Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(IV)

VIDA

La R. M. María Catalina Melin

En los primeros meses del 1684 dejó la M. Greyfié la Visitación de Paray al terminar su cargo de Superiora, para serlo del Monasterio de Semur. Demasiado duramente había tratado a la H. Margarita María. Cuatro veces nada menos le había exigido verdaderos milagros en testimonio de su extraordinaria misión y los había visto realizados con sus propios ojos. Plenamente convencida, al fin, de la verdad de las revelaciones, se hizo en Semur la M. Greyfié apóstol de la nueva devoción. Lo mismo la M. de Saumaise en Dijon y Moulins. «Cuando considero – escribirá después Margarita a su antigua Superiora Greyfié– con cuánta caridad sustentabais a mi alma con el delicioso pan de los trabajos y mortificaciones y ahora me veo privada de él, mi dolor no tiene límites. No podríais darme pruebas más efectivas de perfecta amistad que humillándome y mortificándome». ¡Así son los santos!

Sucedió a la M. Greyfié la M. María Catalina Melin, del mismo Monasterio de Paray. Contaba a la sazón sesenta y cinco años, y hacía treinta que allí vivía con reputación de afable, dulce y caritativa. Era de buena familia del mismo Paray.

La H. Margarita, asistente de la Comunidad

La nueva Superiora designó a la H. Margarita por su asistente, y la Comunidad ratificó la elección. ¡Qué maravillosamente iba disponiendo el Señor las cosas! Cuando su evangelista va a comenzar su apostolado, y esto le es necesario para realizarlo, inclina el Señor los corazones de sus Hermanas en favor de su fiel discípula.

Se desenvolvía ésta en su nuevo cargo con toda facilidad y acierto, en medio de continuas alternativas de penas y gozos. ¿Cómo no prendarse de ella el Esposo de las almas santas? Mira, ahí tienes, amada mía, a la que no he concedido Yo menos gracias y favores, dijo una vez claramente a una Hermana lega que ansiaba

conocer algún alma que se pareciese a Santa Catalina de Sena, cuya vida leían en el refectorio.

Ejercicios de preparación para su apostolado

Fueron muchas y muy regaladas las gracias que en ellos recibió y que ella consignó por escrito para obedecer. El «Océano infinito de misericordia» lo fue todo para Margarita estos días.

Horno de amor en el que cae todo su ser y cuyas «llamas la penetran de tal manera con sus divinos ardores, que parece van a reducirla a cenizas».

Divino Purgatorio.

«Mirada de luz, de unión y de transformación.»

«Tomó a mi alma por esposa, pero de una manera y con una unión inexplicable, cambiando mi corazón en una llama del fuego devorador de su puro amor». Le dio a entender que la destinaba a «rendir continuo obsequio a su estado de hostia y de víctima en el Santísimo Sacramento; debería yo, a mi vez, inmolarle continuamente mi ser por amor, adoración, anonadamiento, conformidad a la vida de muerte que Él vive en la Eucaristía…»

Estas gracias levantan nuevas llamaradas de celo ardiente en el corazón de la escogida por Jesús. Mas antes de ser apóstol por la acción, es otra vez mártir por la lluvia de dolores físicos y morales que caen sobre la esforzada religiosa por haberse ofrecido como resignada víctima para librar a una religiosa del purgatorio.

 

Santa Margarita, Maestra de novicias

Pronto comenzará la gran apóstol a propagar la nueva devoción. Y para esto la coloca el mismo Jesús muy en alto, para que difunda la luz salida de su abrasado Corazón.

El 31 de diciembre de 1685 (diez años después de la Gran Revelación) le confiere la M. Melin el cargo de Maestra de novicias a ruegos de las mismas Hermanas del Noviciado: tres jóvenes profesas y una novicia. Dos profesas antiguas se pusieron voluntariamente bajo su dirección.

El espíritu de Dios estaba con ella. En sus posteriores declaraciones sobre su amada Maestra, convendrán todas en dos rasgos de su dirección: la observancia rigurosa del silencio y el celo en difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos años después el famoso biógrafo de la Santa, Mons. Languet, hacía datar de este año 1685 «la reforma que había transformado esta Casa de Paray y la había convertido en una de las más fervorosas de su Orden». Y añadía: «El fervor divino que admiro en estas santas religiosas me ha parecido que prueba la eminente virtud de aquella que se las había infundido con su ejemplo, tanto como con los prodigios de los cuales se me facilitaron las pruebas». ¿Cómo no insinuarles entusiastamente el amor al Corazón dulcísimo que era el centro de toda su vida?

