Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(LI)

XXI

A otra que se encontraba bajo la impresión del temor, y que le había consultado acerca de la manera de hacer oración

Ese temor es efecto del amor que os profesa.—Mas procurad que el amor acabe por echar fuera todo temor.—El Sagrado Corazón, enemigo de toda inconstancia.—Sólo en el perfecto desasimiento la paz.— Cómo haréis oración.

¡Viva Jesús!

Por lo que se refiere a vuestras penas, os diré sencillamente mi opinión, como a mi muy querida Hermana. En primer lugar, creo que ese temor que Nuestro Señor os da, es efecto del inmenso amor que os profesa; pues viendo que su amor no es en vos bastante poderoso para obligaros a hacer el bien y evitar el mal, mezcla el temor con el amor, a fin de que ambos reunidos os impelan a practicar lo que desea de vos. Tened siempre un temor amorosamente filial que os haga obrar el bien y evitar el mal, y rechazad todo otro temor, que sólo proviene del espíritu de tinieblas; y haced que el amor eche afuera poco a poco este temor, diciendo en cada una de vuestras acciones: Dios mío, esto lo hago por vuestro amor, renunciando a toda otra intención. Renovad vuestros votos cuantas veces os sintáis asaltada de estas penas.

Lo que debilita la gracia del amor en vuestro corazón, es que está demasiado apegado a las criaturas y a su propia satisfacción. Hay que morir a todo esto, si queréis que el puro amor reine en vuestro corazón. Hay que romper, además, con este apego a vuestra propia voluntad, pues le desagrada mucho al Sagrado Corazón de Jesús, el cual permite que sintáis tedio en la oración y en las prácticas de virtud, porque gustáis demasiado de la criatura; y también para ofreceros más propicia ocasión de merecer. Pero quiere de vos constante fidelidad. Y por mucho que os cueste, tenéis que perseverar, pues el Sagrado Corazón es enemigo de todo linaje de inconstancia; y ese es vuestro mayor mal, al cual únicamente vos, ayudada por la gracia de Dios, podéis poner remedio, haciéndoos violencia continuamente.

Tenéis que resolveros a ello, porque jamás encontraréis la paz de vuestra alma hasta que no lleguéis al perfecto desasimiento que Dios quiere de vos. Trabajad, pues, con fervor, porque sin él no es posible que lleguéis a la perfección. El olvido de vos misma y el amor de vuestra propia abyección son los medios más breves y seguros para llegar a eso.

He aquí ahora un buen método de oración. Permaneced en perfecta conformidad con la voluntad de Dios, sea que os consuele o que os aflija, haciendo a menudo actos de sumisión y abandono, apartando con suavidad las distracciones. No os turbéis con esos temores del infierno; espero que el amor del Sagrado Corazón os servirá de garantía: Haced, para esto, muchos actos de esperanza y de confianza en su bondad, la cual no os abandonará nunca.

Por lo que se refiere a haberos reprendido yo de vuestros defectos, el tierno afecto que os profeso no me deja disimularos ninguno, porque es muy grande el deseo que tengo de vuestra perfección y adelantamiento en el santo amor; y para lograrlo estoy dispuesta a hacerlo y sufrirlo todo. Trabajad, pues, de veras, pues Dios quiere esto de vos; y si no lo hacéis así, no dejará de exigiros cuenta de las gracias que habríais recibido si hubierais sido fiel. Ya sabéis lo bastante. Obrad con fidelidad, alegría y buena voluntad, según las luces que Él os da.

XXII

A una novicia imperfecta que se encontraba apenada, particularmente respecto a su vocación

No os apuréis por examinar vuestra vocación.—¿Cómo seréis fiel a Dios, a vuestra Regla y a vos misma?—Cuidado, no se retire de vos la gracia.—¿Cómo debéis hablar de Dios, del prójimo y de vos misma?—«De Dios nadie se burla».—Amad al Divino Corazón, imitadle, sedle fiel y jamás le ofendáis con ninguna falta voluntaria.

¡Viva Jesús!

Con todo el afecto de mi corazón que os ama en el de Nuestro Señor, quisiera yo satisfacer vuestro deseo, y juntamente deciros lo que haya de serviros para adelantar en la perfección, que el buen Maestro desea de vos, y procuraros fuerza y valor para cumplirlo. Después de haberme dirigido al Sagrado Corazón de Jesús en la oración y en la comunión, os diré sencillamente mi parecer, el cual espero os servirá de provecho, según el crédito y la atención que le prestéis.

