Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(III)

VIDA

LA CONTRADICCIÓN (1675-1685)

Dolorosa separación

Mucho lo fue para la apóstol del Divino Corazón la de aquel varón santo, a quien el mismo Jesús había llamado su «siervo fiel y perfecto amigo». Poco más de un año después de la Revelación le enviaron los Superiores a Londres como predicador de la Duquesa de York, futura Reina de Inglaterra. Mucho bien había hecho en Paray, sobre todo en el Monasterio de la Visitación. ¡Gran pena también para el P. de La Colombière!, despedirse de la H. Margarita, a la que «yo mismo consulté en lo que me atañe, y sigo sus consejos». ¡Gran pena también para ella, tan agradecida!

Al despedirse le dio ésta un billete para su gobierno en su nueva y difícil misión«lleno de casi tantos misterios como palabras». Al fin, como inspirada por el Señor. Más adelante le envió a Inglaterra otros billetes parecidos. Ya en la antigua

«Isla de los santos», se dedicó a esparcir abundantemente el P. de La Colombière, de palabra y por escrito, la preciosa semilla de la nueva devoción .

Los dos cuadros

Mientras tanto se deslizaba en Paray la vida de la H. Margarita entre consolaciones dulcísimas y espantosas tribulaciones.

«Una vez se me presentó Jesucristo llevando en una mano el cuadro de una vida, la más dichosa que se puede uno imaginar para una religiosa, llena de paz, abundando de consolaciones interiores y exteriores y gozando de salud perfecta, al par que del aplauso y estima de las criaturas… En la otra, otro cuadro representando una vida sumamente pobre y abyecta, siempre sacrificada…; y presentándome los dos cuadros me dijo: Escoge, hija mía, el que más te agrade; cualquiera que elijas, te haré las mismas gracias.

Yo me prosterné a sus pies para adorarle y le dije: Oh Señor mío, nada quiero sino a Vos y la elección que hagáis por mí. Y como Él insistiese mucho en que escogiera yo, le repuse: Vos solo me bastáis, ¡oh Dios mío! Haced de mí lo que más gloria os dé. Con tal que Vos estéis contento me basta. Entonces me dijo que había escogido la mejor parte, como Magdalena, y que no me sería

quitada, puesto que era mi herencia. Y presentándome el cuadro de la crucifixión: He aquí –me dijo– lo que Yo escogí y más me agrada, tanto para el cumplimiento de mis designios como para volverte como Yo soy.

Acepté, pues, este cuadro besando la mano que me lo presentaba, y aunque la naturaleza se estremeció, lo abracé con todo el afecto de que es capaz mi corazón…»

¡Cuán terribles fueron estos padecimientos!

Víctima de la Justicia divina

Alcanzaron su momento álgido la víspera de la Presentación de 1677. La regalada Esposa del Divino Corazón sintió traspasadas sus carnes por el agudo cuchillo de la Justicia divina, que la había escogido (lo vimos antes) como víctima por algunas faltas de observancia en aquella Casa. Y tuvo que anunciarlo ella misma públicamente en una reunión de la Comunidad, y padecer indecibles desprecios y humillaciones que la dejaron medio muerta. Nos lo cuenta largamente en su Autobiografía, con admirable delicadeza y caridad.

Al día siguiente, que lo era de renovación de Votos de todas las religiosas, se le mostró otra vez Jesús con rostro benigno.

En adelante no había de tener vida más que para promover los intereses de su amantísimo Corazón. Y sobre toda ella había de proyectar sus tristes sombras el cuadro de la Crucifixión que antes dijimos. Sombras de dolores corporales; sombras de tribulaciones espirituales; sombras de heroicas victorias sobre su naturaleza delicada, que alguna vez pasaron de la raya de la prudencia. De nuevo la curó repentinamente el Médico Divino, movido por la súplica que ella le hizo obligada por la M. de Saumaise. Pero le dio a entender muy claramente que si le devolvía la salud era para prepararla a nuevos combates e inmolarla con nuevos suplicios.