 

Terrible sonrojo de la santa Maestra

Pocos meses habían transcurrido desde su nombramiento, cuando envían a Paray un ejemplar del famoso Retiro espiritual del P. de La Colombière, publicado casi a raíz de su muerte. La Superiora lo envía derecho, sin leer nada, a la lectora del refectorio. Está ya para terminarse el precioso libro cuando llega un pasaje trascendental. «Entendí que Dios quería servirse de mí procurando el cumplimiento de sus deseos respecto a la devoción que ha sugerido a una persona con quien Él se comunica muy confidencialmente y cerca de la cual quiso servirse de mi flaqueza».

Las religiosas siguen comiendo, con la vista recogida; pero con la intención dirigida a la escogida del Señor, que todas sospechan quién es. Se rasga el velo completamente: «Habiéndose Dios – sigue el Padre– declarado a dicha persona, de quien hay motivos para creer que es según su Corazón, por las gracias extraordinarias de que la colmó, me dio cuenta de ello y yo la obligué a que me dijera por escrito lo que me había comunicado, lo cual me pareció bien referir en este diario de mis ejercicios espirituales». Seguía el relato completo de la Gran Revelación, escrito por la misma Margarita María. La Hermana lectora, un poco picara, mira, con el rabillo del ojo a la aludida y la ve toda sofocada, confundida, sonrojada. Salen en seguida al recreo y le suelta otra Hermana a quemarropa: Mi querida Hermana, bien claramente os ha designado el P. de La Colombière. No podéis negarlo. Y ella no acierta a contestar sino atarugada: No tengo sino motivos para gozarme de mi abyección.

Los primeros obsequios en el Noviciado

Empezaba a ser del dominio público en el Monasterio de Paray la nueva devoción. Muy pronto se le tributarán al Divino Corazón los primeros obsequios.

Cercana y a la Gran Fiesta del amor, insinúa la fervorosa Maestra a sus novicias algunos desafíos y prácticas para disponerse a ella. Llega el ansiado viernes. Dibuja Margarita a pluma una imagen del amantísimo Corazón, la coloca en el altar del Noviciado e invita a las novicias a derramar ante Él sus afectos.

Un mes más tarde se repite la misma fiesta, amplificada, para honrar el santo de su amada Maestra, 20 de julio de 1685. «La mayor satisfacción que le podían proporcionar». Se postran ante el altar la Maestra con todas las del Noviciado y

 

se consagran al Divino Corazón. Día radiante para Margarita, aunque no faltaron sus puntitos negros dentro del mismo Monasterio.

«Reinaré a pesar de mis enemigos»

Tanto de las contradictoras francas, de buena fe, de casa, como de los enemigos declarados de fuera, que muy pronto habían de intentar abogar casi en germen la nueva devoción: galicanos, jansenistas, josefinos, protestantes, malos cristianos. Así se lo asegura Jesucristo y así se verifica cada día con más esplendidez.

Combates y triunfos forman, como siempre, la trama de la vida de Santa Margarita; consigue de la Madre Superiora la revocación de la prohibición de comulgar los Primeros Viernes de mes; pero después de tomar el mismo Jesús parte en el combate poniendo a las puertas de la muerte a una de las novicias, arrancada de sus fauces en seguida de otorgar el permiso.

Queda su virtud acrisolada, pero después de sufrir, con tanta paz y alegría como nunca, una terrible y prolongada persecución de los propios y de los extraños por haber despedido Margarita del postulantado a una joven pretendiente, de la cual creía con razón la avisada Maestra que no la llamaba el Señor. Le parecía que todo el infierno se había desencadenado contra ella.

Ve «su devoción» introducida en la Visitación de Semur por la M. Greyfié, y poco después recibida pública y oficialmente en el mismo Paray.