Primeramente, no os apuréis por examinar si vuestra vocación viene de Dios: en eso no hay la menor duda. Ninguna os debe caber tampoco en que sois una de esas plantas que él Padre celestial ha puesto en su jardín para cultivarla con su propia mano, conservarla por su Providencia y hacerla florecer en olor de suavidad por el fuego de su santo amor, con tal de que vuestra voluntad resista con valor a los impedimentos que el enemigo trate de poner, por la oposición de nuestra corrompida naturaleza. En ésta suscita continuas repugnancias, tedios y aversión al bien, tratando de turbarnos y desalentarnos, a fin de impedirnos crecer en la virtud y adelantar en la obra de nuestra perfección. Pero tenéis que haceros generosa violencia, siendo muy fiel a Dios, a vuestras Reglas y a vos misma.

Fiel a Dios, no disputando con los movimientos de la gracia, cuando os apremie a hacer el bien o evitar el mal. Pensad que esta misma gracia, que ahora os solicita tan vivamente y a la cual resistís tantas veces, se cansará, se amortiguará poco a poco y se retirará de vos, dejando vuestra alma como tierra seca y estéril, que no producirá más que frutos de perdición. Dios os libre de esta desgracia; y espero de su bondad no os ocurrirá si, cuando oís su voz, no endurecéis vuestro corazón, pues viene, pasa y no vuelve más. Después la buscamos, la pedimos y no logramos obtenerla, porque entonces se burla de nosotros, como antes nos burlamos nosotros de ella. Esto es lo que ocurre a las almas desidiosas, a las que el Señor empieza a arrojar de su Sagrado Corazón: las abandona a sí mismas.

En segundo lugar, hay que ser fiel a la Regla, no siendo negligentes en nada de todo lo que pide de nosotras, por mucha repugnancia que la naturaleza experimente.

En tercer lugar, debéis ser fiel a vos misma, juzgándoos, condenándoos y castigándoos. He aquí un artículo que, si lo practicáis, tranquilizará vuestra alma del temor que tiene a los juicios de Dios. Sabed que os ama y quiere salvaros, pero por un camino todo sembrado de espinas, cuyas punzadas producirán rosas que no se marchitarán nunca. Para esto no es necesario más que el sacrificio de vuestra voluntad y de todos los vanos placeres y contentos que ocupan vuestro corazón, teniendo siempre vuestra alma en un perfecto desasimiento de todo lo superfluo; cercenando de vuestro corazón todas esas vanas inclinaciones y afectos, no solamente a las criaturas sino a las cosas buenas y convenientes. Todo esto ocupa en vos el lugar de Dios y os impide encontrarle y poseerle, pues no os enriquecerá con sus dones y con el de sí mismo, mientras no os despojéis de las criaturas y de vos misma. Quebrantad vuestra voluntad y someted vuestro juicio tantas veces como se os presente la ocasión, pues me parece que eso le es muy agradable a Dios.

Hablad de Dios con respeto y veneración; del prójimo con estima, y jamás, o muy poco, de vos y siempre con desprecio. Tened gran confianza en Dios y no desconfiéis nunca de su misericordia, que excede infinitamente a todas nuestras miserias. Arrojaos a menudo entre sus brazos o en su Divino Corazón, abandonándoos a todo lo que quiera hacer de vos. No os desaniméis en medio de vuestras penas y sequedades, sino sufridlas en espíritu de penitencia, así como todo lo que se oponga a vuestra inclinación.

No sé por qué os digo tanto, puesto que me parece que los propósitos que me habéis mostrado contienen ya todo esto y aún más. Por eso os exhorto mucho a cumplirlos inviolablemente, pues de Dios nadie se burla. Más valdría no prometer que hacerlo y luego no cumplir lo prometido; es condenarnos a nosotras mismas por nuestro escrito.

Amad constantemente al Sagrado Corazón de Jesucristo, pedidle consejo en todas vuestras dificultades, ayuda en todas vuestras necesidades y en todo lo que hagáis y sufráis. Conformaos lo más que os sea posible con su humildad y dulzura para con el prójimo, sobre todo con aquellos a quienes sintáis más antipatía. Mostraos con ellos más afable y condescendiente que con los demás. Amad a los que os humillen y contraríen, pues son más provechosos a vuestra perfección que los que os halagan. Sed fiel a la pureza de intención. Pero, sobre todo, os recomiendo que no cometáis nunca ninguna falta voluntaria, y que en todo procuréis llegar a ser perfecta Hija de Santa María, lo cual os convertirá en verdadera discípula del Sagrado Corazón de Nuestro Señor. A Él le suplico con todo mi corazón que os llene de tal modo de sí mismo, que ya no podáis tener otro recuerdo en vuestra memoria, ni otra idea en vuestro entendimiento, ni otro afecto en vuestra voluntad. La mía está toda llena de afecto por vos y os suplico no me olvidéis delante de Dios y le pidáis mi perfecta conversión.