A mediados de 1678, y terminado su Superiorato, dejaba para siempre la M. de Saumaise la Casa de Paray. El Sagrado Corazón la había escogido para que ayudase en sus penosos comienzos a su apóstol y víctima. Siempre fueron ambas buenas amigas en el Divino Corazón, cuya mayor gloria únicamente anhelaban.

La R. M. Petronila Rosalía Greyfié (1678-1679)

Sucedió en el Superiorato a la M. de Saumaise. «La había escogido el Señor –dice el P. Hamón– para poner a prueba, todavía más, a Santa Margarita María y formar de ella un juicio definitivo. Nadie la conoció como ella, sin exceptuar a la M. de Saumaise; nadie, quizás, le tuvo más cariño y nadie, en fin, la trató con más rigor en ciertas ocasiones».

Nada amiga la nueva Superiora de las vías extraordinarias, obligó a la Santa a consultar de nuevo con algunos Directores espirituales. No le sirvió más que para perder la paz interior. Más; le prohibió formalmente el ejercicio de la Hora Santa, expresamente pedido por el Divino Corazón, sin atender a las humildes manifestaciones de la Hermana, temerosa de la ira de Dios por la tal prohibición. No tardó mucho en descargar.

Una joven religiosa, de muy bellas prendas, murió en pocos días víctima de un flujo de sangre. ¿No era bien patente el castigo de S. D. M.? En seguida revocó la prohibición.

Seguía, entretanto, germinando en el corazón de Margarita el fecundo germen de la gran devoción en él depositado tres años antes, cuando recibió de Él otro favor en su Retiro de 1678. Como se quejase ella a su Divino Esposo de los muchos consuelos con que la regalaba, y que no era poderosa para resistir: Come y bebe

–le replicó Él– en la mesa de mis delicias para reparar tus fuerzas, a fin de que camines animosamente, puesto que el camino que has de recorrer es largo y penoso y habrás de tomar con frecuencia aliento y descanso en mi Corazón, que para esto te estará siempre abierto. Quiero que tu corazón sea para mí –añadió el benignísimo Jesús– un refugio en el que me retiraré para recrearme cuando los pecadores me persigan y me rechacen de los suyos.

Mutua donación

Quedó, pues, confirmada la Virgen de Paray en su oficio de víctima. A demás, ella sería toda entera para el Corazón de Jesucristo; pero, a su vez, el Corazón de Jesús sería todo para ella. ¡Felicísimo cambio! Y formalizado con un testamento muy original, en el cual había de actuar de notario la Superiora… Mi H. Margarita María declara que se desprende de todo libre y absolutamente, excepto de la voluntad de estar por siempre unida al Divino Corazón de Jesús y amarle puramente por amor del mismo. En fe de lo cual, ella y yo firmamos este papel. Escrito el último día de diciembre de 1678. H. Petronila Rosalía Greyfié, actual Superiora… H. Margarita María, discípula del Divino Corazón del adorable Jesús.

Al día siguiente le daba a leer Jesús, escrita en su Divino Corazón, la donación que Él, a su vez, le hacía de todos sus tesoros. Ella la transcribió con sangre de sus venas: Yo te constituyo heredera de mi Corazón y de todos sus tesoros en el tiempo y en la eternidad, permitiéndote usar de ellos según tus deseos; te prometo que no dejaré de socorrerte sino cuando mi Corazón carezca de poder; tú serás para siempre su discípula muy amada, el juguete de su beneplácito y el holocausto de sus deseos; y Él será el único regocijo de tus deseos que reparará y suplirá tus defectos y desempeñará tus obligaciones. Arrebatada de amor, se grabó sobre su corazón, con un cortaplumas, el nombre sacrosanto de JESÚS.

No quedó, con todo, la desconfiada Superiora libre de todo prejuicio contra su obedientísima súbdita. ¡Cosas de santos! Ésta la amaba con especial amor, porque la sustentaba, decía, «con el delicioso pan de la mortificación y humillación».

