Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(I)

VIDA

LA PREPARACIÓN (1647-1673)

La niña inocente

Nació Margarita en el pueblecito de Verosvres de la Borgoña (región entonces de España), en el centro de Francia, el 22 de julio de 1647. Su padre era Notario real. Fue su madrina una noble señora, que se la llevó a los cuatro años a su castillo de Corcheval. Se vio rodeada de lujo y de placeres; pero cierta especie de instinto, que Jesús le había dado, de recato virginal, hizo que conservara nítida su inocencia bautismal.

«Único amor mío –nos dirá después ella misma en su Autobiografía–, ¡cuánto os debo por haberme prevenido desde mi más tierna edad, constituyéndoos dueño y posesor de mi corazón, aunque conocíais bien la resistencia que había de haceros! No bien tuve conciencia de mí misma, hicisteis ver a mi alma la fealdad del pecado, que imprimió en mi corazón un horror tal, que la más leve mancha me era un tormento insoportable; y para refrenar la vivacidad de mi infancia, bastaba decirme que era ofensa de Dios; con esto contenía mi ligereza y me retraía de lo que ansiaba ejecutar».

La doncella pura

«Sin saber lo que bacía, me sentía continuamente impulsada a decir estas palabras: Dios mío, os consagro mi pureza y hago voto de perpetua castidad. Un día las dije entre las dos elevaciones de la Santa Misa, que de ordinario oía con las rodillas desnudas en tierra, por frío que hiciese. No comprendía lo que quería decir la palabra voto, ni tampoco esta otra, castidad. Toda mi tendencia era ocultarme en algún bosque, y nada me detenía sino el temor de encontrar hombres en aquel sitio».

Mas no era adusta Margarita. Al contrario, era muy dulce y amable; daba gusto, en cuanto podía, a sus amiguitas y a cuantos la rodeaban. De aquí precisamente le vino algún ligero peligro para su inocencia.

 

«Mas también fui –dice ella– culpable de grandes excesos. Pues una vez, en tiempo de carnaval, estando con otras compañeras me disfracé por vana condescendencia, lo que ha sido objeto de mi dolor y llanto durante toda mi vida; así como también de la falta que cometí usando vanos adornos, por el mismo motivo de complacer a las personas arriba citadas. Dios las ha hecho servir de instrumento de su divina justicia para vengarse de las injurias que le hice pecando».

 

La amada de la Virgen

Pronto se le murió su padre y la llevaron a educar a un Colegio de Clarisas, donde hizo su primera Comunión antes de los nueve años.

«Esta Comunión derramó tanta amargura en todos los infantiles placeres y diversiones, que no podía ya hallar gusto en ninguno, aunque los buscase con ansia. Pero caí en un estado de enfermedad tan deplorable, que pasé como unos cuatro años sin poderme mover. Los huesos me rasgaban la piel por todas partes, y por eso no me dejaron allí (en el Colegio) más que dos años. No pudo hallarse en definitiva otro remedio a mis males que el de consagrarme con voto a la Santísima Virgen, prometiéndole que, si me curaba, sería una de sus hijas. Apenas se hizo este voto, recibí la salud acompañada de una nueva protección de esta Señora, la cual se declaró de tal modo dueña de mi corazón, que, mirándome como suya, me gobernaba como consagrada a Ella, me reprendía mis faltas y me enseñaba a hacer la voluntad de Dios».

Toda para Dios

El natural complaciente de Margarita, su corazón afectuoso, su propensión a la vanidad mujeril, la hubieran sacado del estrecho camino de la virtud, de no habérselo cercado Jesús con las espinas de la tribulación. Era que la quería toda para sí.

«Recobrada –dice– la salud, no pensé ya sino en buscar mi contento en el goce de mi libertad, sin darme gran cuidado el cumplimiento de mi promesa. He aquí cómo pasó: Apenas comencé a gozar de plena salud, me fui tras la vanidad y afecto de las criaturas, halagándome el que la condescendiente ternura que por mí sentían mi madre y mis hermanos me dejara en libertad para algunas ligeras diversiones y para consagrar a ellas todo el tiempo que deseara… Mi madre se había despojado de su autoridad en casa para trasmitirla a otros; y de tal manera la ejercieron, que nunca nos vimos ni ella ni yo en mayor cautividad. Era una guerra continua y todo estaba bajo llave…»

La amante de Jesús

Jesús se sirvió de esto para atraerla hacia sí.