D. S. B.

XXIII

A otra que se asustaba de verse tan inclinada al mal.

Consejos para el Retiro

«No conseguiréis nada sino a punta de lanza».—Gran gracia el conocer vuestros defectos y miserias.—Vivid al día.—Apareced vil y abyecta a los ojos de las criaturas.— Id al retiro para transformaros en Jesucristo, para imitarle y para no escuchar más a la naturaleza inmortificada.—Vale más perderlo todo que la gracia del Divino Corazón.

¡Viva Jesús!

Me habéis dado mucho gusto, mi muy querida Hermana, al escribirme con toda sinceridad las inclinaciones que atormentan vuestro pobre corazón para llevarle al mal e impedirle ser todo de Dios y poseerle. Pero espero que no lo lograrán y que por la resistencia que con la ayuda de la gracia le opondréis serán para vos ocasión de grande mérito.

Pero mirad, mi querida Hermana, no hay que engañarse; no conseguiréis nada, sino luchando a punta de lanza. Esto quiere decir que es preciso que os hagáis violencia y seáis de aquellos que arrebatan el cielo a la fuerza. ¡Pero tened buen ánimo!, que la gracia no os faltará, ni la ayuda del Sagrado Corazón de Nuestro Señor que quiere salvaros, y no permitirá que os perdáis, mientras que no os deslicéis voluntariamente hacia lo que os haga conocer le desagrada. Acordaos de que no os da este conocimiento de vuestros defectos y miserias, más que por exceso de un inmenso amor, por el cual quiere levantaros a gran perfección. Pero os es necesario un completo y perfecto desasimiento de todas las cosas y de vos misma. Debéis vivir al día, esto es, con perfecta abnegación de todo, incluso de las cosas que se os den para vuestro uso, deshaciéndoos de ellas al momento, cuando os sintáis demasiado aficionada, aunque la cosa os parezca pequeña; pues a nuestro enemigo no le preocupa la cosa con que nos tiene encadenadas, con tal de que nos tenga sujetas.

En segundo lugar, no debéis cuidaros más que de lo que os pueda hacer aparecer más vil y abyecta a los ojos de las criaturas, pues eso es lo que os puede hacer más agradable a Dios. Muy pronto os rechazará de su Sagrado Corazón, si os dejáis llevar de la vanidad estimándoos a vos misma, por el deseo de aparentar y ser considerada.

Pero, por el contrario, tendrá particular cuidado y amor de vos, si os mantenéis humilde dentro de vos misma, siendo mansa y constante en sufrir las abyecciones y humillaciones que os serán quizá tanto más sensibles, cuanto son más pequeñas y poco notables en apariencia. No dejarán de elevaros delante de Dios, sobre todo si tratáis de resistirlas con valor, por medio de una amable paciencia e igualdad de ánimo. Jesucristo las tuvo y sufrió, para que a nosotros nos sirviesen para santificarnos. Recibidlas, pues, y sufridlas, según su santa intención. Si lo

hicierais así, Él será para vos un buen Padre que os llevará en sus brazos omnipotentes, y no consentirá que perezcáis, con tal de que confiéis en su amorosa bondad.

Haceos, pues, a la idea de que vais a la soledad, en primer lugar, para transformaros en Jesucristo. En segundo, para conformar vuestra voluntad a la suya y a su vida pobre y humilde, abandonándoos a vos misma por medio de una completa renuncia de todo lo que pudiera dar alguna satisfacción a la naturaleza.

En tercer lugar, hay que pensar que, si queréis poseer a Jesucristo y habitar en su Sagrado Corazón, no tenéis que escuchar a la naturaleza inmortificada ni a las sugestiones del amor propio. ¡Que grite todo lo que quiera!, estamos en el Sagrado Corazón de Jesucristo, que quiere que le amemos con amor de preferencia a todo lo demás. Cuando se trata de agradarle, no más respetos humanos ni excusas del amor propio, pues vale más perderlo todo, que perder la gracia de este Corazón adorable, al cual os suplico roguéis por esta indigna pecadora, a fin de que me conceda el verdadero espíritu de penitencia y de amor. Os prometo no olvidaros durante el tiempo de vuestro retiro, pues tengo gran deseo de veros llegar a la perfección que nuestro buen Maestro desea de vos.