 

Vuelve el P. de La Colombière a Paray

El Divino Corazón premió a su «fiel siervo» los servicios hechos en Inglaterra con verse envuelto en un proceso, encarcelado y expulsado de la nación a fines de 1678. Dos meses después pasaba diez días en la ciudad de la Gran Revelación.

¡Qué cordial entrevista entre los dos apóstoles! «Tuve mucho consuelo –escribía el Padre a la M. de Saumaise– en esta visita; la hallé sumamente humilde y sumisa, en un profundo amor a la cruz y a los desprecios, señales de bondad del espíritu que la guiaba, que nunca engañaron a nadie».

De mucho provecho fueron para ella estos días. Oigamos a la desconfiada M. Glreyfié. A una Hermana que le preguntaba sobre el particular, respondió: «No son artículos de fe las gracias concedidas a Margarita; no obstante, os diré que, para salir de la confusión en que me hallaba, hablé con el P. de La Colombière, el cual, como sabéis, es un santo, y me dijo que, según todos los visos, lo que pasaba a la referida Hermana era de Dios…» No dejó por esto la Superiora de probarla fuertemente, aunque le demostraba cariño maternal en las múltiples tribulaciones que le sobrevinieron. Tentaciones vehementes de desesperación, amargas tristezas que sólo cedían a los pies de Jesús Sacramentado, vejaciones del enemigo, en especial las agudísimas hambres que le hacía experimentar con intensas tentaciones de gula. ¿Cómo las superaba la Santa? Como los santos: pasando hasta cincuenta días sin probar gota de agua. Se abstenía, además, de beber en las mañanas de los viernes, no obstante «la necesidad que experimentaba de beber a menudo grandes vasos de agua para refrescarse»; y cuando había de beber por obediencia, se servía del agua en que se había lavado la vajilla y aun, en una ocasión, del agua de lejía. Durante varios años la acosaron varias enfermedades y el dolor del costado, que no la dejaba desde la época de las grandes revelaciones.

El nombre de Jesús grabado en el pecho

Empezaban a borrarse los trazos de la inscripción hecha el año antes, y Margarita los rehízo con la llama de una bujía. El dolor fue terrible, y las llagas que se le formaron tan profundas, que no tuvo más remedio que contárselo todo a su Superiora. «Hay que examinarle la herida para curársela», le ordenó.

Oh único amor mío –se quejó ella a su Dueño–, ¿Permitiréis que otras vean el mal que yo me he hecho por vuestro amor? ¿No sois harto poderoso para curar Vos que sois el soberano remedio de todos los males?

El Divino Maestro tuvo compasión de su discípula. Al día siguiente estaba completamente curada.

No le fue posible comunicárselo a la Superiora, y ésta dio muy de mañana a la enfermera el encargo de examinar las heridas. Creyó de buena fe Margarita que no la obligaba ya tal obediencia una vez curada, y dio cuenta, como siempre, de todo a la M. Greyfié. La reprensión fue terrible, y el castigo el más duro para la enamorada de Jesucristo: privarse de la Comunión y, además, haber de enseñar las llagas a la enfermera. Ésta testificó que habían desaparecido por completo y había quedado tan sólo el nombre de JESÚS bien marcado, escrito en grandes caracteres, como los que pintan con moldes en los libros gruesos.

Más severo todavía fue su Maestro Divino, a quien le causa horror, decía Margarita, «la más ligera falta de obediencia en el alma religiosa». Había de pasar los cinco primeros días de retiro a los pies del Señor llorando su falta, y borrársele del todo el nombre de su Amado, tan costosamente grabado.