Pero ¡cuántas persecucioncillas domésticas y lágrimas silenciosas, y sacrificios muy costosos, y cuántas oraciones de ella y de sus novicias le cuesta! La cosa pasó de esta manera:

La H. des Escures, precisamente la que representaba la oposición a la nueva devoción, pide a la H. Margarita una linda miniatura del Sagrado Corazón enviada desde Semur. Al día siguiente, 21 de junio de 1686, día de la nueva fiesta, la coloca bonitamente enguirnaldada en un altarcito junto a la verja donde la santa vidente había tenido sus grandes revelaciones, y añade un billete en el que invita a todas las esposas del Señor a tributar honores a su adorable Corazón. Todas las religiosas se postran de rodillas, plenamente «convertidas», ante el amantísimo Corazón y se le consagran fervorosamente. Más todavía; forman con la miniatura un precioso cuadro y lo colocan en un puesto de honor, y aun construyen, a fuerza de privaciones y de sacrificios, una capilla en el jardín del Monasterio. ¡Ha triunfado en toda la línea la Santa evangelista del nuevo Evangelio de amor!

«Ahora –escribe a la M. Greyfié– moriré contenta, puesto que el Sagrado Corazón de mi Salvador comienza a ser conocido, y yo desconocida».

 

Espantable voto de perfección

De tal hay que clasificar el que el Corazón traspasado de Jesús había insinuado tiempo atrás a su fidelísima sierva y que ésta emitió por este tiempo de su triunfo.

¡Buena recompensa del mismo!

«Voto que hice la víspera de Todos los Santos (31 de octubre de 1686), para unirme, consagrarme e inmolarme más estrecha, absoluta y perfectamente al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo».

Los diecinueve puntos que lo integran son de tan alta perfección, que su sola lectura aterra a la pobre naturaleza humana. (Pueden verse en el núm. V de los Sentimientos de sus Ejercicios.) ¿Qué extraño que la misma Santa Margarita quedase anonadada una vez emitido por un impulso irresistible del espíritu de Jesús? La tuvo que esforzar Él mismo: ¿Qué temes –le dijo– habiendo Yo respondido por ti y salido tu fiador? Mi puro amor dará unidad a todos estos propósitos. Lo más admirable es que sus compañeras están contestes (de acuerdo) en los procesos de canonización en que su vida entera fue la realización del sublime voto.

 

Más amplios horizontes

Su Divino Dueño ensancha la esfera del apostolado de Margarita, sacándolo de los estrechos límites del Noviciado y de la Visitación de Paray. Aquí seguirá viviendo con el cuerpo hasta su muerte, que ya se va aproximando, pero con su espíritu vivirá en Moulins, en Dijon, en Semur, en Lyon, en París, donde promoverá su culto favorito con sus elocuentes cartas.

Para autenticar más su apostolado, dispone el Señor que deje su cargo de Maestra de novicias, que había desempeñado durante dos años, y ascienda, por mayo del 1687, al de asistente de la Comunidad (que había tenido durante uno antes de ser Maestra) y en el cual durará tres más, hasta el último de su vida mortal.

¡Con qué ansias se entrega a su apostolado! Promulga como resonante pregón las magníficas promesas en favor del nuevo culto; incita a seglares y a religiosos, de palabra y por cartas insinuantes, a que le hagan las imágenes a las que Jesús ha vinculado especialísimas gracias. ¡Cuántos proyectos y ensayos en miniaturas y dibujos, y láminas de cobre, hasta conseguir una que le satisfaga por su fidelidad y baratura!

 

Jacobo y Crisóstomo Alacoque

¡Valiosas conquistas las de sus hermanos Jacobo, cura párroco de Bois-Sainte- Marie, y Crisóstomo, sumido poco ha en la soledad de la viudez! A aquél le atrae hacia el Divino Corazón arrancándole con sus oraciones de las garras de la inminente muerte, con la condición de obligarse a corresponder a todas las gracias del Corazón de Jesús. A éste le gana tan de veras, que llegará a construir y adornar a sus expensas una capilla al mismo. «No podías darme alegría más sensible». «Nada me puede regocijar sino ver amado, honrado y glorificado a este Divino Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, y la dicha de poder consumirme sufriendo por su amor», les escribe alborozada su santa hermana.

«La devoción no quiere ser forzada»

Esto asegura la Santa evangelista. Proceder en todo suavemente, aunque también con energía y eficacia, era su divisa. Y con ella conformaba su fecundísimo apostolado y quiere lo conformen sus colaboradores:

La M. de Soudeilles, al imprimir el Librito de Moulins, compuesto en parte con oraciones enviadas a aquélla por la misma Margarita, más unas letanías rudimentarias, las mismas que, perfeccionadas posteriormente, resuenan ahora con tanta gloria del Divino Corazón en sus grandes fiestas en todas las iglesias del mundo.