D. S. B.

XXIV

A otra que padecía muchas penas interiores

No os turbéis.—No temáis.—Asíos a Él con amorosa confianza.—Desaprobad sencillamente las malignas sugestiones, sin molestaros.—Sois un árbol que dará mucho fruto; cuanto más combatido, más arraigado.

¡Viva Jesús!

Ruego al Sagrado Corazón de Nuestro Señor que puesto que no es de su agrado que cese la tempestad en vos, que sea Él vuestra fortaleza, a fin de que permanezcáis firme, inquebrantable y tranquila en medio de la tormenta. No debe ésta en ningún modo turbaros, pues no os derribará mientras os mantengáis constantemente asida a Él con amorosa confianza y firme humildad, en la cima del espíritu, sin gusto ni sentimiento, dejando gritar a vuestro enemigo y golpear tanto como lo sea permitido. Es buena señal que haga tanto ruido: si grita es porque no logra lo que desea.

Sin embargo, sed fiel en no consentir a ninguna de sus sugestiones, renunciando a todo por una simple desaprobación, sin molestaros en hacer actos positivos con la voluntad. El Sagrado Corazón de Jesucristo conoce bien todo lo que pasa en el vuestro. Sabe por qué produce y permite todas vuestras penas. Quedad en paz y

abandonaos a su voluntad en lo que quiera hacer en vuestra alma. Esperad en su bondad, y redoblad la confianza a medida que vuestras penas aumenten. Practicad la virtud con fidelidad y no despreciéis voluntariamente ninguna ocasión.

Consideraos como un árbol plantado junto a la corriente de las aguas, que da el fruto a su tiempo y sazón, y cuanto más combatido es por los vientos, más ahonda sus raíces en la tierra. Y del mismo modo, cuanto más combatida seáis por los vientos de las tentaciones, más debéis ahondar vuestras raíces, por una profunda humildad, en el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. A Él suplico os rodee con su omnipotencia como con una muralla inexpugnable a todos vuestros enemigos, diciendo a menudo: ¡Sagrado Corazón de Jesús, confundid a mis enemigos!

D. S. B.

XXV

Reglas de conducta para la perfección, dadas a una joven profesora que iba a salir del Noviciado

«Sed humildemente animosa en no dejaros abatir».—Humildemente dulce.— Humildemente dispuesta a todo.—Humildemente constante.

¡Viva Jesús!

Os recomiendo, mi querida Hermana, por última despedida, que seáis constantemente fiel en la práctica de todo lo que habéis prometido al Sagrado Corazón de Nuestro amable Jesús, por mucho que os cueste, a fin de que reine completamente en vuestro corazón. Sed humildemente animosa en no dejaros abatir, ni por vuestras faltas, ni por las pequeñas contradicciones y humillaciones que puedan sobreveniros; pero recurrid siempre al amor de vuestra propia abyección, regocijándoos y teniéndoos por muy feliz cuando Nuestro Señor os proporciona alguna ocasión, abrazando con amor lo que os humille y anonade a los ojos de las criaturas, como medios propios y necesarios a vuestra perfección. Porque la vana complacencia de vos misma os es muy peligrosa; y, por tanto, cuando se olvidan de vos y os desprecian, tenéis motivos de alegraros.

Bien sé que ya os hablé acerca de esto y de todo lo que creí contribuir a vuestra perfección. Por eso os suplico encarecidamente que lo practiquéis con toda fidelidad, a fin de que no sea para vos motivo de condenación, sino de santificación. Bien sabéis que la virtud no se practica sin trabajo, pero para un momento que éste dura, hay una eternidad de recompensa.

Sed humildemente dulce, condescendiente y caritativa con el prójimo, pero no le deis nada de lo que debéis al Sagrado Corazón de Nuestro Señor.

Estad siempre humildemente dispuesta a todo, siempre sumisa en todos los acontecimientos a la voluntad de Dios y de vuestras superioras, dejándolas disponer de vos como les plazca.

Sed humildemente constante en mortificar vuestros sentidos, si queréis adquirir el don de oración, que os deseo con toda mi alma. ¡Ah!, mi querida Hermana, si comprendierais la gran dicha que es amar al Sagrado Corazón de Jesús, bien pronto despreciaríais todo lo demás, para no amar sino a Él. Rogadle por vuestra indigna Hermana que os ama tierna y sinceramente en su amor, en el que deseo que nuestros corazones se consuman eternamente.