«Desde este tiempo –dice– todos mis afectos se dirigieron a buscar mi completa dicha y consolación en el Santísimo Sacramento del Altar. Pero, hallándome en un pueblo distante de la iglesia, no podía ir a ella sin el permiso de esas personas.

Después de esto pasaba las noches como había pasado el día: vertiendo lágrimas a los pies de mi Crucifijo, el cual me manifestó que quería ser el dueño absoluto de mi corazón. Delante del Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta, que jamás sentía cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin comer ni beber, y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia como un cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No podía quedarme en el fondo de la iglesia; y por confusión que sintiese en mí misma, no dejaba de acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento. No juzgaba felices ni envidiaba sino a las que podían comulgar con frecuencia y tenían la libertad de poder quedarse ante el Señor Sacramentado… Procuraba ganar la amistad de las personas aquéllas, a fin de obtener momentos libres para dedicarlos al Santísimo…»

La joven compasiva

«La más áspera de mis cruces –dice la Santa– era el no poder suavizar las de mi madre, para mí cien veces más duras de soportar que las propias. Pero mi Divino Maestro me consolaba y sustentaba con una conformidad perfecta a su voluntad santísima.»

También era muy compasiva Margarita con los pobres, y más si eran niños. Los socorría, los servía, y aun llegó a besar sus llagas, viendo en ellos la imagen de Jesucristo. Y ¡qué pena le daban, si no conocían a Dios! Se hacía su madre y maestra.

 

El mundo la solicita

¡Pobre joven! Su corazón se convirtió en un campo de encarnizada lucha entre Dios y el mundo.

«El diablo suscitaba muchos buenos partidos, según el mundo, los cuales me asediaban para obligarme a ser infiel al voto que había hecho. Esto atraía mucha gente a casa, con quien me era preciso tratar, lo que me servía de no pequeño suplicio. Por un lado mis parientes, y sobre todo mi madre, me apretaban en este punto.

El demonio se servía de mi ternura y amor filial, representándome incesantemente las lágrimas que mi madre derramaba… Por otra parte, el deseo de ser religiosa y el horror a la impureza no cesaban de importunarme…

Comencé, pues, a mirar al mundo y a componerme para agradarle, procurando divertirme lo más que podía.»

Tuvo, sin embargo, exquisito cuidado en conservar limpia su inocencia. Poco antes de morir hizo confesión general con el P. Rolin, S.I., el cual pensó mandársela escribir «con la esperanza –dijo– de que un día se pudiese conocer la extremada pureza de esta Santa». Sus faltas no pasaban de algunas ligerezas y vanidades.

 

Jesucristo la llama

«Pero Vos, mi Dios –prosigue Margarita–, único testigo de la grandeza y duración del horrible combate trabado en mi alma, me hicisteis conocer que me sería muy duro y difícil luchar contra el poderoso estímulo de vuestro amor… En medio de las reuniones y pasatiempos, me lanzaba (Jesús) flechas tan ardientes, que traspasaban mi corazón de parte a parte y lo consumían, dejándome como transida de dolor… Después de haberle pedido perdón, con el rostro pegado a la tierra, me hacía tomar una ruda y larga disciplina… Pasado esto volvía, como antes, a mis resistencias y vanidades; pero luego, cuando por la tarde me quitaba las malditas libreas de Satanás, quiero decir los vanos adornos, instrumentos de su malicia, se me ponía delante el soberano Maestro, todo desfigurado, cual estaba en su flagelación, dándome acerbas reprensiones: Y bien, ¿querrás gozar de este placer? — Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. — ¿Y querrás ahora disputármelo? En otra ocasión me dijo: –Te he elegido por esposa, y nos prometimos fidelidad cuando hiciste el voto de castidad. Soy Yo quien te movió a hacerlo, antes de que el mundo tuviera parte en tu corazón… Y después te confié al cuidado de mi Santa Madre, para que te formase según mis designios

La Santísima Virgen la ayuda

Efectivamente.