Primer grito de amor apostólico

Lo exhaló gozosa la Santa evangelista al escribir a la M. de Soudeilles, antigua Superiora y actualmente Maestra de novicias de la Visitación de Moulins. Enterada por su nueva Superiora, la M. de Saumaise, de las cosas extraordinarias de Santa Margarita, le escribió, y ésta le contestó en términos muy corteses y le insinuaba con palabras veladas por la discreción la nueva devoción al amantísimo Corazón. «Pido al Sagrado Corazón de Jesús que consuma los nuestros en los ardores de su santo amor… Dios es tan bueno, que nos deja nos apropiemos el tesoro de los verdaderos pobres, que es el Corazón de Jesús. Ahí tenéis, mi querida Hermana, una verdadera sociedad y nuestra deliciosa morada: este Corazón adorable…» Era la primera expansión apostólica, fuera de los muros de Paray, del amor al amantísimo Corazón.

Intervenciones sobrenaturales

Por el mes de junio de 1680 tuvo que guardar cama la H. Margarita, enferma de gravedad. Se llega la fiesta del Corpus y se abrasa en deseos de levantarse para bajar al coro y recibir el Pan de vida. Se lo concede la Madre Superiora; pero le añade con imperioso mandato: «Llévese en seguida la ropa de la cama a su celda y su cubierto al refectorio, y siga puntualmente en todo a la Comunidad. Durante cinco meses ni tomará medicina alguna, ni pondrá los pies en la enfermería». L a Santa recibe la orden de rodillas, las manos cruzadas, el ánimo tranquilo, y obedece… Añade la M. Greyfié, por escrito: «Yo… le mando por orden de santa obediencia pida la salud a Nuestro Señor a fin de poder practicar asiduamente los ejercicios de la santa Regla, hasta la Presentación de Nuestra Señora de este año de 1680».

Una Madre y dos Hermanas (precisamente las enfermeras) afirmaron más tarde, con juramento, que la salud de la H. Margarita fue perfecta del 20 de junio al 21 de noviembre, durante los cinco meses íntegros fijados por la Madre Superiora. Ésta quedó satisfecha de la prueba. ¡Divina puntualidad! Lo mismo fue aceptar Jesucristo, el día de la Presentación, la renovación de los Votos de su Esposa, que devolverle, como un insigne favor, todos sus achaques. Tiene que volverse de nuevo a la enfermería. «Deberíais mandarle –dice graciosamente otra Hermana a la Superiora– que no pusiese jamás los pies en la enfermería por dos años». «No

–respondió ésta–; estos cinco meses me bastan para ver que el camino por donde anda esta Hermana es de Dios».

Otra intervención divina más adelante: Tenía que entrar en los ejercicios anuales: pero ¿cómo, si se hallaba en la enfermería, abrasada por la calentura? «Id, hija mía –le dice la Superiora–; os encomiendo al cuidado de Nuestro Señor Jesucristo; que Él os dirija, gobierne y cure según su voluntad». Ella se dirige feliz a su celda, transida de dolor y tiritando de frío, se echa en el suelo y se entrega por completo en manos de su Divino Esposo. Pero Él se le presenta, en seguida y la hace levantar con mil señales de amor. Quiero –le añade– volverte con salud a la que te ha enviado enferma y puesto en mis manos. Y queda tan sana y vigorosa, como si nunca hubiera estado enferma.

Siempre la cruz y la corona de espinas

Principalmente en tiempo de carnaval. Se le presentó una vez «delante de ella cargado con una cruz, cubierto de llagas y de sangre, y le dijo con voz dolorosamente triste: ¿No habrá quien tenga piedad de mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores, sobre todo en este tiempo?» La Santa se le ofreció, y el Salvador colocó sobre sus hombros su pesada cruz toda erizada de espinas y clavos. «Oh maldito pecado – exclamaba después la seráfica amante–, ¡qué detestable eres por la injuria que haces a mi soberano Bien!»

Una cruel enfermedad le hizo sentir muy pronto lo desgarrador de aquellos clavos.