La M. Desbarres, Superiora de Dijon, que v e a su Comunidad tan ganada para la nueva devoción, que «casi todas las recreaciones se pasan hablando de ella» y

«ha transformado la casa».

La H. Joly, del mismo Dijon, que se lanza a componer otras letanías y todo un Oficio y Misa propios (los primeros de todos) y a solicitar la aprobación de Roma (aunque no lo consigue por entonces).

La Comunidad entera de Dijon, que asiste extasiada a la primera Misa propia del Sagrado Corazón celebrada en su recinto por el mismo señor Obispo diocesano.

La Comunidad, en fin, de Paray-le-Monial, que a los comienzos del 1687 transforma en recogido Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús una pieza del Monasterio y lo adorna con la imagen misma que Margarita había dibujado para sus novicias, y por septiembre del año siguiente erige una capilla especial en el jardín. La inauguran muchos sacerdotes e incontables fieles que forman la primera peregrinación de las incontables y célebres que se harán a la Ciudad del Sagrado Corazón. ¡Tres horas duró la ceremonia!

La plenitud del Divino Corazón

Hinche el corazón vacío de su esposa. ¿Qué hace ésta mientras las ceremonias de la inauguración? Arrodillada, inmóvil «como una estatua», queda abismada en el Corazón de su Esposo. «Ahora –dice– moriría contenta». Los asistentes querían hablarle, pero no osan interrumpirla.

Por su parte, el amantísimo Corazón deja que sus regalos se desborden sobre su fidelísima apóstol: Amable Jesús –exclama con voz ahogada por las lágrimas un día de Viernes Santo en que ve el tabernáculo vacío–, quiero consumirme deseándoos; y no pudiendo poseeros este día, no cesaré de desearos. Su Divino Dueño se apresura a con solarla con su presencia, y le dice: Hija mía, tu deseo ha enternecido de tal manera mi Corazón, que si no hubiese instituido este sacramento de amor, lo instituiría Yo ahora para venir a ser tu alimento. Mas le exige imperiosamente que vacíe su corazón en absoluto, y Él mismo se lo vacía. Te volveré tan pobre, vil y abyecta a tus ojos y te destruiré de tal manera en el pensamiento de tu corazón, que podré Yo edificarme en esa nada.

Siente, en efecto, tan vaciado de todo su corazón, que «no puede pensar en sí misma sin horror».

¡Estupenda humildad, obra del humildísimo Corazón! Maestra de novicias ayer, asistente hoy y propuesta mañana para Superiora de la Comunidad, nuestra gran Santa se estima con todo la última de todas sus Hermanas. Si escribe cartas y sale al locutorio, lo hace como arrastrada por la santa obediencia. Y aun se considera a sí y todos sus esfuerzos «como uno de los peores obstáculos» para la difusión de la gran devoción que la tiene obsesionada.

¿Qué mella le hace que todos la llamen «la Santa», ni que acudan a recibir sus consejos como oráculos, ni que las pensionistas se procuren como reliquias aun sus cabellos? En este perfecto vacío del corazón de Margarita, se precipitan las gracias del Corazón generosísimo del Salvador. A buen seguro que no las inutilizará la vanagloria. Impulsada la Santa elegida por el Espíritu de Jesucristo, sus audacias van a ser increíbles.

Afanes conquistadores

Más amplios que los de las Casas de la Visitación y algunas diócesis francesas habían de ser los horizontes iluminados por el nuevo Sol del Divino Corazón; se habían de confundir con los de la Iglesia Católica. Tal era el deseo del Salvador y tan dinámica la preciosísima devoción. Los primeros albores, señalados en la Gran Revelación de 1675, se robustecen durante trece años hasta quedar perfectamente marcados en las célebres manifestaciones de los años 1688-1689. Dos serán las Órdenes Religiosas a las que principalmente confiará Jesucristo la ejecución de sus planes.