«Ha hecho conmigo las veces de una buena madre y jamás me ha negado su socorro. A ella recurría en mis penas y necesidades; y con tal confianza, que me parecía no tener nada que temer bajo su protección maternal. También hice voto en este tiempo de ayunar todos los sábados, de rezar el oficio de su Inmaculada Concepción, etc. Me reprendió severamente cuando me vio de nuevo dispuesta a sucumbir en la terrible lucha que sostenía en mi interior».

Otro día le dijo la Virgen: –Nada temas; tú serás mi verdadera hija y Yo seré siempre tu buena Madre.

 

Margarita triunfa

La batalla se decidió en favor de su vocación. Un día, después de la Comunión, le dijo claramente el Salvador: –Yo soy el más bello, el más rico, el más poderoso, el más perfecto y cumplido de todos los amantes; ¿cómo quieres romper tu amistad conmigo? Si me eres fiel, no te dejaré jamás, y me haré tu triunfo contra todos tus enemigos. Triunfó, efectivamente, Jesús en Margarita.

«Le dije al Señor que, aun cuando me hubiese de costar mil vidas, no sería otra cosa que religiosa, y me declaré resueltamente a mi familia, suplicando despidieran a todos los pretendientes, por ventajosos que fuesen los partidos que se me presentaran».

¿En qué religión había de ingresar? La propusieron varios Monasterios; pero le parecía que Jesús en ninguno de ellos la quería. Se le mostró, por fin, el de Paray- le-Monial, y entonces se le dilató el corazón de alegría. Lo mismo fue presentarse por primera vez en el locutorio de Paray, que decirle interiormente Jesús: –Aquí es donde te quiero. Quedó tan gozosa, que se adornaba más que nunca y se divertía como nunca lo había hecho.

«Al dar el apetecido adiós al mundo sentía tal gozo y tal firmeza en mi corazón, que estaba como insensible, tanto al cariño como al dolor que me manifestaban todos, especialmente mi madre».

Voló, por fin, al convento, y en él ingresó a los veinticuatro años de edad. Era ya Hija de Santa María, en la Orden de la Visitación.

La elegida por el Divino Corazón

Quería Jesucristo manifestar a la H. Margarita María las riquezas infinitas de su amante Corazón, para que ella nos las manifestase a nosotros. ¿Cómo la preparó para esta altísima misión? Haciendo que su vida entera fuese un tejido de tribulaciones de todas clases: persecuciones, enfermedades, humillaciones, vejaciones del demonio…; y de admirables favores del cielo: consolaciones, revelaciones, dulzuras inefables en el trato íntimo con su Esposo Divino. Con aquéllas purificaba su alma de todo amor propio; con éstas la adornaba para recibir las visitas de su amantísimo Corazón. Y, por supuesto, se dedicó Margarita con todo empeño a ser una perfecta Salesa, por la práctica de todas las virtudes, informada de un amor ardiente y sacrificado al Salvador.

El noviciado

Ávida de oración, pidió a su Maestra que le enseñase el modo de hacerla. «Id –le respondió– a poneros delante de Nuestro Señor como un lienzo delante del pintor». Lo hizo así, y le dio a entender el Divino Maestro que Él quería reproducir en su alma la imagen de su vida terrestre, cuyos rasgos principales serían el amor a Dios y el amor a la cruz.

Transcurridos dos meses de postulantado, que fueron para Margarita meses de exquisitas consolaciones espirituales, tomó el santo hábito el 25 de agosto de 1671. En este día «mi divino Maestro me dio a entender que estábamos en días de nuestros desposorios, los cuales le daban un nuevo imperio sobre mí; que adquiría yo también un doble compromiso de amarle con amor de predilección. En seguida me dio a conocer que, a imitación de los amantes apasionados, no me daría a gustar, durante este tiempo, sino lo que había de más dulce en la suavidad de las caricias de su amor».

Tan grandes fueron éstas, que llegaron a preguntarse las Directoras: ¿encuadra bien en la Visitación este espíritu tan extraordinario? «Se mostraba, sin embargo–declaró después una de sus connovicias–, alegre y extraordinariamente fervorosa, de lo que, advertidas sus Maestras, la probaron más que a las otras con mortificaciones y humillaciones, que sufría sin réplica ni excusa, pero siempre muy diligente, risueña y contenta». No perdía, a todo esto, el gusto de la oración, sino al contrario, lo aumentaba considerablemente, lo que hizo creer que la joven no sería para vivir en la Casa; y a fin de retirarla de este camino, fue sometida a todo linaje de pruebas, sin dar nunca señales de queja. Desde entonces oyó decir la expresada declarante a la Madre Superiora y Maestra de novicias, que la H. Alacoque sería un día santa, habiendo en ella algo extraordinario.

