual cementerio de la ciudad de Valladolid. Por ella, a la caída de la tarde, se celebraba una devotísima procesión eucarística.

 

El H. Bernardo juntamente con otro condiscípulo suyo, pidió permiso a los Superiores para asistir a la procesión. Y en efecto, allí estuvo presente aquella tarde, arrodillado más de una hora delante del Santísimo y acompañándole después como uno más de los numerosos fieles que tomaban parte en el cortejo procesional. Durante el acto se le aparecieron las tres Santas a las cuales había venido encomendándose con especial fervor todos aquellos días: Santa Teresa de Jesús, Santa Magdalena de Pazzis y Santa Margarita María de Alacoque.

 

Al día siguiente, viernes, llegó por fin la fecha deseada. En el Colegio de San Ambrosio durante la Misa y a los pies del Señor Sacramentado, se consagró al Corazón de Jesús con la misma fórmula del Beato Claudio de la Colombière. La había escrito en una cuartilla firmada por él con estas palabras: Dilectus et amantissimus discipulus Cordis Sacrosancti  Iesu, Bernardus Franciscus de Hoyos[1]. Todo el día lo pasó en inflamados efectos y largas visitas al Santísimo Sacramento llorando las injurias que contra él se cometen y complaciéndose con la memoria de los solemnísimos cultos que ya se le tributaban en muchas partes de la Cristiandad.

 

Así celebró por ver primera en su vida la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuando en España todavía reinaba en torno a ella un silencio sepulcral.

 

[1] Dilectus et amantissimus discipulus Cordis Sacrosancti  Iesu, Bernardus Franciscus de Hoyos: Estimado y amadísimo discípulo del Corazón Sagrado de Jesús, Bernardo Francisco de Hoyos.

Don Marcelo González Martín.