D. S. B.

XXVI

Exhortación para entrar en la escuela del Corazón de Jesús y practicar el recogimiento

¿Cuál es el mejor medio para conquistar la amistad del Divino Corazón?—En qué está la verdadera humildad.—Cuál es el medio más eficaz para serle fiel.—Andad siempre, dentro y fuera de la oración, en la presencia de Dios.

¡Viva Jesús!

He leído vuestro escrito, según deseabais, mi carísima Hermana, y no me niego a responderos con unas palabras para invitaros a amar siempre mucho al Sagrado Corazón de nuestro buen Maestro, el cual espero no os abandonará, con tal de que os confiéis humildemente a su amorosa bondad. Él se complace en hacer bien a los pobres y enseñar a los que desean aprovechar en la escuela de su santo amor, repitiendo incesantemente que seamos mansos y humildes de corazón como Él.

Así, pues, hija mía, no creo que haya cosa mejor para conquistar su amistad y haceros más agradable a Él, que ser muy dulce y muy humilde. Pero con verdadera humildad, que os haga ser sumisa con todos y sufrir en silencio las pequeñas mortificaciones y humillaciones que se os presenten, y esto con alegría y de buen grado, sin excusaros ni quejaros, pensando siempre que merecéis todavía mucho más y reprimiendo animosamente las rebeldías de la naturaleza inmortificada. Cuando hayáis faltado o manifestado vuestras repugnancias, besaréis cinco veces el suelo diciendo el primer versículo del Miserere.

Además debéis mostraros, toda vuestra vida, muy reconocida por vuestra vocación, pues es una gracia muy particular que no hace a todo el mundo, y de la cual tendréis que dar cuenta a la hora de la muerte. Pero para demostrarle que le amáis, hay que ser muy fiel en la práctica de todas nuestras santas observancias, sin olvidar ninguna.

Lo que más os recomiendo es que seáis muy fiel en guardar con mucho cuidado el santo recogimiento, negando a vuestros ojos, lengua y oídos toda vana curiosidad, que no pocas veces es la fuente y el motivo de todas las distracciones en los ejercicios. He aquí lo que deseo de vos más particularmente, porque creo que no podéis agradar al Sagrado Corazón sino practicando con fidelidad estas mismas observancias, que le obligarán a tomaros bajo su protección y a no rechazaros jamás. El medio más eficaz para ser fiel en estas cosas es amarle mucho, evitando lo que comprendéis le desagrada.

Mucho me alegro de que Nuestro Señor os lleve en la oración a mirar vuestra miseria en la gran misericordia del Sagrado Corazón. Pedidle mucho que la tenga con vos y con todos los pecadores, la peor de los cuales soy yo.

Por lo que se refiere a vuestra oración, estad siempre en ella, y fuera de ella también, en la presencia de Nuestro Señor, como una discípula delante de su Maestro, de quien desea aprender a hacer su voluntad renunciando a la propia. Le ruego os conceda esta gracia; y estad persuadida de que os amo muy sinceramente en el Corazón de Nuestro Señor.

En cuanto al modo que tenéis en explicaros, quedad tranquila; os conozco bien y esto basta.

Rogad mucho que me conceda su santo amor y el perdón de mis pecados y yo le rogaré también por vos y por vuestra hermana; no os preocupéis por ella, recomendándola a Nuestro Señor que espero no la abandonará. Adiós, buenas noches.

XXVII

A una novicia muy probada con penas interiores

Permaneced en paz, no os inquietéis.—¿Por qué permite el Señor estas penas?—«La humillación os es necesaria para perfeccionaros».

¡Viva Jesús!

Creedme, no decaigáis de ánimo ni os entreguéis a la tristeza, en las penas con que el Señor le place probar vuestra paciencia y vuestro amor. Procurad conformar vuestra voluntad con la suya y dejadle hacer en vos como desea, que es que permanezcáis en paz y contenta en vuestras penas y sequedades interiores, sin inquietaros tanto en buscar el medio de salir de ellas, pues trabajáis en vano. Hay que permanecer así, puesto que Dios lo quiere; ¿a qué atormentaros tanto? Apartaos sólo de lo que Él os dé a conocer que es obstáculo a su amor, pues quiere que viváis en completo desasimiento de todo lo que no sea Él y que pueda contentar vuestras aspiraciones y ligar vuestros afectos. A medida que os revestís de todo esto, Él os despoja de sus gracias.

