Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(II)

VIDA

LAS CUATRO PRINCIPALES REVELACIONES (1673-1675)

La aurora de la manifestación

Desde los primeros siglos de la Iglesia, y más o menos expandida, floreció siempre en el jardín de la santa Iglesia la preciosísima devoción; pero ni era tan del dominio público como lo es en nuestros días, ni revestía los caracteres tan precisos de amor y reparación. Nuestra Santa fue su verdadera evangelista, porque, aunque no se apoya la Iglesia precisamente en estas revelaciones para instituir este culto, pero sí lo instituyó de hecho con ocasión de las mismas.

La grandiosa manifestación ha empezado a pergeñarse en el alma de la feliz elegida casi desde su entrada en la Visitación (1671); se ha diseñado en los años de su noviciado y primero de su profesión (1672-1673); aparecerá trazada con mano robusta en los dos sucesivos (1674-1675); se perfeccionará en los diez siguientes (1675-1685); se propagará dentro y fuera de la Visitación en los tres sucesivos (1686-1689); y al abismarse para siempre la Virgen de Paray en el Sacratísimo Corazón (octubre de 1690), se habrá ya manifestado brillantemente a toda la Iglesia.

Mas todavía pasarán largos años hasta que adquiera su máximo esplendor.

A medida que se acerca el feliz momento, favorece Jesús a su sierva con más claras representaciones alegóricas de su amante Corazón; un abismo sin fondo perforado por la flecha del amor, en el cual debe perderse; un manantial de agua viva; un horno de amor, un «libro de la vida, que contiene la ciencia d el amor»; un delicioso vergel.

 

Primera revelación principal (1673)

Es la fiesta del discípulo amado (27 de diciembre de 1673). Está Margarita en el coro bajo, en presencia de su Amor Sacramentado. Él la hace reposar en su divino pecho, donde le descubre «todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su Corazón Sagrado, que siempre le había tenido ocultos hasta entonces, cuando se le abrió por primera vez».

«Mi Divino Corazón –le dice– está tan apasionado de amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndome de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo…» Le pide en seguida su corazón y le introduce en el suyo, «en el que me lo hizo ver como un átomo que se consumía en aquella ardiente hoguera»; se convierte, a su contacto, en llama encendida, lo saca y se lo vuelve a colocar en su pecho «como una llama ardiente en forma de corazón». Este fuego le producirá toda su vida un violento dolor de costado, garantía de la verdad de la aparición. Durante muchos días queda Margarita como embriagada y toda abrasada de amor.

Seguía en su oficio de enfermera. Ahora la destinan sus Superioras al pensionado en calidad de ayudante. Las catorce jóvenes de familias distinguidas que en él se educan, pronto veneran también a su joven maestra como a una verdadera Santa. Continúan, entretanto, los divinos favores. Todos los Primeros Viernes se le presenta el Sagrado Corazón como un sol brillante, cuyos rayos ardorosos caen a plomo sobre su corazón. Parece que todo su ser va a quedar reducido a ceniza.

Segunda revelación principal (1674)

«El Divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más esplendoroso que el sol y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en su parte superior…»

El pensamiento de Jesucristo se va precisando; la devoción a su Sagrado Corazón, que quiere difundir por todo el mundo, es como el último esfuerzo de su amor para abrasar el frío mundo. Será necesario, en la nueva devoción, venerar al Corazón Divino bajo la forma de un corazón de carne; la llaga de la lanza estará bien visible, le rodearán llamas y le ceñirán las espinas, llevando en la parte superior una cruz. Los que honren en público esta santa representación recibirán gracias muy especiales. Margarita deberá llevarla de continuo sobre su corazón. Poco a poco se aclararán estas promesas, y los rasgos, todavía indecisos, de la divina devoción se verán claros y de relieve.

Tercera revelación principal (1674)

«Una vez, entre otras –escribe la vidente–, que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme retirada en mi interior por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, Jesucristo, mi amado Dueño, se presentó delante de mí todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes como cinco soles, y despidiendo de su sagrada Humanidad rayos de luz de todas partes, pero, sobre todo, de su adorable pecho, que parecía un horno encendido; y , habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón, vivo manantial de tales llamas.

Entonces me explicó las inexplicables maravillas de su puro amor, y hasta qué exceso había llegado su amor para con los hombres, de quienes no recibía, sino ingratitudes.»

 

Esta aparición es más brillante, más regia que las precedentes. Amante apasionado, se queja del desamor de los suyos, y, divino mendigo, nos tiende la mano el Señor para solicitar nuestro amor. Estate atenta a mi voz –continúa Jesús, y le dirige varias peticiones:

Primero me recibirás sacramentado, tantas veces cuantas la obediencia quiera permitírtelo.