Otra vez, al acercarse a la sagrada mesa, le pareció la sagrada hostia resplandeciente como un sol, y distinguió al Señor (en medio de esta luz) llevando en la mano una corona de espinas. Al dar gracias, se la puso en la cabeza, diciéndole: Recibe, hija mía, esta corona en señal de la que se te dará pronto por tu conformidad conmigo. Un día, siendo la Santa Maestra de las pensionistas, y en ocasión de estar sacando agua del pozo del patio, recibió tan fuerte golpe en la cara, que se le saltaron de la mandíbula algunos dientes y quedó colgando, desprendido de lo interior, un pedazo de carne. Ella misma se lo cortó, impasible, con unas tijeras ordinarias. ¡Qué dolores tan horrorosos se le siguieron! Sin contar los ordinarios de fuertes neuralgias, largos insomnios y otras dolencias que le causaron tal debilidad, que exclamaba, temerosa de no poderla terminar al empezar cada distribución: «Oh Dios mío, hacedme la gracia de poder llegar hasta el fin».

 

«Quiere aquí el sacrificio de vuestra vida»

A mediados de abril de 1681 fue el Beato Claudio a Paray mandado por los médicos en busca de la salud que le negaban otros climas. Varias veces, ¿cómo no?, se comunicaron de palabra, y muchas veces por escrito, los ardores de sus almas «fraternales» y sus proyectos apostólicos en favor del Sagrado Corazón.

El mal, lejos de ceder, se agravó y puso al siervo de Dios al borde del sepulcro. Está ya todo preparado para ir a otros climas; se lo avisa a su Santa dirigida, y ésta declara expresamente que, si le es posible, sin desobedecer la orden de sus Superiores, no debe salir el Padre de Paray. Y le en vía este billete: Él me ha dicho que quiere aquí el sacrificio de vuestra vida. Tan categórica afirmación deshizo todos los preparativos de viaje.

Efectivamente: el Divino Corazón llamó a Sí a su primer apóstol, desde muy cerca de la cuna de la preciosísima devoción, al atardecer del 15 de febrero del año siguiente, 1682. A la mañana siguiente escribía la H. Margarita a una persona muy devota del querido difunto: Cesad en vuestra aflicción. Invocadle. Nada temáis; más poder tiene ahora que nunca para socorrernos. Y poco después afirmaba, sencilla pero resueltamente, a su Madre Superiora, que se admiraba de que no le pidiese oraciones y mortificaciones extraordinarias por su eterno descanso: Mi querida Madre: no tiene necesidad de oraciones, porque se halla en estado de poder rogar a Dios por nosotras, puesto que está en el cielo por la bondad y misericordia del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; sólo por algunos descuidos en el ejercicio del divino amor quedó privada su alma de ver a Dios desde su salida del cuerpo hasta el momento en que éste fue depositado en el sepulcro. Ocho años después había de seguir Margarita a su santo Director.

Las noches del Jueves Santo

Fueron muy relevantes en la vida de la admirable virgen. «En los Jueves Santos – declaró un testigo del proceso–, y muchos antes de su muerte, pasó desde las siete de la tarde hasta las siete de la mañana del día siguiente de rodillas en un mismo sitio, sin toser y sin moverse». «Durante este tiempo –afirmaba ella misma– ni siquiera sé si tengo cuerpo, y los padecimientos de Nuestro Señor me impresionan tanto, que no pienso en otra cosa». Semejante abstracción cesaba como automáticamente a la voz de la obediencia.

Hacia medianoche le avisan un Jueves Santo: Hermana: nuestra Madre os manda que vayáis a calentaros. Al momento se levanta, hace la genuflexión, se retira durante un cuarto de hora y vuelve luego a su sitio, donde toma la misma postura, inmóvil como un mármol. —Pero ¿qué es lo que hace usted en todo ese tiempo?, le pregunta su Superiora. —Nuestro Señor me hace participante de la agonía del huerto de los Olivos, y es el dolor tan penetrante a veces, que momentos hay en que parece que voy a expirar. Estas y otras semejantes oraciones y penitencias las ofrecía por los pecadores y por «sus buenas amigas», las almas del Purgatorio.