El ser objeto de estima y alabanzas es peligroso para vos; no hagáis nada para lograrlo. Huid de las lenguas aduladoras y del respeto humano y no lo prefiráis cobardemente al amor que debéis al Sagrado Corazón. Él intenta, a mi entender, haceros pequeña y humilde por medio de esta clase de penas que permite os aflijan, porque la humillación os es necesaria para purificaros. Cualquier otro camino es peligroso para vos, que debéis estimar como muy gran favor cualquiera ocasión que de eso se os presente, sea en vos misma o fuera de vos. Sed por completo de Dios y dejadle hacer. No os perderá. Vuestra alma le es muy querida y la quiere salvar.

D. S. B.

XXVIII

A otra, violentamente combatida de tentaciones

«No debemos nunca desalentarnos ni abandonarnos a la inquietud».—Oración de la persona tentada.— No nos entretengamos tanto en pensar en nuestras penas».—«No os apeguéis a los consuelos espirituales».—No perdáis ninguna comunión.— Menospreciad los pensamientos de vanidad.—Jamás os excuséis.

¡Viva Jesús!

Consolaos y luchad generosamente, pues espero que el Soberano Pastor no permitirá se pierda su oveja querida, ni que la devore el lobo infernal, al cual no permite que nos ataque, más que para tener motivo de recompensarnos y de constituirse Él mismo en premio de nuestras victorias. No debemos nunca desalentarnos ni abandonarnos a la inquietud. Si somos fielmente humildes, esas tentaciones nos levantarán ante Dios, tanto cuanto nos humillaren ante nosotras mismas. Así lo espero de la bondad de Nuestro Señor, que nos deja este enemigo para que velemos constantemente, manteniéndonos siempre en guardia para que no nos sorprenda. Recurramos al adorable Corazón de Jesús.

Besad el crucifijo, si estáis sola; y si no, estrechad la cruz sobre el pecho y decid:

«¡Oh! Salvador mío, hago esto para protestaros que con todo mi corazón detesto y desapruebo todo lo que pasa en mí, contrario a vuestro santo amor, y que de buen grado aceptaría mil veces la muerte, antes que consentir voluntariamente en cosa alguna mala. No lo permitáis, ¡oh Dios mío!; aniquiladme antes de que eso suceda. Sed mi fortaleza, combatid por mí; no rehuso la batalla con tal de que Vos seáis mi defensa, a fin de que no os ofenda, porque soy y quiero ser toda vuestra, sin reserva. Y deseo y pienso haceros tantas protestas de mi fidelidad, sobre todo lo que acabo de deciros, cuantas veces tocare vuestra cruz o pusiere la mano sobre el corazón, que os dice con todos sus latidos, movimientos o suspiros que no quiere amar más que a Vos y que se entrega por completo e irrevocablemente a vuestro amor. Y cuantas veces besare vuestra cruz, es para demostraros, ¡oh mi Soberano bien!, que acepto de buen grado todas las disposiciones en que os plazca ponerme, y que amo mi cruz, por amor de Aquel que me la da, no deseando más que el cumplimiento de su santísima voluntad.

Pero, en nombre de Dios, no nos entretengamos tanto en pensar en nuestras penas, ni mientras las sentimos ni cuando ya han pasado. Pensemos en ellas lo menos que podamos, pues nunca tienen menos poder para perjudicarnos, que cuando las despreciamos, haciendo como si no las viéramos ni escucháramos. Y en los momentos en que os impresionan más, dirigíos a Nuestro Señor con palabras, o aunque sea mirándole con una humilde confianza, para demostrarle que lo esperáis todo de su bondad.

No os apeguéis a los consuelos espirituales, porque éstos no duran mucho, sino buscad a Dios por la fe y pensad que no merece menos nuestro amor cuando nos aflige que cuando nos consuela. Si os da a gustar sus dulzuras, pensad que es para disponeros a beber alguna gota de su cáliz, por medio de la mortificación o de algún otro modo. Y cuando hayáis cometido alguna falta, no os turbéis, porque la turbación e inquietud y demasiada solicitud alejan nuestra alma de Dios y echan a Jesucristo de nuestros corazones. Pero pidiéndole perdón, roguemos a su Sagrado Corazón que satisfaga por nosotras y nos vuelva a la gracia de su divina Majestad.

Haced lo que podáis para no perder ninguna comunión, porque no es posible dar mayor alegría a nuestro enemigo, que retirarnos de Aquél que le quita todo poder sobre nosotros.