Comulgarás, además, todos los Primeros Viernes de cada mes.

Todas las noches, del jueves al viernes, haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de sufrir que la muerte. Para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas, te levantarás de once a doce de la noche para postrarte durante una hora conmigo, el rostro en el suelo, tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis Apóstoles, obligándome a echarles en cara el no haber podido velar una hora conmigo; durante esta hora harás lo que yo te enseñaré…»

A todo esto, absorta Margarita en su larga oración, la tienen que hacer volver en sí las Hermanas; la llevan a la Superiora, la M. de Saumaise, y cae, temblorosa y conmovida, de rodillas. La Superiora la mortifica y humilla duramente. Mas ella cumple balbuceando las peticiones del Señor, y se calla. La prudente Superiora da un no tajante a todas ellas. Pero el mismo Jesucristo intervendrá directamente.

 

Enfermedad y curación milagrosa

El divino fuego que la devora la reduce a un estado continuo de fiebre. Margarita se calla, hasta que, «hecha un esqueleto», tiene que dar cuenta a la Superiora. La calentura no cede ante los remedios: sufre la pobre enferma más de sesenta accesos, y muchos creen próxima su partida de esta vida .

El Médico Divino la consuela maravillosamente. Un día se le presentan, en forma de tres jóvenes resplandecientes de luz, vestidas de blanco, las tres Personas de la Santísima Trinidad; otro día, y mientras se lamenta amargamente de no poder levantarse para ir a recibirle, la toca amorosamente Jesucristo y le dice: Levántate y ven a buscarme; y así lo hace sin ninguna dificultad.

La M. de Saumaise quiere abreviar las pruebas. «Si son del Señor esas peticiones que me hace, pídale usted la cure en seguida, y se las concederé». La enferma obedece, y al momento recobra la salud por mediación de su Madre divina:

«Animo, querida hija mía –le dice–; yo te doy la salud de parte de mi Divino Hijo; aún te queda un largo y penoso camino que recorrer».

Tan rápida y difícil curación, no pudo menos de impresionar vivamente a la Superiora y a toda la Comunidad. ¡Cosa admirable! Las miradas de todas se dirigían forzosamente hacia aquella joven profesa (apenas llevaba tres años de comunidad), de «un exterior tan sencillo y una timidez tan señalada», que debería haber pasado inadvertida entre sus Hermanas, de muchas más relevantes cualidades.

 

La condenan por visionaria

¿Qué espíritu es este que guía a esta Hermana tan singular?, se pregunta ansiosa la Madre Superiora; y cree necesario que la examinen varias personas doctas. Los dictámenes fueron unánimes. «Sacudieron la cabeza, miraron a la H. Margarita María como a una visionaria, dieron la orden de obligarla a comer sopa; y el oráculo que pronunciaron fue condenar su gusto por la oración y prohibir a la Hermana y a la Superiora que hicieran caso de estas maravillas, por evidentes que fuesen; y aun se jactaron de la prudente sabiduría de su decisión». ¡Buenos maestros de espíritu!

¡Pobre Hermana! Hace esfuerzos heroicos para obedecer; mas le parece imposible resistir al espíritu que ellos aseguran no es de Dios. Durante largos meses sufre terribles tribulaciones interiores que le sirven para aprender a estribar en solo Dios y a dominar su natural impresionabilidad.

Interviene, por fin, abiertamente el Divino Maestro. Probablemente a fines del 1674, cuando estaba a punto Margarita de ser anegada por la tempestad, le anuncia formalmente: Yo te enviaré a mi siervo. Descúbrete a él por completo y él te dirigirá según mis proyectos. ¿Quién era este feliz elegido?

El P. Claudio de La Colombière, S.I. (1641-1682)

Nacido el 2 de febrero de 1641 en un pueblecito del Delfinado, se hallaba a la sazón en Lyon, practicando el año de tercera probación. Acababa de hacer íntegros los Ejercicios de San Ignacio, y en ellos había perfilado con trazo firme la vida de santo que había de llevar. ¡Trazos admirables de la divina Providencia! Antes de su venida a Paray, a mediados de febrero de 1675, había el P. Claudio hecho brillantemente los estudios elementales, entrando en la Compañía de Jesús a los diecisiete años y, después de seguir los cursos ordinarios de formación espiritual y literaria, y recibidas las sagradas Órdenes a los veintiocho años, y hecha tres años después la tercera probación, el Divino Corazón le había ido formando, lo mismo que a Margarita, para que ambos, estrechamente unidos, fuesen los primeros apóstoles de la nueva devoción .