Durante el Jubileo de 1682 Margarita María, requerida por el Señor, airado contra su pueblo, se le ofrece como víctima, expiatoria. Al año siguiente, Sobieski rechazaba a los turcos de los muros de Viena, uno de los fines del Jubileo. El héroe polaco atribuye al Dios de los Ejércitos la resonante victoria. ¿No se movería a misericordia, principalmente, por las fervientes oraciones y ásperas penitencias de Santa Margarita María de Alacoque?

Enfermedades y curaciones

En esto cayó enferma la Madre Superiora, y tuvo que prohibir a Margarita pidiese otra vez, como lo había hecho en otra ocasión y conseguido, que el Señor le traspasase las dolencias de su querida M. Greyfié.

Restablecida ésta, les toca el turno a las Hermanas enfermeras y otra vez Margarita, que cae también enferma, y de gravedad. Se agrava, y a fines de septiembre se teme por su vida.

«Os mando –le escribe la Superiora–, en virtud de santa obediencia, pidáis a Dios me dé a conocer si lo que acontece y ha acontecido en vos es de su espíritu y moción o de la naturaleza, y que por señal de que todo es de Dios suspenda vuestras dolencias corporales sólo por espacio de cinco meses, sin que tengáis necesidad de remedios durante el citado tiempo ni dejar los quehaceres ordinarios de la Regla. Pero si no es Dios, sino la naturaleza, os deje, según costumbre, tan pronto de un modo como de otro. Así estaremos seguras de la verdad». Más audaz que nunca la todavía desconfiada Superiora manda a su obediente súbdita que recabe de su Dueño la perfecta curación, no precisamente en señal del poder de sus oraciones (como dos años antes), sino de la realidad de la acción divina en sus caminos asaz extraordinarios.

Ya estaba enterada Margarita por Él de la singular exigencia que le iba a intimar su Madre Superiora. Sale inmediatamente de la enfermería, se dirige al coro y presenta el billete al Señor, en ocasión en que se estaba celebrando una misa: Te prometo –le dice Jesús– que en prueba del buen espíritu que te guía, yo te hubiera concedido tantos años de salud como meses me ha pedido y aun todas las demás seguridades que hubiera podido solicitar de mí.

Llega el momento de la elevación y se siente libre de todas sus dolencias, «de la misma manera que si se la hubiera despojado de una vestidura, quedando ésta suspendida de una percha».

Y goza, efectivamente, durante los cinco meses pedidos, de una salud perfecta. No deja por esto su «Esposo de sangre» de suministrarle con larga mano el pan del dolor que tanto ella ansiaba. La santidad de justicia pesa sobre la H. Margarita y la hace sufrir indecibles torturas.

«Me hallo –escribe a la M. de Saumaise– casi como una persona en la agonía a quien arrastran con cuerdas a los lugares adonde tiene que ir a practicar nuestros ejercicios…; todas mis penas se imprimen en mí tan vivamente, que penetran hasta la médula de mis huesos».

Bebe, con su Divino Maestro, abundantemente el cáliz amarguísimo de Getsemaní.

 

Sus «queridas amigas»

Es un aspecto muy curioso de la vida de la Virgen de Paray, sus relaciones con las almas del Purgatorio. Como a sus «queridas amigas» las trataba. Su Divino Dueño les había hecho donación de su sierva durante el año 1683; debía hacerlo y sufrirlo todo por su rescate. Ellas se le aparecían, le demandaban angustiosamente sus sufragios, le explicaban la causa de sus terribles tormentos. Margarita participaba de ellos, se compadecía amargamente, oraba y practicaba duras penitencias para conseguir su liberación. Entonces acudían gozosas a darle las gracias y prometerle su protección ante el trono de S. D. M. Su vida cuenta casos muy notables que no caben en esta biografía. Vaya uno como muestra.