En cuanto a esos pensamientos de vanidad, no hay que hacer ningún caso, sino decirle a este espíritu satánico, cuando os los sugiera en alguna de vuestras acciones: ¡Maldito Satanás, renuncio a ti y a tus malas sugestiones! Ni por ti he comenzado ni por ti terminaré.

Pero, sobre todo, no os excuséis en modo alguno. Y cuando os sintiereis movida a hacerlo, decíos a vos misma: Mi Jesús, que era la inocencia misma, no se excusó; y yo, que soy una criminal, ¿tendré valor de hacerlo? Tened mucho cuidado de no desaprobar jamás, ni acusar o juzgar más que a vos misma, a fin de que vuestra lengua, que está destinada a las alabanzas del Señor, y que le sirve tan a menudo de puente para conducirle a vuestro corazón, no se convierta en instrumento de Satanás para envenenar vuestra alma.

Apartad de vuestro espíritu toda pretensión de hacer más o menos de lo comprometido en nuestras santas Reglas y Constituciones. No os descuidéis en nada, pues sólo así podremos ganarnos el Corazón del adorable Jesús.

D. S. B.

XXIX

Alienta a una alma probada y tentada

¿Cómo privar Dios de su eterno amor a un corazón que aspira a amarle? Confiad siempre en la misericordia del Señor.— «Llevad vuestros trabajos en espíritu de penitencia, con paz y dulzura».—Quien dice «puro amor» dice «puro sufrimiento».

¡Viva Jesús!

Mucho placer me habéis causado, mi muy querida Hermana, al escribirme dándome noticias vuestras. No encuentro en ellas motivo alguno para asustaros tanto; puesto que el sufrimiento y el goce deben ser igualmente amables para el corazón que quiere ser de veras de Dios, y no amar nada más que a Él y su divino beneplácito. Él os llevó a la soledad, no para haceros gustar la dulzura de sus caricias –como quizás os lo habíais imaginado–, sino más bien los rigores de su amor; para purificaros, y no para perderos, como vuestro enemigo os lo sugiere.

¡Oh Dios!, mi querida amiga, rechazad lejos de vos semejante pensamiento y no le deis jamás entrada voluntariamente, pues es agraviar la bondad de nuestro Dios, creer que vaya a condenar a la privación de su eterno amor a un corazón que aspira a amarle en el tiempo y en la eternidad. ¡No!, nunca hizo cosa semejante ni la hará jamás, pues no pierde ni abandona a los pobres miserables, cuando no lo son de malicia.

Que si la vista de vuestra indignidad, a causa de vuestros pecados, no os hace esperar otra cosa, sino el abismo del infierno, que es el colmo de todos los males, es preciso que os aprovechéis de este conocimiento, para manteneros humilde y para reconocer la gran misericordia de Nuestro Señor que, oponiendo sus méritos a vuestros deméritos, os quiere salvar de vuestros pecados y de lo que por ellos merecíais. Decid, pues, en todas vuestras penas: ¡Las misericordias del Señor cantaré eternamente, pues es eternamente bueno!

Y, sin embargo, hay que dar alguna satisfacción a la divina justicia, sufriendo con paciencia, humildad y sumisión de corazón, todas las penas y sufrimientos que nos vengan y de cualquier naturaleza que sean. Llevad vuestros trabajos en espíritu de penitencia, con paz y dulzura y no os turbéis por nada, sino tened una gran confianza en la misericordiosa bondad de Nuestro Señor. Arrojaos a menudo en los brazos de su amorosa Providencia, sobre todo después de la sagrada comunión, abandonándoos y entregándoos al imperio de su divino amor, para todo lo que le plazca hacer en vos y de vos, aun cuando no os diera ya más consuelo en esta vida. Pues, creedme, querida amiga: este camino de tinieblas y desolación os es mucho más saludable y ventajoso para la perfección, porque os entretenéis demasiado en las dulzuras que manchan la pureza del amor divino, pues, quien dice: puro amor, dice: puro sufrimiento.

He aquí lo que tengo que deciros a propósito vuestras penas, las cuales debéis amar y uniros a menudo a los designios de Dios sobre vos.

Contra estos pensamientos y sueños que turban vuestra imaginación, servíos del salmo Dominus illuminatio mea et salus mea, quem timebo?, y por la noche decid aquel otro: Exsurgat Deus, haciendo tres veces la señal de la cruz sobre vuestro corazón, con agua bendita, diciendo: Per signum Crucis, al acostaros. Y al levantaros, haced cinco veces la señal de la cruz sobre vuestros cinco sentidos diciendo: Sanctus Deus, sanctus fortis, sanctus immortalis, miserere nobis, pidiendo fuerzas a la Santísima Trinidad para resistir con valor los ataques y sugestiones de vuestros enemigos.