La Visitación y la Compañía de Jesús

Es el 2 de julio de 1688, fiesta de la Visitación. Extática casi todo el día Santa Margarita ante Jesús Sacramentado expuesto, se siente atraída de repente hacia el Corazón Divino y en Él sumergida. Ve en seguida un lugar «muy eminente, espacioso y de admirable hermosura». En el centro se levanta un trono de llamas, y sobre él se deja ver el Corazón de Jesús con su llaga, de donde salen rayos ardentísimos. A un lado está la Santísima Virgen, y al otro San Francisco de Sales, el P. de La Colombière y las Religiosas de la Visitación que celebraban hoy su fiesta. La Madre del Señor invita a sus hijas muy amadas a que se le acerquen; quiere hacerlas participantes del rico tesoro formado por el Sol de justicia en la tierra virgen de su corazón y, mostrándoles el Divino Corazón, les dice cariñosamente: He aquí el divino tesoro que os es particularmente manifestado a vosotras por el tierno amor que mi Hijo profesa a vuestro Instituto …

A las Religiosas de la Visitación une el Señor a los Padres Jesuitas. La Virgen dice después al P. de La Colombière: Si a las Hijas de la Visitación se les ha confiado el encargo de dar a conocer, amar y distribuir a los demás ese tesoro, a los Padres de la Compañía de Jesús les está reservado el presentar y dar a conocer su utilidad y valor, a fin de que el pueblo cristiano se aproveche, recibiéndolo con el respeto y agradecimiento debidos a tan señalado beneficio. Y a medida que le procuren este placer, este Corazón Divino, fuente fecunda de bendiciones y gracias, las derramará tan abundantemente en las funciones de su ministerio, que los frutos que recojan superen a todos sus trabajos y esperanzas y aun sirvan para la salvación y perfección de cada uno de ellos en particular.

El mismo encargo en otra visión, más célebre aún, del año siguiente. La devoción se presenta como un hermoso árbol sembrado en la Visitación y por sus hijas usufructuado y divulgado; pero también los Padres Jesuitas han sido escogidos «para distribuirlos y dar a gustar su dulzura y suavidad a cada uno». El amantísimo Corazón arde en deseos de verse conocido, amado y adorado de ellos y, por su medio, de todo el mundo; y las palabras que en esta santa misión empleen «serán como espadas de dos filos que penetrarán los más empedernidos corazones de los pecadores más obstinados». Omitimos otros testimonios por brevedad.

Gran honor para ambos Institutos religiosos el de haber de ser por divina elección, puramente gratuita, los principales apóstoles del dulcísimo Corazón. Grave responsabilidad también.

¿Cómo reciben ambas Órdenes la nueva devoción?

No de plano ni sin preceder un riguroso examen a la luz de la fe; más aún, con prevenciones y repulsas. Imitan la prudente lentitud de la santa Iglesia. Se cuentan en ambas Órdenes muchos particulares y aun Comunidades que fácilmente se dejan ganar por ella; pero la Autoridad jerárquica no le abre oficialmente la puerta mientras no se le exhiban los títulos que la acreditan de cosa divina. Las Salesas de Annecy, cuna de la Visitación, no tienen menos devoción al Corazón Sagrado de Nuestro Señor Jesucristo; pero no pueden «aceptar esas prácticas tan singulares que se han introducido hace poco para honrarle».

Parecida decisión del reverendo Padre General de la Compañía de Jesús. «Sin vituperar el culto del Sagrado Corazón de Jesús en sí mismo, se opone Su Reverencia a la Cofradía particular ya establecida, como también a la comunión de los Primeros Viernes». ¿Razones? Las que indicaban los censores del libro De cultu sacrosancti Cordis Dei ac D. N. Jesu Christi, al decir: «A todos nos parece mejor no dejarlo imprimir», aun reconociendo su mérito. Porque, añaden dirigiéndose al Padre General: «Menos aún creemos que vuestra Paternidad deba emplear sus cuidados e influencia en solicitar para esta devoción una fiesta solemne en la Iglesia universal, sobre todo en esta época en que, de día en día, van introduciéndose gran número de nuevas devociones que son tan fácilmente rechazadas por la misma Iglesia».

No nos perturbamos; estas prudentes cortapisas serán muy pronto el mejor elogio de la preciosísima devoción, cuando la veamos plenamente admitida por la santa Iglesia y entusiastamente practicada y propagada por Salesas y Jesuitas. Es el sello de las obras divinas.

Estos vientos de fría reserva oficial no hacen sino airear las llamas del amor apostólico de la incansable evangelista. Ella, la hija de un notario real de provincia, la monjita desconocida de un humilde convento, va a dirigirse al árbitro de Europa, al soberbio Luis XIV en el apogeo de su gloria.