¿Tendrá que salir de la Visitación?

Tembló Margarita con sólo pensarlo. Antes la muerte, se decía. Ora, importuna al Señor y declara la guerra a su propia voluntad y a sus repugnancias naturales. Un caso muy curioso.

Tan terrible era la repugnancia que toda la familia Alacoque tenía al queso, que se estipuló, al entrar Margarita, que jamás se le obligaría a comerlo. Mas Jesús le exigió el sacrificio. Un día le pone la refitolera, por descuido, su ración correspondiente. ¡Rudísima lucha! Quiere, y no puede comerlo durante varias horas de lucha y de lágrimas.

«Comí, en fin –escribió después–, aunque confieso no haber sentido jamás tal repugnancia, la cual volvía a experimentar cada vez que me era preciso volver a la lucha, sin dejar de continuarla durante ocho años aproximadamente». «Su estómago quedó durante todo el día resentido».

Con igual generosidad venció un afecto demasiado sensible a una de sus Hermanas. Era su Maestra la H. Ana Francisca Thouvant, y su Superiora la M. María Jerónima Hersant.

 

La M. María Francisca de Saumaise

Sustituyó en el Superiorato de Paray a la M. Hersant el año 1672, pocos meses antes de terminar Margarita su noviciado. Tenía cincuenta y dos años a su llegada al Monasterio de Paray desde el de Dijon, en donde había ingresado a los quince años. De corazón dulce y humilde, de juicio recto, muy fiel a los ejercicios ordinarios y a la vida común, era la M. de Saumaise la destinada por el Señor para abrir a la fervorosa novicia las puertas de la Visitación y recibir las confidencias de sus admirables revelaciones.

Ya tocaba a su fin el noviciado, cuando le sobrevino una larguísima tribulación. Le fue diferida la profesión. «¿En qué vendría a parar –se decían– la exquisita sencillez de la Orden si se admitiese tan fácilmente a las novicias que caminan por vías extraordinarias? Antes de tomar una determinación irrevocable, ¿no convendría esperar algún tiempo?»

«¡Ay, Señor mío –así se desahogaba la novicia con su Dueño–; ¿acaso seréis Vos la causa de que no me admitan? —Di a tu Superiora –le replica el amabilísimo Jesús–, que nada hay que temer en tu admisión; Yo respondo de ti; si me considera buen pagador, Yo seré fiador tuyo.

Descubrió todo su interior Margarita a su nueva Superiora. Si esto es verdad – responde la prudente M. de Saumaise–, pedid al Señor que os vuelva útil a la Santa Religión por la práctica de todas sus observancias. Muy a gusto, hija mía – dice Él a la Hermana–; te concedo todo eso, pues te volveré más útil a la Religión de lo que ella cree; pero de una manera que nadie conoce sino Yo. En adelante ajustaré mis gracias al espíritu de la Regla, a la voluntad de tus Superioras y a tu flaqueza, de modo que debes tener por sospechoso todo cuanto te aparte del exacto cumplimiento de la Regla, que quiero Yo prefieras a todo lo demás. Cuando tus Superioras te prohíban lo que Yo te hubiere ordenado y tú antepongas la voluntad de éstas a la mía, entonces quedaré complacido. Yo sólo me reservo tu dirección interior y en particular tu corazón, pues habiendo establecido en él el imperio de mi puro amor, jamás lo cederé a otros.

Hace, por fin, la profesión

Fue admitida, por fin, a la profesión, y hubo de entrar en los Ejercicios preparatorios, riente aurora de las extraordinarias manifestaciones del Divino Corazón. Solicitada como «víctima de su Corazón» por Jesucristo, se le ofrece generosamente como tal; su Divino Esposo la favorece con sus regalados coloquios, aun en medio de las carreras que tiene que dar para cuidar de la borriquilla y del asnillo del Monasterio.

En el famoso bosquecillo de avellanos le da a conocer el Señor «las ventajas del padecer, por los conocimientos y luces que me ha procurado de su Pasión».