Estad segura, mi querida Hermana, que mientras desagraden a vuestra voluntad este género de pensamientos, Dios no se considerará en ningún modo ofendido, con tal de que no os detengáis en ellos, sino que los apartéis sencillamente como despreciándolos.

Me preguntáis además lo que (faltan palabras); pero creo que lo mejor hubiera sido contentaros con los libros corrientes. Él hubiera suplido más abundantemente con su gracia. Además, no hay que hablar de vuestro interior, sino a muy pocas personas. Esto se entiende de ciertas cosas, como son las gracias que recibís o las penas que sufrís. Además, debéis mirar esta soledad como un purgatorio, que debe purificar en vos todo lo que os impide entrar en el adorable Corazón de Jesús, que quiere corazones desprendidos de todo. ¿Cómo andáis en este particular? ¿Ya no estáis apegada a vos misma? Nuestro amor propio es tan fino, que nos hace creer algunas veces que buscamos a Dios, aficionándonos demasiado a las cosas mismas de su servicio, las cuales nos causan turbación cuando las tenemos que dejar. Y es porque buscábamos nuestra propia satisfacción más que a Dios, pues un corazón que no quiere más que a Él, le encuentra en todas partes. Y como vuestro único objeto al haceros religiosa fue entregaros toda a Jesucristo, así es preciso que Él os sea todo en todas las cosas.

Mientras tanto, permaneced a sus pies. Hicisteis bien en no comulgar ayer, pero después de confesaros, hacedlo todos los días, por mucho trabajo que os cueste. Permaneced en paz en medio de las tempestades, y burlaos de la gritería de vuestro enemigo. No podrá perjudicaros con tal de que no os entretengáis en escucharle ni en reflexionar sobre vuestras penas. El Señor os dará entrada en su Sagrado Corazón cuando os sea conveniente. No dejéis de amarle y uniros a Él en todo. Adiós, mi querida y muy amada Hermana. Os (faltan palabras) la recreación de la tarde. Rogad por ésta que no os olvida y que quiere seros útil.

XXX

En las tentaciones, imitar a Nuestro Señor en medio de sus verdugos

Andad en compañía de Jesús rodeado de sus verdugos.—Imitadle, rodeada de vuestros enemigos.—¿Cómo recordaréis la venda que a Él le pusieron?—«Siempre apacible y tranquila».

¡Viva Jesús!

He aquí lo que viene a la mente respecto a vuestro proceder: que Nuestro Señor hizo que os tocara ese billete, porque quería que la disposición interior de vuestra alma fuese conforme a la que Él manifestó exteriormente en el pretorio.

Primeramente, quiere que cuando os dirijáis de una parte a otra, imaginéis que le acompañáis a Él, sobre todo cuando vais a la oración, donde debéis poneros a sus pies, en medio de sus enemigos que le abofeteaban, ultrajaban y acusaban injustamente, sin que nadie acudiese en su socorro, y sin que Él pronunciase una sola palabra para impedirlo, ni para quejarse ni excusarse. Es preciso, pues, que tratéis de imitarle, considerándoos también rodeada de vuestros enemigos, que se sirven de las tentaciones para ultrajaros y afligiros, y de N. N. para abofetearos, y también de los vuestros que gritan tras de vos, pidiendo seáis crucificada.

Pues bien: consentid en ello de buen grado, y cuando sintáis que os acusan interiormente y os dan a entender que sois digna de muerte eterna, no os excuséis; sino haciendo un acto de abandono, decid a Nuestro Señor que esperáis que su misericordia no os privará de la vida eterna que Él os ha merecido. Y en recuerdo de la venda que le pusieron en los ojos, aceptad de buen grado vuestras tinieblas interiores.

Y así como Él está privado de todo consuelo y sumergido en toda suerte de oprobios, del mismo modo debéis sufrir los vuestros, quedando así privada de todo apoyo en medio de vuestras tinieblas, sufriendo las borrascas de la tempestad en ese mar, con la calma de un alma siempre apacible y tranquila, hasta que os haya despojado de todo a imitación de Nuestro Señor, para revestiros de la túnica de inocencia v de pureza. Ésta la encontraréis en medio de vuestras penas, si procuráis sufrirlas de este modo y deshaceros de todas las cosas creadas, pues el Señor quiere poseer nuestros corazones en el desasimiento de todo. ¡Sea bendito su santo Nombre!