Las peticiones que el Divino Corazón dirige a Francia

Las expone nuestra Santa en varias cartas a la M. de Saumaise, que pondremos en su lugar. Haz saber al hijo mayor de mi Corazón –le intimó Jesucristo–, que mi Corazón adorable quiere reinar en su palacio, campear en sus estandartes y ser grabado en sus armas, a fin de que alcancen victoria sobre sus enemigos, para quedar victorioso de todos los enemigos de la santa Iglesia. Le pide, en suma, al rey que ayude a que penetre la nueva devoción en la corte de Francia y en casa de los grandes de la tierra, para lo cual debe, primeramente, consagrarse el mismo Luis XIV al Corazón Divino y mandar pintar su imagen en los estandartes y grabarla en las armas reales.

Que, además, levante un templo en su honor y exponga en él un cuadro del mismo a fin de que reciba la consagración y los obsequios de toda la corte.

Y que, por fin, recabe de la Santa Sede la aprobación de la misa en honor del mismo deífico Corazón.

 

¿Cómo responde Francia?

¿Cómo hace llegar a los oídos del rey estas peticiones? Por medio de su confesor, el P. de la Chaise, S.I., dice la Santa. Varias recomendaciones se pusieron en juego, entre otras la de la antigua Duquesa de York (la dirigida del P. de La Colombière)

actual reina de Inglaterra, como mujer de Jacobo II; pero, o no llegaron a los regios oídos, ni siquiera por ventura a los del confesor los deseos divinos (dado que se tu viesen por auténticos), o no los juzgó la humana prudencia oportunos.

¿Cómo descender aquel altivo rey a satisfacer unas peticiones místicas de una oscura salesa pueblerina? Ni ¿cómo allanarse a solicitar de la Sede Apostólica la concesión de la nueva fiesta, el que tantas rencillas y diferencias sostuvo con el Vicario de Jesucristo? Es cierto, por otra parte, que no soplaban en Roma vientos favorables para nuevas devociones. «Se nos ha dicho –escribía Margarita al P. Croisset– que, a causa de la de Molinos y del Quietismo, iban a prohibir las devociones nuevas y no se permitiría que se estableciese ninguna y que, de consiguiente, la del Sagrado Corazón sería también cercenada…» Es ésta una cuestión histórica por dilucidar.

Cierto es que uno de los nietos de Luis XIV, el infortunado Luis XVI, hizo en la prisión su célebre Voto, por el cual consagraba al Divino Corazón su persona, su familia y todo su pueblo, respondiendo así a algunos de los deseos manifestados por el Señor el 1689 a Santa Margarita. Cierto también que los católicos franceses, sintiéndose solidarios en este punto con sus antiguos reyes, han edificado la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre y colocado la imagen bendita en la bandera nacional francesa, y trabajan animosamente para que sus gobernantes y toda la Francia se consagren al Sagrado Corazón y den amplia satisfacción a las demandas comunicadas por la humilde salesa de Paray.

Oportunidad de la nueva devoción

¡Lástima grande que no secundase el rey de Francia aquellas peticiones! ¿Qué arma más eficaz que la bendita devoción, contra uno de los más pérfidos y solapados enemigos que turbaron su largo reinado, el jansenismo? La herejía jansenista era tan seca y desoladora en su doctrina como soberbia y rebelde con la legítima autoridad eclesiástica. Nos presenta a Dios Nuestro Señor como un cruel tirano; no Dios del amor, sino Dios del terror. Y resiste tercamente a Roma, obstinándose sus adeptos en pasar por hijos fieles de la santa Iglesia mientras la combaten sañudamente.

Lo contrario de la divina devoción. Es la devoción del amor: del amor de Dios a los hombres y del amor de los hombres a Dios. He aquí este Corazón que tanto ama a los hombres, que nada ha omitido hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor. Y el mismo Divino Corazón exige de sus siervos la más estricta sujeción a las órdenes de sus Superiores. Me place –le dice a su fidelísima, sierva– que prefieras la voluntad de tus Superiores a la mía. Muy bien la entendió la Santa Sede al favorecer abiertamente (después de las primeras prudentes reservas) la expansión mundial de la gran devoción de nuestros tiempos.