Un día está ante Jesús Sacramentado; de repente se le presenta una persona rodeada de llamas por todas partes. Es la de un religioso benedictino que la había confesado una vez en Paray y le había dicho que comulgase. «Os ruego –le suplica– me apliquéis por espacio de tres meses los méritos de todas vuestras obras y oraciones. Sufro tan terriblemente por el demasiado apego que tuve a mi reputación, mi poca caridad algunas veces con mis hermanos, y alguna torcida intención en mis prácticas de devoción y en mis relaciones con las criaturas…». Todo se lo promete Margarita. Durante estos tres meses permanece aquella alma cerca de su víctima voluntaria y la hace participar de los efectos del fuego purificador. El dolor intensísimo la hace llorar casi continuamente. Al cabo de los tres meses convenidos, se le aparece de nuevo resplandeciente de gloria, y le ve subir al cielo Margarita después de darle las gracias y prometerle será su protector delante de Dios.

 

Divina puntualidad

A todo esto, expiraba, el 20 de mayo, el plazo de los cinco meses de salud exigido por la M. Greyfié. Al día siguiente, otra vez la derriban las enfermedades en una cama de la enfermería. ¿Qué piensa de esto la exigente Superiora?

«Hoy, 25 de mayo –escribe–, declaro que he notado en vos una salud tal como os encargué la pidieseis a Dios, y por esta señal manifiesta tengo que estar persuadida de que la bondad y misericordia incomprensibles del Corazón Sagrado de Jesús es el autor de lo que ha pasado y pasa en vuestra alma hasta hoy. Así quiero creerlo; pero os mando de nuevo roguéis a Dios Padre por mediación de Nuestro Señor Jesucristo, que, por su amor y también para quedar yo libre de toda duda, os deje gozar de salud hasta completar el año de esta primera obediencia. Pasado éste, os entrego a todo cuanto quiera hacer de vuestro cuerpo; pero necesito de todo este tiempo para quedar enteramente segura».

¿No era esto tentar a Dios?

Afortunadamente, todo redundó en mayor gloria del Señor al presentar todas las credenciales solicitadas en favor del buen espíritu de su Esposa. Ésta goza otra vez de perfecta salud hasta el último día del año.

No obstante lo dicho, la M. Greyfié admiraba la virtud de su hija, y como hija muy querida la trataba; ¿cómo no? «Venid –le contesta su Superiora en ocasión de estar muy atribulada–; venid no sólo tres veces al día, sino seis, si así os place… Adiós, pobre hija mía, buenas noches; dormid bien y poneos debajo de la solicitud del Sagrado Corazón del Salvador; os bendiga Él. Amén». Y en otra ocasión: «No lo dudéis; estad segura de mi amistad; os amo sinceramente como a verdadera y querida hija mía». Con todo, jamás pronunció un juicio firme sobre las revelaciones de la Santa. «Supongo –es lo más que dijo– que el caso de lo que en vos pasa es de Dios». Pero le añadía: «Os humillaré con gusto en ciertos casos, porque tenéis necesidad de esta ayuda y es caridad dárosla, y así lo hago, deseosa como estoy del bien de vuestra alma».

Sus tres ardientes deseos

Desde mucho tiempo atrás la atormentaban «a guisa de tiranos que la hacían padecer cruel martirio»:

Deseo de amar a Dios y de comulgar: hubiera querido transformar en llamas ardientes todo lo que se presentaba a su vista.

Deseo de padecer, consecuencia del deseo de amar. Sentía una necesidad continua y urgente, a pesar de las repugnancias de su naturaleza impresionable y delicada, de padecer hasta la muerte, de dar su vida, puesto que ya nada más podía dar.