Experimenta un «rapto de gozo y de deseo» al vislumbrar la gloria eterna; le concede «gozar de su presencia actual y continua». Desde entonces le ve y le siente a su lado mejor que «por sus sentidos corporales», como Amigo, como Esposo, como Padre, como Señor omnipotente, como Juez rigurosísimo. La v iste con el traje blanquísimo de la inocencia al hacer su confesión general. Para ti –le anuncia– no habrá otros placeres sino los que vayan enlazados con la cruz. En fin, «entonces fue cuando su bondad me descubrió la mayor parte de las gracias con que había determinado favorecerme, y sobre todo lo que atañe a su amable Corazón».

Aun le prometió que su llaga sería «su morada actual y perpetua» (V. el cap. IV de la Autobiografía, y el I de los Sentimientos de sus Ejercicios).

¡Con qué misterioso sentido le dijo el celebrante, al recibir la profesión de la endiosada novicia, el 6 de noviembre de 1672, «Jesucristo os iluminará! ¡Id adelante por las sendas del justo como la aurora resplandeciente…»!

Pronto se trocará en el radiante mediodía.

«Yo, vil y miserable criatura –escribió Margarita la tarde de este día memorable–, prometo a mi Dios someterme y sacrificarme a todo lo que pida de mí; inmolando mi corazón al cumplimiento de todo lo que sea de su agrado, sin reserva de otro interés más que su mayor gloria y puro amor, al cual consagro y entrego todo mi ser y todos mis momentos…»

El primer año de profesión

Según la costumbre, permaneció todavía la nueva profesa dos años en el noviciado.

«Me pusieron –escribe– en la enfermería, y sólo Dios puede llegar a conocer lo que allí tuve que sufrir, tanto de parte de mi natural sensible como de las criaturas y del demonio».

Su Divino Guía la embriagó primero, sobre todo durante la oración, con los goces del Tabor, para robustecerla en la subida de la agria pendiente del Calvario. Un día, después de comulgar, se le mostró una cruz inmensa cubierta de flores, cuya extremidad le fue imposible distinguir. Éste es el lecho –le dijo el Divino Esposo– de mis castas esposas, en el que te haré sentir las delicias de mi amor; estas flores caerán poco a poco y sólo quedarán las espinas que bajo ellas están escondidas, a causa de tu flaqueza; pero que te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para sufrir su dolor.

Muy pronto pudo abrazarse Margarita con una cruz, no cubierta de flores, sino mostrando bien al desnudo todas sus asperezas.

 

Amante finísima de Jesús Sacramentado, pasaba todos sus tiempos libres (los domingos y fiestas horas enteras) en su presencia «en profunda adoración, las manos cruzadas y sin hacer movimiento alguno». «Descalza y por un camino de fuego» hubiera andado para recibir a su Dueño Sacramentado.

«Nada quiero sino vuestro amor y vuestra cruz»

¿Te gustaría padecer todas las penas que merecen tus pecados y los de tus Hermanas? (manchas que, aunque ligeras, empañaban el brillo de la perfección religiosa) –le preguntó un día su Divino Maestro–. Todas, todas, Jesús mío – respondió Margarita. Y las padeció terribles, numerosas.

Los regalos se multiplican. Ya le dice Jesús: «Abísmate en mi grandeza y guárdate de salir de ella, porque si sales no volverás a entrar», mientras introduce en su Corazón luminoso el oscuro de Margarita; ya se le coloca en sus brazos en forma de un niñito resplandeciente y le devuelve la voz perdida; ya le da a San Francisco de Asís como su especial guía.

También se multiplican los trabajos. Un día le comunica una partecita de sus terribles angustias en Getsemaní, y la quiere víctima inmolada por algunos pecadores ocultos; otros, la purifica con inexplicables suplicios la presencia, ya de la «santidad de justicia», ya de la «santidad de amor». En medio de tantas alternativas, protesta al Señor la fidelísima religiosa: Nada quiero sino vuestro amor y vuestra cruz, y esto me basta para ser buena religiosa, que es lo que deseo.

Su Dueño la quiere rendidísima a la santa obediencia, sin la cual no es posible complacerme.

Jesucristo ha preparado ya a su evangelista; muy pronto le manifestará el nuevo

Evangelio de amor de su abrasado Corazón.