 

La Gran Promesa

Diríase que tenía prisa el Señor para que se dilatase por el mundo entero. Tan espléndidas eran las promesas que por estos mismos años de sus peticiones a Francia hacía a su sierva, no ya para su rey o para una nación determinada, sino para todo el mundo. No podemos recordarlas todas: las iremos leyendo en las Cartas de la Santa. Pero no podemos dejar de consignar la más célebre de todas, la más regia, la llamada por antonomasia la Gran Promesa. Promesa cierta, de autenticidad irrebatible, de grandiosidad sin precedentes, que se ha de explicar en toda su riquísima plenitud, sin aminorarla con mezquinas interpretaciones. Bástenos transcribir las palabras de la Santa confidente. Yo te prometo –le dice Jesús durante la Comunión de un viernes–, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá, a todos los que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; que no morirán en su desgracia ni sin recibir los Sacramentos (por lo menos caso que les sean necesarios para recuperar la gracia), siendo su refugio seguro en este último momento.

 

«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya»

Esto podía decir la Santa con el Bautista. «Retirada hasta el fondo de su nada», se cree un obstáculo para la difusión de la bendita devoción. Clavada su mirada en el centro vivo de todas sus ansias, se goza y confía en su Amado, sin inmutarse apenas ni por las aparentes derrotas ni por los triunfos resonantes.

Ya le anuncien que los curas tienen prohibido el hablar del Sagrado Corazón en sus parroquias y las librerías estampar nada a ella referente, ya sepa que el Monasterio de Dijon se ha convertido en foco de activa propaganda gracias a una elocuente carta de la M. Desbarres, próxima a dejar su gobierno, continúa Margarita inquebrantable, amando y glorificando al Divino Corazón. Pronto, al parecer, le glorificará más intensamente, cuando, llamada a la Patria, se rasguen los velos y se pueda hablar libremente de los comienzos de esta nueva era del Amor.

Porque su salud es muy precaria. ¿Quieres acompañarme en la Cruz? –le pregunta el Señor por enero de 1689. ——responde con toda la generosidad de su alma tan endiosada. «No perdamos un momento de sufrir –exclama–, puesto que no se puede amar sin sufrir. ¡Ay, qué buena es la cruz en todo tiempo y lugar! Abracémosla, pues, amorosamente sin hacer caso de la madera de que ha sido hecha ni del instrumento con que ha sido fabricada».

Y de durísima cruz fueron los seis primeros meses del año; más de una vez parece que va a expirar. Luces, favores, regalos y desconsuelos siguen formando la urdimbre de su vida. El sentimiento íntimo de su impotencia la quiere reducir al silencio; pero la voz imperiosa del Divino Rey la conforta. ¿Crees que puedo hacerlo? Si lo crees verás el poder de mi Corazón en la magnificencia de mi amor.

Y sigue devorando repugnancias para hacerle reinar a Él.

Baja al locutorio, escribe y contesta las cartas que de todas partes se amontonan en su pobre celda; no pierde la más mínima ocasión de persuadir su devoción. Gana para ella nuevos prosélitos. Uno, el P. Froment, residente en Paray, con quien ella trata durante algunos años y a quien mueve urgentemente a componer su precioso libro en cuatro partes. Se publicó nueve años después de la muerte de la Santa.

 

El P. Juan Croisset, S.I. (1656-1738)

El más célebre corresponsal de la sierva de Dios y su más preciosa conquista para el apostolado. Estudiante teólogo todavía en Lyon, es desde los primeros meses del 1689 asiduo corresponsal de la Santa. Y ella, tan avara de su afecto a las criaturas, le llama, porque el Señor así lo quiere, «hermano muy querido en el Sagrado Corazón de Nuestro Señor»; y tan tímida de ordinario, sólo con el joven jesuita se erige en maestra y directora.

El Padre la hace confidente de sus deseos apostólicos, solicita sus oraciones, le pide consejo y se le somete dócilmente. Margarita le exhorta, le instruye y aun le ordena lo que ha de hacer para glorificar al centro de los corazones de entrambos. Todo su empeño es hacerle apóstol eficaz, y lo consigue. Es que sabe con luz superior que ha sido escogido «de una manera particular».

Movido el P. Croisset por las irresistibles instancias de Margarita, da a luz en Lyon el librito de la H. Joly, notablemente enriquecido; y años después, pasada ella a mejor vida, publica su gran libro, La devotion au Sacré Coeur de Notre Seigneur Jésu-Christ, en gran parte inspirado y dirigido por su fiel corresponsal. El libro que más ha contribuido a propagar por ambos hemisferios la preciosísima devoción. Diez cartas, casi todas muy largas, le dirige la fervorosa salesa; son las llamadas de Avignon. Llenas de confidencias, consejos, alientos, relaciones de gracias personales y de promesas generales, son interesantísimas para la historia íntima de los comienzos de la nueva devoción. En el texto verán nuestros lectores más amplias explicaciones.