Deseo de morir. ¡Qué delicia el morir! La uniría para siempre a su Amado sin el penoso velo del destierro. Mas por puro amor a su Dios se conformaría Margarita con vivir hasta el día del juicio, si tal fuese la divina voluntad. A esta separación, más dura que mil muertes, se resignaba; siempre afligida, siempre atormentada,

porque no podía amar a su Amor como ella ansiaba amarle. ¿No ha ascendido, queridos lectores, nuestra amadísima Santa a sublimes alturas de santidad?

Naturalmente, iba junta con el amor de Dios la más tierna caridad con los prójimos y más todavía con sus Hermanas en Religión. Un día le manifiesta Jesucristo los castigos que va a imponer a ciertas almas, las que más la maltrataban. Oh Salvador mío –exclama–, descargad sobre mí toda vuestra cólera y borradme del libro de la vida antes de perder a esas almas que tan caras os han costado. —Pero es que ellas no cesarán de afligirte. No importa, Dios mío, con tal de que os amen a Vos. —Déjame obrar; no las puedo sufrir más. No, Señor; no os dejaré hasta que las hayáis perdonado. —Está bien; consiento, si tú respondes por ellas. Si, Dios mío; pero yo no os pagaré sino con vuestros propios bienes, que son los tesoros de vuestro Sagrado Corazón. Con esto quedó contento el justo Juez.

 

Sus cualidades naturales

Otras preciosas cualidades de la Santa escogida por el Divino Corazón. De naturaleza muy sensible, era tímida en demasía. «Era naturalmente juiciosa y discreta –escribía de ella la M. Greyfié–; de buen espíritu, temperamento constante, corazón caritativo hasta lo imposible; en una palabra: puede decirse que era materia a propósito para sobresalir en todo, si el Señor no la hubiese oído en su petición de permanecer desconocida y oculta en la abyección y el sufrimiento».

«Dios le había dado claro ingenio –agrega el P. Croisset–, juicio sólido, oportuno y penetrante, alma noble, corazón grande.»

«Nieta de unos campesinos borgoñeses –agrega el P. Hamón–, Margarita Alacoque posee el sentido recto de su raza; un espíritu sano, no muy extenso porque no ha recibido cultura alguna, pero que ve y casi siempre juzga bien. Está llena de buen tino, como asimismo de buen corazón. Ni siquiera un pensamiento voluntario de simple aversión cruzó jamás por su alma noble, ni la más leve maledicencia salió de su boca. Las más humillantes persecuciones que soportó quedaron para siempre sepultadas y olvidadas en el fondo de su noble alma, que extremaba sus atenciones para cuantas la hicieran sufrir.»

Sus tres grandes repugnancias

Un acceso apoplético puso a las puertas de la muerte a una joven pensionista.

¡Gran pena que no podía recibir los Santos Sacramentos! «Comulgue usted mañana –ordena la Superiora a la H. Margarita– para alcanzar esta gracia». El bondadoso Jesús accede a sus súplicas con esta triple condición: «Si tú te sacrificas en no manifestar en adelante ninguna repugnancia ni en los empleos, ni en escribir para responder a los que Yo enviaré a ti, ni en acudir al locutorio».

Como siempre, no quiere comprometerse la Santa sin la previa licencia de su Superiora. A pesar de la terrible contradicción que en sí misma experimenta, se compromete, efectivamente, con voto a satisfacer los divinos deseos. La enfermita volvió en sí, recibió todos los Sacramentos, hizo sub conditione los tres votos de religión, y amortajada con el hábito de profesa, fue sepultada en la sepultura común.

Su nuevo triple voto no disminuye, antes aumenta su repugnancia a escribir e ir al locutorio. A menudo es tan viva la resistencia, que teme faltar al juramento. Toda su vida experimentó la misma dificultad. ¡Admirable providencia! Dentro de algunos meses colocará Jesús en el candelero del apostolado a su humildísima Esposa. Además, muy pronto también la elegirán sus Hermanas para el cargo de asistente de la nueva Superiora, y tendrá entonces forzosamente que salir de su oscuridad, y abrirse, y hablar, y escribir. Por esto le exige aquel voto su divino Dueño.