A los pocos días de llegar a Paray hizo, como Superior de aquella Residencia, una visita de cumplimiento a la Comunidad de la Visitación. Lo mismo fue entrar en el locutorio, que oír Margarita claramente en su interior la divina voz: «Este es el que te envío». Pronto preguntaba él a la Madre Superiora: «¿Quién es esa joven religiosa? Sin duda un alma privilegiada». Se refería el espiritualísimo Padre a la

  1. Alacoque, en la cual había observado un no sé qué de sobrenatural al dirigir una plática a la Comunidad. Sin embargo, ella no se descubre hasta que se lo ordena expresamente su Superiora. Le refiere sencillamente al Padre las maravillas del amor divino que la martirizan; sus virtudes y sus defectos: todo. Nada tiene usted que temer –le asevera formalmente el avisado Padre–; el espíritu de Dios es quien la guía; siga sus movimientos; sea la víctima del Sagrado Corazón.

¡Qué río de paz inundó su corazón! Le añadió prudentísimas reglas de dirección espiritual.

Otras entrevistas con su santo Director la aseguraron y alentaron más y más, despreciando las hablillas que entre personas poco espirituales suscitaban.

¿Cómo no ser santa una unión sellada por el mismo Jesús? Un día, al aproximarse la Santa a la reja del coro para recibir de manos del Padre la sagrada Comunión, se le aparece el Divino Corazón rodeado de llamas; cerca de Él se encuentran otros dos corazones que parecen querer unirse y perderse en el de Jesús. De esta manera –le dice el benignísimo Señor– mi puro amor une estos tres corazones para siempre. ¡Venturosos corazones humanos que se habían de consumir en aquel delicioso fuego del Divino, para trabajar de común acuerdo en manifestar al mundo, frío y descreído, los incendios del amor eterno humanizado en el Corazón del Verbo Encarnado!

Cuarta y última revelación principal. «La Gran Revelación» (1675)

Más; habían de considerarse ambos como «hermanos» y poner en común sus riquezas espirituales. Pero, Señor, ¿no hay una gran desigualdad –le replica Margarita– entre este santo jesuita y vuestra pobrísima esclava? –Las riquezas de mi Corazón suplirán y lo igualarán todo; díselo sin temor. Ya estaba todo divinamente preparado para la más esplendorosa de las cuatro Revelaciones principales, para la Gran Revelación.

Es un día, infraoctava del Corpus, probablemente el 16 de junio de 1675. La H. Margarita María está ante S. D. M. expuesta. De la blanca nube de los accidentes Eucarísticos se destaca radiante Nuestro Señor Jesucristo, le descubre su Divino Corazón, y le dice con acento insinuante y amoroso ademán: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte, sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible, es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan. Por esto te pido que se dedique el Primer Viernes de mes, después de la octava del Santísimo Sacramento, a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando su honor con un acto público de desagravio, a fin de expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que he estado expuesto en los altares. Te prometo, además, que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le den este honor y los que procuren le sea tributado.

–«¿Cómo puedo cumplir estos encargos?» —Dirígete a mi siervo (el P. de La Colombière) y dile de mi parte que haga cuanto pueda para establecer esta devoción y complacer así a mi Corazón divino; que no se desanime a causa de las dificultades que se le presenten y que no le han de faltar; pero debe saber que es omnipotente aquel que desconfía enteramente de sí mismo para confiar únicamente en Mí. ¡Estupenda revelación! (V. Autobiografía, cap. VII).

La primera Fiesta del Amor

Ella fue el fundamento histórico de la instauración en la Santa Iglesia de la preciosísima devoción que hoy gustamos agradecidos; ella es el epítome doctrinal de la misma; ella abre una nueva Era en la Religión católica: la Religión del amor.

«Es, sin contradicción (ha escrito Mons. Bougaud), la más importante de las revelaciones que han ilustrado la Santa Iglesia, después de las de la Encarnación y de la Sagrada Eucaristía. Es la mayor efusión de luz después de Pentecostés» .

Pocos días después, el 21 de junio, fiesta de San Luis Gonzaga, el día mismo pedido por Jesucristo (viernes siguiente a la octava del Corpus), se consagraban fervorosamente al Divino Corazón el Director santo y su santa dirigida. Era la primera «Fiesta del Amor», la primera fiesta íntima en que se honraba al Sagrado Corazón de Jesús, según las enseñanzas de Éste a su Santa evangelista. Sin embargo, durante quince años serán contrastadas éstas y las otras importantísimas Revelaciones en el Monasterio de Paray-le-Monial, y durante un siglo en la Iglesia de Dios. Así aparecerá más divino el origen del suavísimo culto del Corazón de Jesucristo.