 

El P. Croisset en Paray-le-Monial

Llega, por fin, el día en que se ven en Paray la Santa religiosa y el joven estudiante jesuita. Y a éste con el P. Villette a la Visitación, impaciente por conocer a la ya célebre H. Margarita Alacoque. Se encuentran ambos religiosos en el pobre locutorio en presencia de una pobre religiosa de exterior ordinario, tímida en extremo y tan reservada que apenas se atreve a responderles.

¡Gran chasco para ellos! No merecía la pena haber hecho tan largo viaje. Mañana a primera hora regresaremos a Lyon, sin volver a la Visitación.

¿Por qué tal reserva? Apasionada Margarita por la vida oculta, le había disgustado aquella visita de ambos jesuitas juntos, inspirada quizás por pura curiosidad, y la había contrariado más aún la publicidad que sospechó había dado el P. Croisset a su correspondencia.

Volvamos a los dos visitantes. Amanece el día siguiente, cambian súbitamente de parecer y se dirigen de nuevo, pero por separado, al Monasterio. Todo cambia como por ensalmo. Aquella religiosa se expresa con tal valentía y tan celestial unción, que no parece la misma de ayer. Se vuelven ambos alegres a Lyon, ganados para siempre para el Divino Corazón y en particular el P. Croisset, confirmado y amaestrado en sus proyectos de apostolado.

¿La H. Margarita, Superiora de la Comunidad?

Notable fue para la santa religiosa la Noche Santa del jueves al viernes santo de 1690, el último de su vida. Hubo quienes la vieron «de rodillas en la misma postura sin toser, como el mármol, las manos cruzadas sobre el pecho» toda la noche. ¿Quieres, Esposa mía, una cruz?, le preguntó entonces Jesús. La aceptó entusiasmada, pero sin atinar cuál podría ser. Muy pronto lo vio: era la cruz de Superiora. Terminaba por la Ascensión de 1690 su segundo trienio la M. Melin y, no pudiendo ser otra vez reelegida, escriben las religiosas en el catálogo de las elegibles a su asistente Margarita. ¿Es posible, Dios mío, exclama alarmada, permitáis que a una criatura como yo se la ponga a la cabeza de una comunidad? Os pido la gracia de alejar de mí esta cruz, y me someto a cualquier otra. Nuestro Señor se rinde y sale elegida la M. Catalina Antonieta Levy-Chateaumorand. Ansiosa de vida oculta, pide Margarita a la nueva Superiora la exonere del cargo de asistente; pero aquélla la confirma en él, con gran satisfacción de todas las salesas.

 

¿Presintió Margarita que le quedaba poco tiempo?

Así se puede colegir del ansia con que trabajó estos últimos meses de su vida para propagar la devoción que había sido la razón de ser de toda ella. Su actividad había sido asombrosa, sobre todo en los últimos años, y eso que no conocemos todas sus manifestaciones. Pero al acercarse al fin, parece que se acrecentaban sus desvelos por la devoción y para formar apóstoles.

Se esfuerza en convencer más y más al P. Croisset de su elección divina y en formarle, para desempeñarla. Ni pierde ocasión de incitar a cuantos Padres de la Compañía se ponen a su alcance, a que secunden la excelsa vocación que tan categóricamente había afirmado tenían del mismo Divino Corazón.

 

Así al P. Rolin, Superior de la Residencia del mismo Paray y último Director suyo, por cuyo mandato escribió su preciosa Autobiografía. Así a los PP. Froment, ya nombrado, Gette, Villette y Leau. Pero más que con los jesuitas vivos cuenta con el P. Claudio, ya difunto. Siente que desde la gloria, adonde sabe ascendió a raíz de su muerte, continúa su apostolado en la tierra, y a él le encomienda y con él cuenta con filial confianza. Oh bienaventurado P. de La Colombière, le ruega, os tomo por mi intercesor delante del Sagrado Corazón de Jesucristo. Es que, como asegura al P. Croisset, le «ha dado gran poder y puesto en tus manos, por decirlo así, todo cuanto concierne a esta devoción, siéndome aún más favorable que cuando estaba acá en este suelo».